rosario

Domingo, 18 de junio de 2006

CONTRATAPA

Lo que quiere Brian

 Por Luis Novaresio

Uno: Si hay un Dios, que se acuerde de nosotros. Que afloje un poco. Entonces miro hacia la tele. Y está él pidiéndole a Dios que afloje.

En esa rara mesa de luz posmoderna que enciendo cuando llego a casa, se recorta su cara. Primer plano. Toda la luz. La tele bien podría reemplazar el velador de la mesa de noche, me decís. O la radio. Claro que ésta no evita patear la pata de la cama. No importa. Las dos, compañías seguras en los momentos de vida interconectada. La radio. La tele. La encendés vos, también, cuando llegás a tu casa, exorcismo banal del silencio que tu hogar preserva, lejos de los ruidos de ruidos y palabras de la jornada laboral, mecanismo cotidiano de ganarte el pan con el sudor de tu frente. Y la de los otros. La tele encendida, la computadora que pide contraseña para conectar con Internet y una olla con agua para hervir. Todo junto. O acaso no hemos aprendido a hacer todo a la vez sin gozar de ninguna. Rito. Hemos vuelto a casa. Amén. Podemos descansar en paz. Quizá un gato o un perro que te escrutan. Y, quizá, piensan. Pobre, dice el animal. Y él que se cree un eslabón superior. Los animales, piensan, me decís. Al menos sé que sufren, de eso estoy seguro. Y por eso los considero mi prójimo, te digo. El perro mueve la cola con decisión. Vos apenas le acariciás una oreja. El no reclama. Piensa. Te piensa.

Hierve. Veremos qué voluntad encuentra ese líquido que reclama con burbujas cuando llegue a los cien grados. ¿El agua hierve a los cien grados?, te preguntó tu hijo los otros días. Y vos te tranquilizaste sabiendo que había alguien por quien seguir sudando. Y aprendiendo. Enciclopedia ilustrada de la vida. Quizá sean unas salchichas, ahora que las envuelven en verde porque hasta las salchichas presumen de ser de dieta. No diet. De dieta, te gusta decir, en poderosa reivindicación chauvinista de la lengua. Salchichas de dieta no hay, trato de decirte y vos me gritoneás con Cormillot, el escepticismo y mi inexplicable ausencia de fuerzas para combatir la panza. Cerrá la boca. Yo, por desubicado. Vos, para que sepas que así empieza un buen régimen. Quizá sean una salchichas, quizá unos fideos, quizá una bolsita de arroz integral con envoltorio hervidor. No me jodas, el arroz no adelgaza. Ni te lo digo. La compu ya despertó de su letargo inútil, se mostró celeste, bienvenidos al mundo de Bill Gates, contó su memoria, revisó sus discos y ya pide contraseñas para conectarse al mundo. Vamos. Chequear los mails con toda urgencia, no vaya a ser cosa que tu amigo que vive a veinte cuadras te haya mandado un mensaje banal, de esos que antes cruzábamos tomando un café o disfrutando del teléfono que Entel supo otorgarnos luego de diez años de espera. La vida moderna. Crecer. Madurar. Te viene de buscar en el diccionario, guerrero de Prusia de la lengua madre, y me decís que esos verbos no tienen sinónimos con ser feliz. Me río. Te recuerdo que madurar y crecer pesan más. Conjugan. En pasado, presente y futuro. Felicidad no. "Felicidar", no. Necesita del bastón del ser.

El agua hierve. No hay mensajes en tu casilla que superen la oferta de sexo guarro en spam que filtra todos los filtros. Y él, solito en la tele, bulle a mucho más que a cien grados. Si hay un Dios, que se acuerde de nosotros. Que afloje un poco. Entonces miramos hacia la tele. Y está él pidiéndole a Dios que afloje. Brian le pide al Supremo que afloje.

Dos: La familia de Brian Escobar, el chico que rescató a sus padres de un incendio en su casa, está de mala racha: hace unos días entraron ladrones en la verdulería familiar y robaron toda la mercadería que encontraron a su paso.

