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Domingo, 8 de febrero de 2009

RESCATES > ENTREVISTAS CON JUAN L. ORTIZ

Las enseñanzas de Don Juan

A lo largo de los años, Juan L. Ortiz no sólo consiguió su lugar de privilegio en la poesía argentina, sino que iría conversando con y deslumbrando a diferentes poetas y escritores. Una poesía del futuro (Mansalva) recopila reportajes y artículos de Juana Bignozzi, Francisco Urondo, Tamara Kamenszain, Ricardo Zelarrayán, Guillermo Boido y Jorge Conti sobre el gran maestro entrerriano.

 Por Mercedes Halfon

Marginal y de culto, ignorado, reencontrado, agotado y reeditado, celebrado pero perdido en las quemas de libros en la dictadura, luego vuelto a aparecer en una monumental obra completa, la historia de Juan L. Ortiz y sus lecturas es la de un redescubrimiento permanente. Algo que tiene que ver con varias cosas: su particular enclave geográfico, su vida solitaria, su singular y único proyecto literario. Su casa en Entre Ríos se convirtió a partir de los años ‘50 tímidamente, y luego cada vez más, en una suerte de centro de peregrinaje y refugio de poetas y escritores que acudían a conversar con él, “Juanele” –como se lo apodó cariñosamente–, que ya se había convertido en el faro de varias generaciones por venir.

El libro Una poesía del futuro, conversaciones con Juan L. Ortiz, probablemente sea el eslabón que faltaba para terminar de conocer su figura, el giro por el que Juanele logró ocupar el lugar en la poesía argentina que merecía y que durante tanto tiempo se le escamoteó. Fueron esos encuentros con narradores y poetas jóvenes como Hugo Gola, Juan José Saer y Francisco Urondo los que lograron salvar las distancias, achicar el mito, dimensionar la talla de su trabajo poético: es que la poesía orticiana era radicalmente diferente de la que se practicaba en Buenos Aires en la primera mitad del siglo XX. Fue impresionista, anticosmopolita, pero lejos de una poesía provinciana y costumbrista, la suya era mística, antirrepresentativa, casi intangible.

Ortiz, es sabido, es un poeta del paisaje. A contarlo y consustanciarse con él se dedicó toda su vida; es por eso que en este caso, más que en ningún otro, vida de poeta y poesía se funden. “Señor/ esta mañana tengo/ los párpados frescos como hojas/ las pupilas tan limpias como de agua/ un cristal en la voz como de pájaro/ la piel toda mojada de rocío/ y en las venas/ en vez de sangre/ una dulce corriente vegetal”, eso decía temprano, en su primer libro, El agua y la noche, publicado en 1933. A éste le siguieron, entre 1937 y 1958, El alba sube..., El ángel inclinado, La rama hacia el este, El álamo y el viento, El aire conmovido, La mano infinita, La brisa profunda, El alma y las colinas y De las raíces y del cielo. Títulos que siguen hablando de la naturaleza, todos publicados por el autor en tiradas de pocos ejemplares. Su poesía será conocida y difundida de un modo definitivo recién en 1970 cuando la Biblioteca Vigil de Rosario lance los tres tomos de En el aura del sauce, que incluían los diez libros anteriores más tres inéditos: El junco y la corriente, El Gualeguay y La orilla que se abisma.

Las entrevistas compiladas en el libro fueron realizadas por poetas como Juana Bignozzi, Tamara Kamenszain, Ricardo Zelarrayán, Guillermo Boido, Jorge Conti, Francisco Urondo, ciertamente fascinados por Ortiz, lo que les permite indagar en cuestiones de su poética, mundo y filosofía, más allá de lo meramente anecdótico.

Todos coinciden en las descripciones de Don Juan, delgadísimo, con una marcada debilidad por los objetos largos y finitos: galgos, bombillas, mates, boquillas eternas en las que fumaba y fumaba, y hasta su letra, delicada casi invisible, obsesión que se trasladaba hasta el mismo momento de la impresión de sus poemas.

Ortiz une en su obra preocupación social –fue anarquista, viajó a conocer los “países socialistas”– y una concepción mística y hasta pagana de la naturaleza. Esta imbricación entre vida y obra proviene de que el poeta, que nació en 1896 en Puerto Ruiz, población cercana a Gualeguay, salvo contadas veces –una excursión juvenil en un barco a Marsella, una temporada en Buenos Aires en su primera juventud y la mencionada expedición a URSS y China– nunca salió de su Entre Ríos natal. Trabajó casi treinta años en una dependencia municipal en Gualeguay, luego se trasladó a Paraná, la capital provincial, al jubilarse, donde residió hasta su muerte en 1978.

