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Viernes, 8 de octubre de 2010

ENTREVISTA

Un vestuario sin jabón

Fernando Ramírez jugó en el fútbol profesional durante algunos años. Llegó siendo un niño a las inferiores de Ferro y aún conserva muchos amigos del ambiente. Se encuentra perfectamente habilitado para develar algunos secretos sobre lo que pasa en la intimidad de este deporte tan cerrado a la diversidad sexual.

 Por Facundo R. Soto

Foto: Sebastián Freire

En general, no se asocia la pasión del fútbol con lo gay. Jugás al fútbol desde muy chico, seguro que nadie te discriminó en tu infancia por pata dura... ¿Serás gay?

—Desde siempre supe que era gay, desde chiquito. En la casa de un amigo de mi hermano vi un libro de Peter Pan, donde había dibujos de chicos desnudos, y yo me calentaba con esas imágenes. Esto fue en los años ‘70, después me vino la conciencia. Yo tenía novia, me acostaba con chicas, pero también con chicos, hasta que me di cuenta de que me iba a enamorar definitivamente de un chico y no de una chica.

Según tu experiencia en las inferiores de Ferro, ¿cómo aparece el tema del sexo entre los compañeros de fútbol y en la adolescencia?

—El sexo estaba en el humor. Era algo de lo que no se hablaba, pero estaba. Se vivía solapadamente. Donde se la podía meter, se la metía, sin hablarlo. Y después, claro, se ocultaba. No existía decir “soy gay” sino que hacías cosas con tus compañeros, pero nadie se hacía cargo, y estaba lleno de putos. La prohibición no estaba anunciada, pero las cosas se hacían por debajo. Uno se daba cuenta, sobre todo con la mirada, quién te miraba con carga sexual. Se hacían cosas y después no se hablaba más. Latía con una intensidad típica de los quince años.

¿Tenías alguna estrategia de levante?

—Mi estrategia era la del café con leche. Invitaba a mis amiguitos del club a tomar la leche a casa. Jugábamos a la pelea, a la lucha, y terminábamos rozándonos, excitándonos y haciéndolo donde podíamos. Yo siempre fui de cuerpo grande y no era de moverme. Pero después en el club todo se había olvidado. La carga sexual, la libido, no estaba puesta entre nosotros en el club sino en el juego. Podía pasar antes o después, pero no en la cancha, porque ahí lo más importante era el otro juego: el partido, la competencia, el ganar.

Estás presentando un panorama del fútbol de alto contenido homoerótico...

—Hay que tener en cuenta que los jugadores profesionales no empezaron a jugar de grandes, sabiendo ya si son gays o héteros. Empezás a jugar a los 6 en el club, con rutinas, entrenamientos, una disciplina que te hace ser de determinada forma, y adquirir códigos, normas. Cuando uno es pendejo y la quiere poner a toda costa, empieza con esos juegos sexuales entre amigos, y es eso, un juego, nada más. El primer proceso es bastante culpógeno, por eso no se habla. Se tapa, se niega. Pero pasa. El interés, generalmente después, es por las chicas. Muy pocos somos los que nos quedamos pegados al mismo sexo. De hecho, los gays somos minoría.

¿Viviste machismo en el fútbol?

—Profesionalmente, al convivir con 22 hombres en un equipo, es difícil mirar a uno y tratar de no pensar en que el otro se dé cuenta de que sos puto. El prejuicio es difícil. Con todos los deportes de hombres pasa que hay relaciones sexuales, acercamientos sexuales, pero son contenidas. Sobre todo en la adolescencia, donde uno no tiene definida su sexualidad, donde la vas construyendo, ¿no? Si todas las personas con las que en mi adolescencia tuve frotadas, toqueteos y otras cosas fuesen homosexuales, estaríamos hablando del 90 por ciento de los pibes, y no es así. Cuando entrenábamos y competíamos, es verdad que había ciertos juegos sexuales, pero eso no implica que sean gays. El juego era sexual, en general, porque también estaban presentes las chicas, aunque no físicamente. Pelé, todos sabemos, debutó con un pibe, y nunca se identificó como gay. Hay muchos casos como el suyo que no puedo nombrar...

¿Cómo eran los vestuarios de Ferro cuando vos jugabas?

—Normales.

¿A qué llamás normal?

—Había una autorrepresión. En un vestuario no vas a mirar pijas, quizás en otro ámbito sí, pero ahí no. Si los objetivos están claros, como los teníamos nosotros, ése no era un problema. En los vestuarios es muy común que te toquen el culo, o te agarren la pija, pero no pasa nada más que eso. No hay erotismo ni sexo en ese folklore.

¿Y qué es lo que hay?

—Amor. Amistad. Camaradería. Abrazarse, manosearse, el saludo común en el fútbol es un cachetazo en el culo, es un ritual, los besos o piquitos también, pero son cosas sin erotismo. El código es de ternura, y eso está permitido. Pensá que el fútbol es un deporte, un juego reglado. Fuera de ese ámbito, lo que se hace ahí no está permitido. Con los pibes del club jamás en un cumpleaños nos abrazamos de la misma forma que en la cancha. Es otro espacio. Maradona y Caniggia se dieron un beso en la boca, en ese contexto estaba bien, en otro ni siquiera lo harían. Después es como en otros ámbitos. Al que tiene la poronga más grande todos lo joden porque la tiene larga, y lo apodan así. El que la tiene chiquita se baña de costado para que no se la vean. Y el verse desnudo, el tocarse la poronga, el culo, es normal.

