rosario

Martes, 31 de mayo de 2016

CONTRATAPA

El Problema de la Voz

 Por Hernando Quagliardi

Nos reuníamos para recuperar una voz. En una época muy anterior a las redes sociales, a la validación inmediata de los datos vía internet. Había mucho de enigma en esas reuniones silenciosas en torno de un aparato de grabación. La voz rodeada de ecos, ruidos e interrupciones concitaba la atención por su propia presencia. Desde ese aparato mágico los muertos volvían a la vida. Poco importaba si el mensaje era una conversación familiar, una poesía o una consigna política. Importaba únicamente la voz.

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En el cuento "Gorilas" Osvaldo Soriano recrea esa escena. Era el año 1958, Perón en el exilio grababa mensajes que enviaba a la militancia. Un tipo a quien llamaban "el ruso" portaba una cinta desde la que hablaba alguien con una voz parecida a la de Perón. Sobre el final del relato, el padre del narrador, atraído por el complejo mecanismo de un Geloso de plástico, aparece para confirmar la autenticidad, entrenado como estaba en la constancia de odiar esa voz.

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"...quisiera sentirme un poco en la misma habitación donde usted oye este disco y cuando digo usted, usted no existe para mí y vaya si existe porque usted y yo somos este encuentro en tiempos y en espacios distintos, una anulación de esos tiempos y esos espacios". El que habla es Julio Cortázar. Claro que Cortázar siempre ha dicho conocer los secretos del état second, esos arquetipos del inconsciente colectivo en el que le vienen como en forma hipnótica, los materiales de sus cuentos breves. Por eso es fácil reconocer su voz, tanto la que surge del disco como la que ronda sus textos. Cortázar se aprovecha del ritmo. El ritmo es un "disparador de sentidos".

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En la novela La Ciudad ausente uno de los narradores de Ricardo Piglia afirma que todo cuanto hizo Macedonio Fernández desde la muerte de Elena Obieta estuvo destinado a hacerla presente. Ella era la "Eterna", el río del relato, la voz interminable que mantenía vivo el recuerdo.

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Conocemos los rasgos físicos de Emma Bovary. Se ha podido componer un retrato robot a partir de las descripciones de Flaubert, tal como lo hizo Brian Joseph Davis (se puede ver en el sitio The Composites.) Sabemos que Ana Karenina lee en su butaca del tren una novela inglesa cuya autoría pertenece a Jane Austen o a Trollope, según la crítica que se siga. Pero ¿cómo eran sus voces? No lo sabemos, no por lo menos sin acudir a la relación vicaria con otro arte, el cine, que desazona en la misma proporción que el doblaje de un filme con respecto al original. Quizá la voz no sea más que un recurso, una pura metonimia de la escritura.

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Estoy buscando una voz, estoy reflexionando sobre las condiciones necesarias para atrapar un instante. En ese trayecto aparece la poesía. La Poesía es una voz. Más allá de los estilos que se individualizan en el poema, cuando el poeta emprende la búsqueda del lirismo actúa como un "médium". Es como si pudiera oír una voz pre-existente y traducir su mensaje mientras dura el trance. Una vez que ha dicho lo suyo, que ha hecho las piruetas sobre las tablas, la voz se apaga inevitablemente y regresa al cauce mayor de la Poesía.

De nada vale entonces que revierta la reflexión en un conjunto de rimas, imágenes y figuras. La poesía tiene una voz que resulta ajena e impropia para mi cometido. Yo busco la forma de reponer una voz.

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La situación particular es esta: la lluvia, un viaje, la cadencia del tiempo afuera, el contraste entre el paisaje y el texto que estoy leyendo: "Marienbad Eléctrico", novela de Enrique Vila Matas. Leo en una zona difusa, entre el afuera y el adentro. Y me involucro en un desvío que avanza a tientas. Vila Matas se va en rodeos, en excusas para no abordar jamás el tema que se propone novelar, para ir perdiéndolo y encontrándolo a lo largo de maravillosos extravíos, al modo en que lo hizo Conrad en "El Corazón de las Tinieblas" donde las digresiones son el relato mismo.

Con el gesto de ir y venir del texto, escancio nuevos límites propios del acto de lectura, abominando de la tarde y de la lluvia, resistiendo el avance del sopor y la pesadez de los párpados. Muy adentro mío pero muy real, oigo la voz de mi padre. Cierro el libro o se me cae de la mano: no es un sueño y ya se ha ido; pura fugacidad. Simple como eterna es la voz de mi padre diciendo algo cuyo sentido no vale la pena considerar porque es el tono lo que demanda la atención, es la impresión que deja al desnudo todos los limites.

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Comprenderán -y me perdonarán también por ello mis queridos lectores- que no encuentre el procedimiento exacto para exponer la situación. No me puedo servir del lenguaje más que para dejar constancia de un inventario efímero, para trazar círculos concéntricos, muy vagos, vastos y gruesos. No hay más remedio que aceptar, sin ironías, la tajante imposibilidad de la que está hecha la literatura.

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