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Miércoles, 29 de febrero de 2012

CONTRATAPA

Poeta en Babilonia

 Por Luciano Trangoni

El señor A dirige el suplemento literario de un periódico local, y B es un poeta más bien pobre que le envía al señor A los textos que escribe con dedicación y tenacidad espartana. Pero el señor A no publica jamás un texto de B, aunque eso no es todo, el señor A no responde los envíos siquiera para decirle a B que sus textos no le agradan, quizás porque, de algún modo u otro, el señor A no se ha tomado la molestia de evaluarlos.

En la ciudad de Rosario, piensa B, el circuito literario tiene sus pliegues y sus dogmas, y hay que respetarlos, sí señor, cueste lo que cueste, o de lo contrario, si eres poeta o escritor estás obligado a rendir pleitesía a los "grandes nombres". En Rosario, piensa B, el circuito literario está compuesto por seres especialísimos, únicos y sagrados, y hay que respetar esos nombres si eres escritor, y más aún si son ellos, precisamente, los que están a cargo de la maquinaria cultural. Hay que agacharse si es necesario, piensa B, arrodillarse y rendir pleitesía a boca abierta a estos grandes (grandísimos) seres que están y estarán por encima de todo, incluyendo tu propia cabeza y tu propia literatura, si es que la tienes. A estos seres hay que venerarlos, piensa B, hay que amarlos, leerlos y ser (luego de mucha dedicación) sus monaguillos. Hay que mantenerles dura la autoestima, piensa B, para que sean felices siendo lo que son: grandes (grandísimos) hombres. Y, piensa B, cada vez más eufórico, hay que arrodillarse ante ellos y estar bien atentos para encenderles el cigarro o sacudirles la masculinidad caída en desgracia, porque si eres joven y escritor, pero sobre todo joven, no mereces que se abran para ti las puertas del Olimpo. En fin.

Una tarde, B sale a estirar las piernas y cuando regresa a su casa descubre que le han entrado a robar, llevándose las pocas pertenencias que tenía, entre ellas su computadora y todo lo que había dentro, es decir, todo su empeño literario. Al principio B enloquece o parece enloquecer, y luego decide tomárselo con calma. Al fin y al cabo, piensa B, ya era hora de abandonar la maldición literaria. Y piensa: Los poetas se arrancan las pestañas para dormir y los novelistas sienten que alguien los persigue eternamente. Los poetas sueñan con tortugas gigantes que buscan su cabeza dejando a cada paso un reguero de sangre, mientras los novelistas sueñan con tijeras y espadas samurai cuando no sueñan con serruchos y machetes. Afortunadamente, el poeta y el novelista en muy escasa oportunidad se funden en un mismo cuerpo. Cuando esto es así, el artista es un desdichado que no soporta el peso de su propia miseria y por lo general se suicida antes de los treintaisiete.

Más tarde, B logra un mínimo de calma y llama por teléfono a un amigo. Al anochecer se encuentran en un bar.

"La puta madre --dice B--, esto de seguir escribiendo para los burgueses me ha dejado en la miseria. Porque toda la literatura está destinada a ellos, que son, después de todo, los que compran libros. No muchos, pero compran. Y leen, mal o bien, lo que nosotros tenemos para decir".

El amigo de B, mientras tanto, asiente sin mirarlo a los ojos.

Hay un poema de Vallejo --continúa B-- que dice: "Se escribe contra uno mismo/ Por culpa de los demás./ Qué inmundo es escribir versos/ El día menos pensado/ Me voy a pegar un tiro".

--No fue Vallejo el que escribió eso --dice el amigo de B.

--Claro que fue Vallejo.

--Te digo que no fue Vallejo --insiste el amigo de B--. Fue Parra. Nicanor Parra.

--¿Estás seguro? --dice B.

--Completamente seguro.

--¿Y cuándo leí yo a Parra? --dice B, e inmediatamente después cruza los brazos sobre la mesa y se echa a llorar como si acabara de nacer.

Lo cierto es que B decide abandonar para siempre la literatura, y esta decisión lo llena de una extraña felicidad. Unos pocos días después compra o consigue un arma y se siente más seguro y poderoso que cualquiera de sus antiguos personajes.

Una noche, B visita el periódico en el cual trabaja el señor A y se dispone a esperarlo en la puerta con el arma escondida bajo la campera. Tengo paciencia, piensa B. Tengo toda la paciencia del mundo. Si algo me ha enseñado la literatura, piensa B, es la virtud de la paciencia.

Esa noche el señor A abandona la redacción del diario en compañía de una joven a quien B le encuentra cara conocida, aunque no sabe de dónde. Pero de todos modos decide seguirlos. B camina detrás del señor A y de la joven, a unos diez metros de distancia, y los tres personajes parecen formar una figura geométrica, un triángulo, más precisamente, y caminan en silencio. Toman por Sarmiento hasta Mendoza y allí se detienen en la esquina. El señor A y la joven parecen mantener una discusión. B se detiene respetando los diez metros de rigor y enciende un cigarrillo. La joven estira un brazo y un taxi se detiene junto a ella. El señor A dice algo que B no alcanza a oír, y la joven cierra la puerta del auto y desaparece. El señor A se lleva las manos a la cara y B contempla la escena mientras hecha una bocanada de humo y sonríe.

Luego de unos instantes, B se acerca al señor A.

--Resucitar --dice B--, tarde o temprano hay que resucitar.

El señor A se quita las manos de la cara, y al voltear se encuentra con la silueta de B.

--¿Qué querés? --dice, sin reconocer a B en la silueta que tiene enfrente.

--Tanto desprecio --dice B, y hace una pausa--. Tanto silencio de vaca.

--¿Qué querés? --dice el señor A, y se lleva las manos a los bolsillos... No tengo nada.

--Instinto de asno --continúa B--. Pulsiones de ameba, carcajada de insecto.

--¿Te conozco? --dice el señor A.

--Un día de hambre en compañía de un perro. Ese es el saldo de esta guerra --dice B, y saca torpemente el 38 y se lo muestra.

--¿Qué querés? --se impacienta el señor A.

--Oh --exclama B con los brazos alzados al cielo nocturno de Rosario... Que alguien cierre la puerta por mí.

luciano﷓[email protected]

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