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Domingo, 13 de marzo de 2011

CULTURA / ESPECTáCULOS › EL DRAMA COREOGRáFICO TODO SE INCENDIó DE REPENTE, SIGUE EN ESCENA EN EL RAYO.

El teatro que se cruza con lo fantástico

A través de sus obras, el grupo Pause se anima a desarrollar un lenguaje propio donde lo cotidiano y lo fantástico se cruzan. En el texto, algo del inconciente colectivo navega en las aguas revueltas de una catástrofe en un mundo entre cenizas.

 Por Julio Cejas

Hay temáticas que son poco abordadas en el fecundo terreno de las artes escénicas, tópicos que parecieran ser mejor desarrollados a partir de los lenguajes del cine o el cómic. El recientemente creado grupo Pause parece ser una excepción, recalando tanto en Moderna como en Todo se incendió de repente, propuestas que se atreven a incursionar en historias donde lo fantástico se cruza con lo cotidiano.

En el "drama coreográfico" Todo se incendió de repente, que se reestrenó el mes pasado y puede verse todos los domingos de marzo a las 21.30 en el Teatro del Rayo (Salta 2991), la directora Paula Valdés Cozzi invita a transitar por una recorrido dramático que tendremos que completar a partir de nuestros propios laberintos internos.

El espectáculo en sí se propone como una exploración en un espacio que será protagonista excluyente de micro historias que se disparan a partir de algún suceso que ha devastado el hábitat natural donde seis sobrevivientes intentan asirse a pedazos de lo que alguna vez llamamos memoria.

La cifra no puede dejar de asociarse con aquellos paradigmáticos seis personajes pirandelianos que vagaban en las penumbras de un ensayo teatral real, en busca de un autor que los contenga y que produjo allá por 1920 uno de los experimentos dramáticos que ponían en tela de juicio los límites entre la realidad y la ficción.

Aquí también seis personajes se recortan entre las luces y las sombras de un lugar espectral, un sitio que bien podría ser conceptuado como no lugar; un frágil tablero que algún acontecimiento no previsto azotó contra las paredes, inestabilizando el recorrido de las fichas que parecieran intentar recordar cuál era el juego que jugaban.

El espectador tiene como única pista el título de la performance: Todo se incendió de repente. Sabemos los múltiples sentidos que puede adoptar la palabra incendio y cuánto se puede significar a partir de los fuegos que han consumido gran parte de nuestra historia, tanto personal como social.

Por eso más allá de la multiplicidad de lecturas que implica este por momentos enigmático recorrido coreográfico que nos propone Valdés Cozzi; algo del inconciente colectivo navega en las aguas revueltas de una catástrofe que tiene que ver con un mundo que entre cenizas intenta ser reconstruido a partir de las acciones de seis sobrevivientes.

Se podría llamar a esta poética una "poética de la resiliencia", palabra aggiornada en los últimos tiempos y que tiene que ver con la capacidad de resistencia del ser humano frente a terribles situaciones tanto de índole personal como social.

Supongamos que estas seis personas quedaron encerradas en la única habitación que quedó en pie en toda la Tierra después del peor cataclismo que arrasó con el género humano; con seis seres atravesados por la angustia de sus vidas fragmentadas, en un espacio espectral donde seis sombras vagan en el desesperado intento por encontrar la luz que los materialize: ese material alcanzaría para volver a construir una nueva utopía.

Entre los balbuceos del texto, que por momentos se confunden con los sonidos del aire acondicionado y en otros se asordinan por problemas de dicción de los propios bailarines, hay un intento por parte de estos personajes de contar historias, de contárselas entre ellos y si el espectador se entera mucho mejor.

La fuerza dramática del espectáculo está en la potente partitura coreográfica que implica un fuerte riesgo corporal y técnico de la cual se hacen cargo con precisión y entrega el grupo de bailarines integrado por Brenda Adaro, Guillermo Gatto, Aaron Lescano, Malena Salzman, Leandro Simoniello y Alejandra Valdés.

La banda sonora es otro protagonista al igual que la utilización del espacio lumínico, creando climas de fuerte conexión con la estética del cine; barriendo la escena y construyendo mundos ligados a lo onírico y lo fantástico.

Al comienzo y casi a mitad de la propuesta del grupo Pause destacan dos de los momentos más logrados tanto estética como técnicamente y tienen que ver con el reciclaje poético de "El lago de los cisnes" de Tchaikovsky y el "Bolero" de Ravel, en un despliegue que impacta por la multiplicidad de sentido que se desprende de esos cuerpos "incendiados".

El romper con las asociaciones que el público tiene de estas dos emblemáticas obras musicales que remiten a distintas adaptaciones es uno de los puntos más elevados que alcanza la labor de coreografía y dirección de Valdés Cozzi. Una tarea que requiere quizás de un mayor ensamble en los registros de la actuación de estos jóvenes bailarines.

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En un espacio devastado, seis sobrevivientes intentan asirse a pedazos de lo que llamamos memoria.
 
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