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Domingo, 27 de octubre de 2013

Leer con lágrimas en los ojos

 Por Marcelo Figueras

Leer a Don DeLillo sería mejor que leer a Danielle Steel, aunque por razones ajenas al (buen) gusto. Eso sugiere un estudio realizado por psicólogos de la New School for Social Research de New York, que difundió recientemente la revista Science. David Comer Kidd y Emanuele Castano sostienen que leer ficción “literaria” (narrativa que está en las antípodas de la ficción pasatista) potenciaría la capacidad de detectar y comprender las emociones ajenas, una habilidad “crucial a la hora de navegar relaciones sociales complejas”. En una serie de cinco experimentos, mil participantes leyeron textos asignados de modo aleatorio: desde novelas de Steel y Gillian Flynn (representantes de la literatura como “entretenimiento”) hasta obras de DeLillo y Chéjov, adalides del bando “literario”. A continuación, los mil sujetos del estudio se sometieron a tests que medían con cuánta precisión identificaban emociones en los rostros de otra gente. Según Science, aquellos que habían leído ficciones “literarias” sacaron mejores notas que el resto.

¿Cuál sería la explicación? La narrativa de los grandes escritores, dicen los investigadores, produce personajes que no son clichés ni están definidos ciento por ciento, lo cual “impulsa a la mente a tratar de entender las mentes de los otros”. Los grandes textos, pues, convertirían al lector en un escritor virtual, un cocreador, mientras que los textos más fáciles o genéricos le dictarían al lector qué debe pensar y sentir en cada página.

Suena razonable. Lo cual no elimina mi escepticismo ante la compulsión de ciertas escuelas de pensamiento a cuantificarlo todo. ¿Quién puede creer que DeLillo movería al lector a ser empático con la especie humana en mayor grado que, por ejemplo, el Chandler de El largo adiós o el Stephen King de Carrie? ¿En qué bolsa meteríamos a narradores que fueron populares en su tiempo, entertainers de profesión, y hoy son considerados propiedad de la Academia, como Shakespeare y Dickens? Y, last but not least: ¿cuán empática puede sentirse una persona que se vio obligada a leer una novela de Danielle Steel (para seguir con los autores usados durante el experimento) que no disfrutó para nada?

Si algo prueban estos estudios es que la literatura no deja de ser víctima de malentendidos. Que por cierto, suelen ser fogoneados no por ignorantes o parvenus sino, más bien, por gente experta en estas cuestiones que sin embargo lee a través de las lentes más deformantes. David Gilmour (no el guitarrista de Pink Floyd, sino el escritor y académico canadiense) se fue de boca en septiembre, cuando declaró ante una periodista de la revista online Hazlitt: “No me interesa dar clases sobre libros escritos por mujeres... Yo doy clase sobre tipos. Serios escritores heterosexuales”, entre los cuales mentó a F. Scott Fitzgerald, el ubicuo Chéjov, Henry Miller y (obvio) Philip Roth.

Yo no soy parámetro, ya que leyendo no hago distinciones entre ficciones “literarias” y de las otras, pero ¿en qué cabeza cabe dividir aguas a partir del sexo de los escritores? Esto nunca ha sido más ridículo que hoy, cuando las escritoras brillan más que nunca. Si tuviese que recordar qué he leído en los últimos tiempos, la proporción de escritoras superaría a la de escritores por paliza (¡por encima del 70 por ciento!): entre los primeros nombres que vienen a mi cabeza como responsables de libros que disfruté están Karen Russell, Jennifer Egan, Kate Atkinson, Lorrie Moore, Mariana Enriquez, Donna Tartt, G. Willow Wilson, Rachel Kushner, Samantha Schweblin, Marisha Pessl, Meg Wolitzer... y siguen las firmas.

En mayo de este año, Claire Messud –a quien los psicólogos pondrían en el bando “literario”– reaccionó ante la periodista de Publishers Weekly que, refiriéndose a su novela The Woman Upstairs, le reprochó que su protagonista no fuera lo suficientemente amigable. “Dios mío, ¿qué clase de pregunta es ésa?”, se indignó Messud. “¿Querría usted ser amiga de Humbert Humbert? ¿Mickey Sabbath? ¿Saleem Sinai? ¿Hamlet? ¿Krapp? ¿Edipo? ¿Oscar Wao? ¿Antígona? ¿Raskolnikov...? Si usted lee para encontrar amigos, está en problemas. Leemos para encontrar vida, en todas sus posibilidades. La pregunta relevante no es: ¿Es éste un amigo potencial para mí? sino: ¿Está vivo este personaje?”

Nunca dejaremos de sulfurarnos con aquellos que, más que leer o producir literatura, la usan para fines que le son antinaturales: como si fuese una versión analógica de Facebook, o para establecer una superioridad cultural y social. Pero eso tampoco significa que exista una sola manera de leer bien. Por fortuna (Dios nos proteja de tentaciones dogmáticas) no habrá nunca una manera única de leer, así como tampoco hay una única manera de coger. Eso sí: siempre habrá diferencia entre aquellos que practican el sexo por placer, por amor o por ambas cosas a la vez, y aquellos que lo usan para satisfacer aviesas compulsiones. Por más científicos que sean.

Al menos en mi caso, a la hora de “navegar relaciones sociales complejas”, imagino que Stephen King me fue más útil que James Joyce.

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