El propio Brian, ya acostumbrado a tratar con los medios de comunicación después de que se transformó en héroe, relató el robo con lujo de detalles. "Se llevaron todo. Rompieron la puerta y agarraron dos garrafas llenas, una balanza electrónica y otras cosas. Ahora el negocio quedó todo pelado" dijo el pequeño de 14 años, quien el pasado 23 de mayo se convirtió en héroe al rescatar a sus padres y sus dos hermanos de un voraz incendio. Luego del incendio en la casa de Boedo 2047, en la zona noreste de la ciudad, la gente se solidarizó con la familia de Brian y se acercó para colaborar.

Es más, el pasado viernes 2, los Bomberos Voluntarios le entregaron una placa, un casco y lo distinguieron como "bombero honorario". Pero los Escobar siguen con mala suerte, ya que la verdulería es el único sostén de la familia. "De esto vivimos nosotros", repitió Brian. Lo leo en el diario. La foto está allí. La misma cara.

Tres: Brian te dice que cree en Dios. Mira hacia el techo y vos, qué pavo, le seguís la mirada. Intento, me dijiste, que se produzca el milagro. Que por fin, el que dice que el reino de los cielos es el de los pobres, el de los excluidos, sonría de una buena vez. Porque ya es hora, dijiste con enojo. Este pibe merece la prueba de tu existencia, deseaste. ¿O no alcanza con haber nacido en estas pampas cuando la revolución productiva estallaba y a él y a su familia no le tocó ni una esquirla? ¿O no es suficiente haber aprendido a los ocho años a tirar la red y la caña para pescar en el río marrón de Fandermole para parar la olla? ¿No te basta, dijiste otra vez mirando el techo, que un pibe a esa edad haya tenido que aprender lo que es parar la olla? ¡Por Vos mismo, le gritaste!

Brian tuvo un hermanito discapacitado. Y no me equivoco. Digo tuvo porque ya no está más. El te cuenta que sabe muy bien cuánto se sufre por ello y que por eso donó los colchones y la sábanas que le regalaron cuando el incendio. Porque en casa, sobraban. Los regalos regalados fueron a dar a un pequeño hogar de tránsito hecho a pulmón de gente digna que asiste a los pibes discapacitados y pobres. Y subrayá los dos conceptos. Discapacitados y pobres. Brian sabe, a los catorce, parar la olla, pescar, zafar de una vuelta campana de su bote, vender verdura y afrontar los desafíos de un hermano con problemas.

Y fue ahí que la tele, testigo omnímodo de lo que pasa, le pregunta: ¿querés pedir algo más? Y allí hacen falta la balanza robada de la verdulería, los antibióticos del padre que se recupera del monóxido de carbono que aspiró el día del incendio, ropa para todos ellos, para Brian, el bombero a los golpes para salvarlos a todos. No lo veo. Pero siento que detrás de cámara la familia le apunta qué pedir. Y hasta un productor del programa lo alienta al mangazo con la secreta esperanza de que el pibe pida, conmueva y, por favor, por favor, que llore. Los jefes lo van a felicitar si Brian llora. Y fue entonces. El agua hierve. Las salchichas elegidas fueron arrancadas del plástico verde y el pibe grita basta. ¡Basta! Nada más, ni nada menos. ¡Paren por favor! La balanza la vamos a comprar de a poco, en cuotas, los remedios se consiguen en el dispensario, el resto ya se verá. Un crío de 14 años grita basta a su familia y al ojo del gran hermano y te mira a los ojos por los rayos catódicos y también te dice, nos dice, ¡paren por favor!

Esa noche no se cena. No se habla. El perro te mira y sigue pensando en el eslabón superior.

Cuatro: Fue recién al día siguiente. Lo entendí cuando me lo dijiste. Es un chico de 14 años que quiere vivir dignamente sin el asistencialismo del prójimo ni del estado. Quiere ser feliz, madurar, crecer con sus propias manos. Pero que lo dejen, che. Que al menos vos, los dueños de lo que se hace y el de arriba, que lo dejen. Con dignidad.

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