rosario

Domingo, 23 de mayo de 2010

CONTRATAPA

El borde de las cosas

 Por Gary Vila Ortiz

Todas las cosas tienen sus bordes. Hasta los sueños y las lluvias, el caminar silencioso de un gato que sin dejar huellas las deja y con sus bordes. Un solo de Bix nunca registrado en algún disco, Stravinsky apuntando en una partitura un fragmento de la "Historia de un soldado", fragmento que luego no utilizará, el bandoneón de Piazzolla tocando en la alta madrugada algún conmovido adiós, tienen, en su desconocida existencia, sus bordes. Me gusta que la palabra borde tenga varios significados en el diccionario. Extremo u orilla de una cosa. En un recipiente, contorno o línea que forma su abertura. Al borde de: muy cerca de lo que se expresa. Pero también borde es una persona de trato difícil y mala idea o alguien tosco y basto. Además, borde se aplica a las plantas no injertadas ni cultivadas. Me agrada también que bordear signifique estar una serie o fila de cosas en el borde u orilla de otra. No neguemos a esta palabra un alto sentido poético. Sobre todo eso de estar siempre muy cerca de lo que se expresa.

Los bordes de la angustia, de la tristeza, del amor, de la inquietud, sobre todo los tan imprecisos bordes de la felicidad, son como cosas de las que el lenguaje puede estar cerca, pero no más allá. Es posible que la felicidad física tenga algunos bordes que podamos distinguir con mayor facilidad, que podamos palpar con alguna certeza. En el momento del amor (tengo memorias) pueden encontrarse esos bordes donde el placer se extiende más allá de sus posibles límites. La ternura que se expresa en la caricia es un juego de las manos sobre los bordes (ciertos bordes) de la mujer que en ese momento amamos. A veces son los labios los que recorren esos bordes del placer, aún cuando se trate de la caricia más profunda. En todo caso Cortázar hace el mapa de esos bordes, los desliza para los posteriores juegos de la memoria.

Los bordes en el amor de Borges por Beatriz Viterbo parecen invisibles, pueden aparecer fantasmalmente. En Bioy Casares suelen ser tan obvios que desaparecen, se esfuman en el exhibicionismo. Pero si los bordes del amor nos interesan tanto, no por eso dejan de obsesionarnos otros bordes, como el de la soledad, el de las nostalgias, el de esa lentitud tan misteriosa que tiene el tiempo perdido en Proust, los bordes en un relato de Faulkner, en un cuento de Hemingway, en tantas y tantas líneas de Camus. ¿Tiene bordes la muerte? En el cuerpo físico de la muerte los bordes desaparecen de manera absoluta. Creo que reaparecen (en ese plano de lo físico) cuando los huesos despojados de todo adquieren ese ardor blanquecino. Pero en la muerte no hay solamente un cuerpo físico cuyos bordes se borran. Pero hay otros bordes de la muerte, o el ya no estar más, del ser amado: son los bordes de la tenacidad con la cual la memoria va haciendo los bordes, quizá los únicos perfectos, del ser amado. Son bordes que abarcan el pasado integralmente (aun suponiendo que haya un futuro) y que va dejando los bordes de cada acto de aquella persona que fue indispensable para nuestro propio vivir.

El borde. Los bordes. Sin darnos cuenta los vamos haciendo y los vamos registrando. Cada gesto, cada ademán, que no es lo mismo, cada mirada, cada cerrar de ojos o cada abrirlos en la desmesura del orgasmo, vamos construyendo ese universo de bordes que es probable pueda definirnos. Están, lamentablemente, los bordes de nuestras impotencias, de aquellos que nos supera y sólo nos provoca indignación o dolor (que tienen sus bordes) y debemos habitarlos sin remedio. Por ejemplo, nada más que un ejemplo, la sensación de distancia que nos entristece cuando por algo, un hecho político ajeno a nosotros, nos separan hondamente de alguien que queremos. Nuestra concepción no contempla la posibilidad alguna de fanatismo, de hecho lo que sentimos en ese aspecto es algo parecido a la autodestrucción. ¿Tiene bordes esa autodestrucción? Filosos, como el borde de una navaja. La palabra inglesa por borde implica el filo, tal cual lo usa Somerset Maugham en su obra "El filo de la navaja" ("The Razor`s Edge").