Pero no todos los que crecen juntos terminan tocándose...

—Bueno, pero vas viendo el desarrollo tuyo en el otro, y eso despierta curiosidad. Y volviendo a lo de los vestuarios, el objetivo de un vestuario no es ir a garchar, es bañarse, es la charla anterior o posterior al partido. El vestuario no es el altar de la sexualidad. En otro contexto puede convertirse en un lugar lleno de fantasías, sobre todo por el morbo que le otorga cada uno. Hay clubes sexuales en Francia, y acá también, que tienen duchas, evocando a los vestuarios. El fútbol no escapa a los lugares comunes, como los de una oficina, un banco o de la sociedad en general. Sólo que en el fútbol la gente tiene tu misma edad, y además se pone en juego el ego.

En lo personal, ¿te sentiste discriminado?

—No, eso no fue un problema para mí. Nunca viví discriminación. Ojo que no creo que no haya pasado en otros casos. A mí no me tocó vivirla, porque a esa altura ya era grande y podía tener otros amigos que no eran del club, con ellos podía hablar sobre mi sexualidad. Creo que hay una cuestión interna en los jugadores, medio ambigua. Se habla despectivamente de los putos como si fuese un mandato que hay que discriminarlos. Si el puto está ahí entre otros, se relajan, y a nadie le importa. Es más la obligación de tener que decir “uy, esos putos de mierda” que lo que realmente pasa. Yo nunca sentí que me miraran de otra manera por ser gay. Nos cagamos de risa todos juntos. En el fútbol está la complicidad, la hermandad.

Sé que los miércoles jugás con amigos que son ex futbolistas de Primera División, que jugaron en mundiales. ¿Conocés otros como vos que sean gays y que lo digan?

—La idea social que antes se tenía de un jugador era la de un troglodita. Los de ahora venden cosmética, están ligados a la metrosexualidad, a la imagen, a la venta de calzoncillos. Es muy interesante ver el cambio social que hay, de los chongos que jugaban al fútbol a los teñidos, tatuados, bronceados por cama solar que hay ahora. Si en mi época se me hubiese ocurrido teñirme el pelo cuando jugaba al fútbol, me habría transformado en el hazmerreír de todos. Tengo el recuerdo de escuchar que le dijeron “mamarracho” o “puto” a alguien, por la forma en vestir. Antes la ropa ponía en caja a la gente. Hoy en día eso no pasa. Son pocos los gays que hay en el fútbol. Conozco un par de jugadores profesionales, tres o cuatro, y que no te van a decir nada. No son abiertamente gays. No lo van a decir porque eso sigue no encajando en el mundo del fútbol. Es así. En cambio... es raro, pero otras cosas sí encajan.

¿Qué son esas otras cosas?

—A otros futbolistas que conozco, que no son gays, ni héteros (por ponerles un rótulo), les gustan las travestis. Lo que me parece que legaliza la situación para ellos es la vestimenta femenina. Cuando era chico no estaba el boom de las travestis, pero hoy sí y veo ese interés a diario. Conozco a un jugador que pasaba a buscar a la travesti con la que salía en su moto, y cero prejuicio, hasta se citaban en un bar conocido. Otro iba a buscar travestis a las discos, a Palermo, ésa era su vida y nadie se metía con él. En cambio, otro corrió una suerte distinta: le costó irse de un equipo de Primera donde jugaba cuando se corrió la bola de con quién andaba. Le encontraron un bolsón con ropa de ella y consoladores. El punto de su desgracia fue que su sexualidad se hizo pública. Otro salía con un bailarín. Hay cosas que no se hablan. Los compañeros lo sabían. Para mí nunca fue un problema, todos saben que soy gay, creo que nada hubiese cambiado si no lo fuera.

En la Argentina no conocemos a ninguno que haya salido del closet públicamente. Pero, ¿del extranjero?

—A Gullit, el mejor jugador de Holanda del Mundial ‘86, lo dejaron afuera del Mundial. Los dos, él y su pareja, estaban en la selección, uno en la de Holanda y el otro en la de Brasil, uno fue y el otro no.

En conclusión, ¿qué conexión harías entre el fútbol y la homosexualidad?

—Me parece que la homosexualidad y el fútbol son caminos que van separados. Se pueden tocar en algún momento, pero no son las dos caras de la misma moneda, como muchos gays creen. Además, la sexualidad es individual y el fútbol, grupal. En la Argentina no hay un solo jugador gay que lo haya dicho.

¿Pensás que habrá muchos gays reprimidos dentro del fútbol?

—Para mí no hay mayor cantidad de gays reprimidos en el fútbol que en otro lado. Sí en el rugby, en la gimnasia artística, pero no en el fútbol.

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