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Domingo, 24 de mayo de 2009

TEATRO > LA VERSION LOCAL DE HEDWIG AND THE ANGRY INCH

Cartón pintado

Como musical del off Broadway primero, y después como película dirigida y protagonizada por el brillante John Cameron Mitchell, Hedwig and the Angry Inch fue uno de los pocos objetos contraculturales del nuevo milenio que logró mezclar la celebración de la diversidad con el dolor de la transformación. Supo ser ser serio e incluso triste, pero incluir también canciones luminosas. La adaptación porteña de la pieza, sin embargo, abandona ese espíritu y lo edulcora hasta convertirlo en un inofensivo producto teen.

 Por Mercedes Halfon

Siempre que algo pasa del cine al teatro, o de la literatura al cine, o a la comedia musical, y de ahí al CD, o al álbum de figuritas, hay una transformación. Algo tiene que ser dejado, alterado o perdido, como una capa de ropa que ya no se necesita para cruzar al otro lado de un océano. Pero esa idea de transformación es central en Hedwig and the Angry Inch. Porque Hedwig es Hedwig justamente por la transformación: es un muchachito obsesionado con el glam rock, pero que se enamora de un militar norteamericano y se hace muchachita; es tan de Alemania Oriental que toma sol en el cráter que dejó el estallido de una bomba, pero escapa a Estados Unidos anhelando una libertad que imagina tan vibrante como un osito de gelatina. Pobre Hedwig, ninguna de esas transformaciones sale del todo bien. Su sexo queda convertido en una pulgada de carne (angry inch, “la pulgada que lo enoja”) y su nuevo país la convierte en niñera, cantante ocasional de bares de mala muerte, amante escondida de un adolescente que luego huirá con todas sus canciones, robándoselas.

La pregunta es cómo el adalid de la transformación, la muchacha punk maquillada como Kiss, con voz dulce y sobria de David Bowie y peinado de Farrah Fawcett, llega a la Argentina. Hay que decir que, antes de ser film, Hedwig and the Angry Inch (2001) fue una obra de teatro musical del off Broadway, a fines de los ‘90. Ambas hechas por el dúo John Cameron Mitchell (director de la celebrada Shortbus) y Stephen Trask, en letra el primero y música el segundo. Mitchell se encargó de encarnar al adorable personaje en aquella película brillante, paródica, festiva, suma de homenajes, guiños y citas, entre ellos el más fuerte hacia The Rocky Horror Picture Show. Una película que también era algo así como una apertura ATP de un gueto, una forma de acercarse al pensamiento de las nuevas formas de diversidad sexual, que podía ser disfrutado, compartido y coreado. Aquí se estrenó en video y con pocas copias en un circuito alternativo. Under.

Pero todo eso se diluye inmediatamente al entrar al lugar donde va a ser vista la obra. Y no es un problema de la infraestructura del Roxy sino de la puesta en general. Germán Tripel, el ex líder de Mambrú (aquella banda pop surgida del reality Popstars), es quien interpreta a la trans alemana, y Florencia Otero (Frecuencia 04, Rent) encarna al sumiso novio de Hedwig, Yitzhak. La versión local vuelve al formato “banda en vivo” y alterna eso con monólogos que van narrando la historia de la protagonista. Las canciones fueron traducidas al español de una forma aceptable, la banda suena bien (inflada, exagerada, pero ése es el sonido de la película) y Tripa desborda de energía con un personaje que corre por el escenario, salta sobre sus tacones de madera, o da inflamados gritos de dolor y movimientos espasmódicos mientras canta.

Pero, de esta transformación, Hedwig no sale con vida. Porque esa idea constitutiva de la historia, la transformación, se traduce en esta puesta en adaptación, que es prácticamente lo contrario. La Hedwig local es la versión teen de la Hedwig original. Algo así como el dibujito Jem and the Holograms, pero en el teatro. Lo peligroso, lo escatológico, lo contracultural se pierde; el dolor con que Hedwig cantaba cada una de sus canciones fue suplantado por vacía ironía, glamour sofisticado, impostura. Es que si el espíritu punk hoy se ve más como un adjetivo estético, una onda para vestirse, ropa para chicas de dieciséis años (las mismas que llenan las butacas del Roxy), no es raro que sea el ex líder de Mambrú el que protagonice una obra que alguna vez significó un paseo por el wild side. Una estrella para iluminar los estertores de una época. Eso era lo que hacía de Hedwig algo más que el capricho de una drag queen. Por eso, cuando al final de esta puesta Tripa vuelve a aparecer vestido de hombre —-en minishorts, sexy transpirado, porque no puede permitirse que Tripa sea durante una hora entera una mujer—, se completa la idea de estar ante una adaptación. Un transformismo divertido e inocuo, algo por lo que nadie podría sentirse amenazado.

Hedwig and the Angry Inch en The Roxy, Niceto Vega 5542, de viernes a domingo a las 21.30.

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