La poesía del futuro que da título al libro, la que hace y añora a su vez Ortiz en las entrevistas, es una poesía que logre ser la de todos y la de nadie, del pueblo, del paisaje, enclavada en la experiencia de vivir, una poesía fundida, orgánica. Así escribe, así se ve en sus versos finitos y largos, su fraseo como el caudal de un río, el quid de su obra, su peculiaridad imperecedera: “Regresaba/ –¿Era yo el que regresaba?–/ en la angustia vaga/ de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas./ De pronto sentí el río en mí,/ corría en mí/ con sus orillas trémulas de señas,/ con sus hondos reflejos apenas estrellados./ Corría el río en mí con sus ramajes./ Era yo un río en el anochecer,/ y suspiraban en mí los árboles,/ y el sendero y las hierbas se apagaban en mí./¡Me atravesaba un río, me atravesaba un río!”.

Juglares, poetas y sabios:

“Los filósofos y los poetas, después de estar en las cortes, se daban a vagar y recorrían toda China a pie. La gente tenía la presencia periódica de los mejores, personalmente. Esta gente la caminaba, de modo que por un lado estaba ese contacto directo y por el otro una poesía escrita a-nó-ni-ma que ni siquiera ellos la conocían como poesía escrita, porque no podían conocer el Libro de la sabiduría de Confucio, dadas las condiciones de vida. Pero se cantaba, se decía, había juglares. Yo los he conocido, gente que iba por todas las aldeas”.

Borges:

“Es un hombre muy cordial y siempre me ha distinguido. A pesar de que hay momentos en que lo juzgo un poquito macaneador, siento por él estima, respeto y admiración también, por cierto. Hemos andado juntos, hombre, hasta las tres o cuatro de la mañana cuando yo iba a Buenos Aires. Hemos ido al cine. He ido a comer a su casa. Simplemente ha dicho cosas que no lo favorecen mucho, que no son dignas de él. Es claro que cuando habla del indio, por ejemplo, lo hace con frivolidad, con desconocimiento, como en todo lo referente a la América latina. He conversado mucho con él y me ha mostrado tremendas lagunas. Recientemente, hablando del indio, ha dicho cosas parecidas a las de Sarmiento. Por otro lado, esa pasión por el compadrito, por el cuchillero, tal vez se deba a la ley de compensación. Es muy tímido. Quizá lo que le falte sea el coraje; no el coraje civil, porque lo tiene, sino el otro coraje, el coraje físico”.

Lugones:

“Las primeras influencias fueron de Lugones, aunque nunca he sido lugoniano. En su poesía me molestaban los alardes, la poesía enfática. Era un modelamiento en metal de la expresión y en metal pesado, relumbrante. Agréguele a eso todas las piedras preciosas, porque había un derroche de piedras preciosas, crisoles. Fui casi admirador, pero muy poco tiempo. Me di cuenta de que eso no podía ser. Juan Ramón Jiménez decía ‘cincelar en oro etéreo’ porque estamos cargados de oro macizo. Lo de Lugones era oro, pero era un oro muy pesado”.

El reconocimiento del poeta:

“No olvide usted que en Oriente no hay nombres de poetas, recién ahora aparecen. Yo creo que ese sentido, diremos individualista de la poesía, se va a integrar, uno se va a sentir poeta por la necesidad de dar su visión, de expresar eso que es original e inédito y el sentido de responsabilidad que va tener cada uno en condiciones dadas mucho más favorables que ahora, de enriquecer esa visión común, pero sin esa furia del nombre y de la carrera. Los poetas de las culturas precolombinas figuran con nombres que casi se los han inventado, porque era una poesía casi anónima. El poeta era un hombre elegido por la comunidad (el sentido funcional de la cultura que tanto asusta a algunos señores ya existió, y en qué forma) y cumplía una función en el mejor sentido de la palabra. Se lo elegía como se elegía para médico al hombre con cierto ojo. Estaba integrado y no se sentía disminuido, ni disminuía a la sociedad, porque ésta lo necesitaba. El poeta ahora realiza su función, diremos, muy azarosamente”.

Las poetas:

“Pienso que la mujer se ha expresado con la misma intensidad del hombre. Por ejemplo, durante varias dinastías chinas, en una situación nada favorable para la mujer, surgieron poetas extraordinarias. La expresión artística de la mujer ha sido, es, tan importante como la del hombre. Eso sí: no se la ha valorado como corresponde. Se sitúa a la mujer en un segundo plano. No hay más que ver las antologías poéticas, donde por lo general no figuran más de dos o tres mujeres. Y ello es extraño si se piensa que la actitud de todo artista, de todo creador frente al mundo, es esencialmente femenina, desde el momento que gesta, que engendra, para luego dar a luz. Por mi parte, admiro profundamente a Emily Dickinson, a la extraordinaria Carson McCullers, a Colette, a Louise Michel, la revolucionaria de la Comuna de París, y a tantas otras”.