Me interesan los bordes de todas las cosas del mundo y del mundo mismo. No me interesan, cuando esos bordes parecen corresponden a las fronteras. Si bien no me gusta viajar, pocas veces he pasado de nuestras fronteras, en realidad pocas veces he pasado las "fronteras" de mi ciudad, detesto las fronteras. Hay por cierto otras fronteras, otros bordes, que me inquietan. Los bordes del delirio de la lucidez, por ejemplo. En el sentido que le daba Goya a los monstruos creados por la razón, ¿puede la lucidez engendrar monstruos? Si es así, ¿cuáles serían esos bordes, en este caso sus límites? ¿Ejemplos? Pero ¿para qué? No lo sé. Heidegger tenía sin duda una lucidez formidable, ¿fue un delirio lo que lo llevó a su aproximación al mayor monstruo de la historia, el nazismo? Hanna Arendt tenía una lucidez estremecedora que la hacían tan querible. ¿Qué fue lo la llevó a sentir amor por el monstruo? ¿El amor? Puede ser, si es que aceptamos que el amor es una de las formas más terribles del delirio. Louis Althusser fue uno de los pensadores más lúcidos del siglo veinte. Asesinó a su mujer, la ley sostuvo que en un momento de locura. Pasados los años Elisabeth Roudinesco analiza, en un trabajo sencillamente estremecedor, el libro autobiográfico de Althusser en donde este reconstruye la escena del crimen detalle por detalle, como si se tratara de una narración y él no fuese el protagonista. Hay una penosa lucidez en esa narración ¿el delirio de esa lucidez?. Ezra Pound fue alguien más que lúcido, fue un poeta, ¿cómo un poeta puede haber llegado a su adhesión al fascismo y expresar conceptos de un fuerte antisemitismo? ¿Delirio de su grandeza como poeta? De ninguna manera, me equivoco. Tal vez no se trate un problema de la lucidez sino tan sólo de la inteligencia. Los bordes de la lucidez y la inteligencia se tocan. Pero de ninguna manera son lo mismo.

Hay aquí una necesidad de plantearme los bordes de mi propia lucidez, de mi propia inteligencia. Tal vez al no existir no tengan bordes. Pero algunas cosas voy entendiendo. Ignoro si algunos de los grandes maestros de la humanidad, fueron lúcidos e inteligentes al mismo tiempo o si hablar de lucidez o inteligencia con respecto a ellos no tiene mayor sentido. H.G.Welles nos dice que el siglo VI antes de Cristo fue uno de los más notables de la historia. Buda enseñaba a sus discípulos a orillas del Benarés, Isaías profetiza a los judíos en Babilonia, Heráclito se consagraba en Efeso a sus investigaciones especulativas sobre la naturaleza de las cosas.

El reloj de arena de la historia, ese en el cual el tiempo se hace mucho más patente en su fugacidad, en la velocidad de su pasar. "Cada instante dentro del instante es fugaz, cada minúsculo grano de arena es la vida y es la muerte, ni los grandes vientos, ni nada puede detenerlo, así está dispuesto, así debemos aceptarlo, aún cuando se nos tolera, en esa fugacidad, muchas cosas". El tiempo en el reloj de arena sigue su marcha. Por los mismos tiempos surgen en la China Confucio y Lao Tsé. Y luego vendrán las enseñanzas del Eclesiastés, el amor de los salmos, la presencia de Cristo. Y hasta nuestro tiempo, el Zen, sigue provocando nuestro apasionamiento. Para nosotros, occidentales, eso es inalcanzable. En todo caso tenemos cosas parecidas, como las epifanías, las iluminaciones (sobre todo en la poesía) que corresponderían al satori del Zen. Para estos nombres, para estas expresiones de la espiritualidad ¿podemos hablar de inteligencia o de lucidez? No lo sé, pero creo que no, que otros eran los caminos que esos siguieron.

A esta altura de lo escrito me pregunto ¿de dónde sale esta obsesión por el borde de las cosas? ¿Qué me quiero decir a mí mismo con esto de los bordes? Algunas palabras suelen enamorarnos y no nos ofrecen explicación alguna. Por otra parte esto tiene cierta lógica, si se nos enamora no se nos explica por qué se nos ha enamorado. Uno se puede enamorar, que de ninguna manera es lo mismo que amar, de una sombra, de la sombra de una sombra, de un fantasma que ha adquirido presencia. No, de eso no. Los fantasmas ¿tienen bordes? No tengo ningún amigo fantasma, por lo menos eso es lo que creo, y no puedo preguntarle. Pero suponiendo que los tengan deben ser bordes cambiantes, contornos que se modifican continuamente, por lo menos para nuestros hábitos de tiempo.

No me resulta difícil suponer que Bartleby había adquirido esos bordes del preferiría no hacerlo. El los había elegido. Funes el memorioso tenía los bordes que cambiaban cada vez que Borges lo entrevía cuando hablaba con él. Borges en realidad hablaba con una memoria, y no conozco los bordes de la memoria, no quisiera que los tuviera. Kafka tenía razón (siempre la tenía, pero no nos damos cuenta cabalmente) cuando no quería dibujo alguno, nada de representaciones para su Gregorio Samsa transformado. No podía tener bordes.

Este texto que escribo ¿tiene bordes? Una vez publicado los tendrá, claro, pero esos bordes ¿son en rigor los mismos bordes que tiene el texto mientras lo voy escribiendo? Prefiero no saberlo, de ninguna manera.

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