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Domingo, 25 de agosto de 2002

ARTE

Introducción a un artista secreto

Uno de los grandes artistas del siglo XX sigue siendo un secreto. Vivió 38 errantes años, entre Alemania, Francia y España. Los franquistas lo encarcelaron y los nazis lo internaron en un campo de concentración. Admirado por Artaud, Sartre, Simone de Beauvoir, Ponge y Malraux, Wols fue un pintor de pintores –pionero del informalismo y del expresionismo abstracto–, fotógrafo, grabador y acuarelista. Con la muestra que el Instituto Goethe organiza en el Museo de Arte Decorativo, el secreto comienza a develarse.

 Por Fabián Lebenglik

Wols es uno de los artistas secretos del siglo XX: pintor, dibujante, fotógrafo, grabador, acuarelista, músico. Un precursor de vida fugaz, con una historia trágica, murió a los 38 años en 1951. Su obra –especialmente la fotográfica– puede leerse como una versión no dogmática del surrealismo, y en sus pinturas anticipó el informalismo y el expresionismo abstracto contemporánea y paralelamente a Jackson Pollock.
En estos días se presenta en Buenos Aires la primera muestra de este artista cuya obra, bella y extraña, contó con fanáticos como Sartre, Artaud, Simone de Beauvoir, Francis Ponge y André Malraux. Organizada por el Instituto Goethe en el Museo de Arte Decorativo, se trata de una exposición de fotografías, acuarelas y grabados de pequeño formato, que sirve como introductoria, ya que –a pesar de no incluir el plato fuerte de Wols, sus pinturas– presenta las claves del mundo del artista.
Wols consiguió hacer su primera exposición seis años antes de morir en París. Por lo tanto, su obra se hizo conocida después de su muerte, especialmente durante fines de los años sesenta, cuando se transformó en un artista de culto. Y aun hoy no se conoce la totalidad de su obra, especialmente sus inquietantes fotos (a las que se dedicó antes que a la pintura), que son la parte de su trabajo más tardía y menos difundida.
Alfred Otto Wolfgang Schulze nació en Berlín en 1913. Pasó la infancia en Dresde fascinado por los insectos, las plantas y los animales. Tocaba el violín y sacaba fotos.
En la adolescencia abandonó el colegio y trabajó en un estudio fotográfico y en un taller mecánico. Intentó seguir la carrera de Etnología, pero se muda a Berlín para estudiar un tiempo en la Bauhaus. En la escuela de diseño, Moholy-Nagy le recomienda sumergirse en el caldo artístico parisino para huir del nazismo en alza. Wols viaja a París en 1932 y se larga a trabajar como fotógrafo. Gracias a las cartas que le había dado Moholy-Nagy, consigue entrar en el círculo surrealista y se hace amigo de Jacques Prévert. Al poco tiempo se va con su novia a vivir a Barcelona un par de años –con un intervalo de varios meses en Ibiza–, hasta que el naciente franquismo lo arresta y luego lo expulsa de España.
En 1937 le ofrecen, en París, ser el fotógrafo oficial del Pabellón de la Moda durante los seis meses de duración de la “Exposición Internacional de las Artes y las Técnicas en la Vida Moderna”. Su nombre artístico se le ocurre durante su trabajo en el Pabellón, cuando recibe un telegrama rasgado donde Wolfgang Schulze aparece mutilado y abreviado como Wols.
En esos días se dedica compulsivamente a sacar fotos. Actualmente, a pesar de que se perdió gran parte de su obra, se conservan cerca de dos mil negativos. Cuando Francia es ocupada por los alemanes, el artista es detenido y enviado a distintos campos de concentración, durante más de un año. En ellos produce obra obsesivamente, pero se le hace muy difícil conseguir materiales. Sin embargo, sus captores lo abastecían profusamente de alcohol.
En 1940 es liberado y huye a Marsella, la “Francia libre” de la ocupación alemana.
Cuando termina la guerra, Wols logra hacer algunas exposiciones, pero su salud está muy deteriorada. Michel Tapié, el crítico que definió el informalismo como “un art autre”, escribió después de ver una exposición de Wols que “él es el catalizador de una abstracción informal, antigeométrica, lírica y explosiva”.
Entre 1947 y 1948 ilustra libros de Sartre, Kafka y Artaud, entre otros, pero en un sentido muy diferente del de las ilustraciones del momento, porque la gráfica de Wols no se pone “al servicio” del texto sino que dialoga libremente con éste, construyendo una segunda escritura.
En 1951 se interna para una cura de desintoxicación alcohólica y al poco tiempo muere de botulismo por haber ingerido comida en mal estado. En la muestra del Museo de Arte Decorativo se puede ver la delicada serie de grabados y acuarelas, que evocan líricamente formas orgánicas y paisajes urbanos imaginarios y transfigurados.
Las formas orgánicas aluden a partes anatómicas, organismos microscópicos u objetos biomórficos.
Los paisajes urbanos evocan arquitecturas y construcciones en escala diminuta: en cada trabajo, la imagen no se impone sino que emerge delicadamente (es notoria la cercanía con la obra de artistas como Tanguy, Miró, Klee y Max Ernst).
La obra gráfica y pictórica de Wols exhibe un clima fuera de tiempo, característica que se acentúa en las fotografías, ya que decide no fecharlas.
Wols también escribía aforismos –últimamente se hicieron lujosas ediciones europeas– que en parte complementan su poética visual: “Si te fuera posible ver hasta el fondo de una cosa, reconocerías que ese fondo es el mismo de tu propio yo...”; “Uno relata sus pequeñas fábulas terrenales en pequeños pedazos de papel”.
Las fotos son particularmente inquietantes. Podría decirse que parten de la combinación de los postulados del surrealismo y de las enseñanzas de la Bauhaus, de ese encuentro casual y productivo entre elementos de mundos distintos, en contextos extraños, artificiosos e “inapropiados”. El artista elige un modo de disponer los objetos en su habitación de hotel que oscila entre la mirada del perverso y la del científico; o decide buscar el encuentro casual y contradictorio de una escena urbana en sus caminatas por París. También se encandila con el cementerio, a través de puntos de vista y relaciones insólitas.
En los tiempos sombríos que le tocaron, Wols fotografía la comida–los animales muertos, los enlatados– y la vida cotidiana con una fuerte carga existencial, donde el peso de los objetos es enorme: objetos de uso, banales, combinados, como escribió alguno de sus críticos, al modo de “delirios organizados”. El mundo natural y objetivo de Wols tiende a la metamorfosis, la mutación, la transformación y el extrañamiento, como resultado de un proceso de sucesivas invenciones.
En los retratos es otro el clima: busca las poses y los encuadres más naturales y apropiados según quienes sean los retratados, en contra de los típicos retratos de la época. Wols busca despojar de artificios y de posturas forzadas a sus amigos y colegas, tal como sucede en sus autorretratos. Tanto el foco como el encuadre, la luz, los contrastes y la reducción del espacio, son algunos de sus elementos constructivos para la imagen fotográfica.
Para su amigo Sartre, la obra temprana de Wols “deriva de una meditación sobre la otredad de los fenómenos del mundo y demuestra una visión obsesionada por lo extraño”: una descripción que encaja con la caracterización del Roquentin de La náusea, donde se confrontan de un modo profundamente incómodo, y al mismo tiempo interdependiente, el personaje y los objetos del mundo.

La muestra de Wols puede verse hasta el 15 de septiembre
en el Museo de Arte Decorativo (Libertador 1902) de 14 a 20. Entrada: $ 2. Jubilados y estudiantes: $ 1.
Martes: entrada gratuita.

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