El estado poético:

“El estado poético no es solamente patrimonio del que se considera poeta, yo creo que está en todos; está especialmente en el niño, por el tipo de asociaciones o de aprehensión de la realidad, mejor dicho el tipo de sentimiento, de comunión que hace con ella (a pesar del individualismo de los chicos); está en el hombre más humilde (cuanto más humilde sea, y de eso ya hay pruebas); y está en los esquizofrénicos, en los locos. Además, hay estados que llegan a tocar un poco lo que ahora se llamaría patológico, como en el caso de Antonin Artaud. Pero, a la vez, Artaud mismo que vivió en ese estado en una relativa permanencia, una exaltación casi permanente, ¿no?, y que sufría cuando ella degradaba, encontró en cierto modo su compensación o su consuelo en las revelaciones de los indios mexicanos, los tarahumara. ¿Usted recuerda cómo ellos ordenaban sus ceremonias para la comunicación con su Dios? Pero los momentos de la vida común, cotidiana, eran casi de preparación y se mantenían como en disponibilidad para recibir las ‘señales’... Es decir, que esos estados de gracia no son patrimonio de los poetas, porque los vivieron todas las tribus primitivas. Estas experiencias del hombre primitivo ilustran sobre la universalidad del sentimiento poético en la expresión, yo diría, quizá más pura y de la que dan muestra las distintas mitologías, religiones... ”

El Martín Fierro:

“El Martín Fierro glosa o tiene como ambiente o personaje al gaucho que se dio justamente en la Pampa Húmeda. La población de la Mesopotamia y del Norte de la Argentina es otra. Hay otros grupos étnicos y otras culturas: la guaranítica, la quechua, la aymara. Lo mismo sucede en el Sur. Está bien en el Martín Fierro esa reivindicación del gaucho cuando el gaucho era perseguido, pero después aparecen esos sentimientos un poco racistas de Hernández contra el negro y el indio. Realmente no sé hasta dónde puede decirse que el Martín Fierro es expresión de este complejo argentino. Es un libro significativo, pero hasta por ahí no más. La Argentina no es solamente la Pampa Húmeda”.

El tema de la poesía:

“No hay temas en poesía. Hay constantes poéticas, pero la poesía puede ser lo menos temático. Se suele creer que el tema es algo objetivo que está frente al poeta y que éste lo aborda. Pero la experiencia poética es una percepción, un sentimiento de ciertas zonas de la realidad que el conocimiento racional no abarca. La poesía es fundamentalmente descubrimiento. Esto no debe ser interpretado como que el poeta, que vive en una época determinada y está vinculado con los hombres y los hechos, no escucha la voz de su pueblo, esa voz que le permite tener una esperanza en la revolución. El pueblo es la naturaleza. En general, cuando hablamos de naturaleza nos referimos a algo muerto en el que el mundo vivo —animales, hombres— no participa. La poesía intenta hacer participar al hombre de lo natural. La reivindicación poética implica la reivindicación del hombre. Como dice Césaire: ‘La poesía es revolución’. Si la actitud política es como la definieron los griegos, todo lo que atañe a la ciudad, y la poesía es lo que ha nacido del hombre, ¿cómo podría la poesía desinteresarse en las manifestaciones de éste? El poeta es el que ve el sufrimiento de una planta, de un insecto, el drama de la luz, ¿cómo no va a ver el sufrimiento del hombre?”

Hegel, Kant y la Edad de Piedra:

“La vez pasada leí que un francés fue a un pueblo de la Malasia, que vive en una etapa equiparable a la Edad de Piedra; este hombre aprendió —con ayuda de un intérprete— el idioma y entró en relación con uno de los sobrevivientes de esa comunidad; ganó su confianza y pudo charlar, como nosotros estamos charlando. Le hizo las preguntas que un occidental podía hacerle, pero en su lengua. Bueno: asombra la facilidad que uno encuentra en ese primitivo para responder. Y le aseguro que le hizo preguntas que podría haber hecho Hegel, Kant, Heidegger, o cualquiera de los filósofos, sobre el ser, el no-ser, el alma, etcétera. ¡Una comunidad sobreviviente de la Edad de Piedra, fíjese!”

La música de la poesía:

“La prosodia de los chinos termina en lo que se llama nota cristalina. Es una línea ondulante, empieza con un sonido mate de madera, diremos, y va ascendiendo, ascendiendo, vuelve a una nota transparente y luego sube levemente y se va así, como diría, opacando y se aclara luego y termina a lo último cristalinamente. Eso que siento tanto, lo he sentido sin querer: lo que en música podría llamarse el compás o el acento marcado, en la métrica se da por la influencia de los italianos más que por propia necesidad rítmica de la lengua castellana. Aparte, esa necesidad melódica es para aligerar, quitar gravedad a los finales, lo que no quiere decir que en un momento no tenga en cuenta nada. Fuera de ese algo de conciencia que hay en la transcripción, como dirían los surrealistas, en la elaboración, no tengo ningún prejuicio. Puedo terminar también con notas o sílabas opacas. Además, como se ha abusado tanto del adjetivo, otra necesidad me llevó a prescindir de él. Lo que se suma a la propia necesidad, como una planta que va creciendo, se mueve para acá, para allá, larga un tallo... Yo no tengo en cuenta la música, yo la necesito”.

Todos los fragmentos están tomados del libro La poesía del futuro,
conversaciones con Juan L. Ortiz
(Ed. Mansalva).

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