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Viernes, 8 de abril de 2011

Tan tremendas como enteras

Cuando en 1995 el director uruguayo Aldo Garay terminaba de editar su primera película –un mediometraje de 40 minutos hecho con una cámara de video– sabía que todo lo que estaba dejando afuera del montaje no era material de descarte, sino ideas para el futuro. Y así fue que diecisiete años después retomó aquellos mismos personajes para desarrollar una serie de tres documentales que escapan a los lugares comunes y cuentan cada uno la vida de personas trans que han llegado a la vejez sorteando la violencia y la exclusión.

 Por Diego Trerotola

En los primeros, inestables y algo reaccionarios años de la década del noventa, con una valentía que aún no tenía mucho eco en el Río de la Plata –y menos en Uruguay– una cámara de video prestada fue suficiente para que Aldo Garay pudiera cristalizar su primera película, basada en el retrato honesto de una comunidad trans montevideana. La honestidad estaba en lograr una mirada frontal sobre un grupo de travestis, sin necesidad de encuadres amarillistas, sin la violencia de la pregunta que irrumpe desde la ignorancia o desde el derecho a la imposición de identidades genéricas ajenas, convencionales. Garay miraba para dejar ser, para dar tiempo a que ellas puedan desarrollarse hasta desplegar sus propias ideas del mundo. Ellas reían más que lloraban, pero en su risa también se expresaba la injusticia del contexto que les había tocado en mala suerte. El resultado se llamó Yo, la más tremendo, documental que se inició en 1993 pero pudo terminarse dos años después como un mediometraje de 40 minutos, aunque había quedado fuera del montaje mucho registro de la comunidad travesti charrúa de aquellos años. En 2010, como parte de una trilogía para una serie documental televisiva llamada Orientales, Garay se reencontró con algunos registros y con personas con las que había creado su debut como director. “Después de 17 años volví a esos materiales. Creo que esta mirada retrospectiva ha potenciado mucho las historias; porque ellas cambiaron, y yo, sobre todo, maduré. Y creo que tengo más fortaleza emocional para afrontar estas historias que son muy duras, y para las que se necesita mucha sabiduría de la calle, más que cuestiones más estrictamente relacionadas con la herramienta cinematográfica. Ahora estoy más libre para encarar las historias.” Y el resultado de esa libertad es una serie de retratos audiovisuales que siguen rompiendo las cadenas de lugares comunes con que, desde una transfobia intencional o inocente, se sigue asfixiando las posibilidades de desarrollo pleno de muchas personas.

Con Gloria vivir

Una de las travestis que aparecía fugazmente en Yo, la más tremendo era Gloria Meneses, autodefinida, en una nota de la revista Eroticón, como “la primera travesti uruguaya y de América del Sur”. Tal vez haya sido de las más longevas: Meneses llegó a vivir hasta los 86 años –había nacido en 1910–, y pudo asumir públicamente su identidad trans en 1950, con una valentía inusual para mediados del siglo XX latinoamericano. Como muestra Garay en La Gloria de Hércules (2010), ella tuvo que padecer varias formas de discriminación, muchas veces provocadas por el desconcierto, pero Gloria siempre sorteaba los problemas con una gracia, a veces con salidas humorísticas, que la definían de pies a cabeza. Tomando su nombre de una actriz brasileña casi homónima Glória Menezes; su vida podría haber sido la base de un relato puigiano perfecto, malabarista combinación de existencia precaria y glamour hollywoodense. “Gloria tuvo una pequeña herencia por parte de una tía y la administró muy bien. Luego sacó una pensión a la vejez que da el Estado. Y hacía shows en los primeros boliches gays como Arco Iris, donde imitaba a Tita Merello. Pero tenía una vida muy austera, y la protegió una amiga, porque le interesaban poco las cosas prácticas de la vida. Tenía un sentido muy fino del espectáculo, pero por otro lado era una mujer sencilla, como una abuela sencilla. Decía: ‘Yo soy la mamá de las travestis’. Y en cierta manera fue la que construyó la imagen de las travestis. En su caso, era muy glam hacia afuera y muy sencilla hacia adentro”, recuerda Garay. Tal vez, el logro mayor del retrato de Gloria Meneses está en la celebración de un espíritu de supervivencia, principalmente porque es casi imposible encontrar casos de personas trans ancianas en Latinoamérica a causa de la transfobia, que los y las condena a la muerte joven. No es el único retrato de trans adultas mayores en una película de Garay. También está El casamiento (2011), que se estrenará mundialmente en próximo Bafici dentro de la Competencia de Derechos Humanos, y donde el cineasta charrúa sigue documentando la atribulada relación de Ignacio y Julia Brian. Casi paralelamente a Yo, la más tremendo, Garay había comenzado a registrar la vida de Julia, la segunda transexual operada en 1993 por el Estado uruguayo, que tuvo que esperar hasta 2005 a que reconocieran oficialmente su identidad de género. El resultado de esos registros fue el documental Mi gringa, retrato inconcluso, terminado en 2001, donde Garay presentó la crónica diaria de una pareja que trata de sobrevivir a los prejuicios y a los propios problemas. Ahora, diez años después, en El casamiento, Julia tiene 65 años, y todavía sigue tan unida a Ignacio que ambos quieren casarse para cumplir su pequeño sueño de constituir una familia legalmente, a pesar de que los achaques de la edad los condenan a vivir entre el hospital y su casa suburbana. Ninguna enfermedad ni traba política detienen ese ajetreado amor de dos personas que atravesaron toda una vida de reprobación social. Y que, gracias al ojo cómplice de Garay, ahora vemos triunfar como una nueva forma familiar, con reglas propias, con miedos, convencionalismos, extrañezas y grandezas. Pero, sobre todo, con sentimientos genuinos que son innombrables, pero que una cámara como la de Garay, apartada del más remanido documental testimonial, pudo transformarlos en un relato auténtico.

La campesina rebelde

Si Garay se caracteriza tanto por buscar una intimidad extrema con las personas trans como por quebrar los tópicos más transitados de las imágenes y voces de personas que no obedecen los mandatos de los discursos disciplinarios sobre sexualidad y género, es posible que haya perfilado en Señorita Candidata una de sus obras más políticas como cineasta, sintetizando parte de sus planteos ideológicos que, además, intervienen fuertemente sobre el presente de la cultura charrúa. En este documental retoma la vida de Antonella Fialho, que aparecía brevemente en Yo, la más tremendo, ahora convertida en candidata departamental del Frente Amplio. Travesti trotskista, Antonella rompe, con informalidad y simpatía, con la pintura de la trans con fondo urbano, transitando montada las calles oscuras. “Melo es una ciudad muy estigmatizada, está a treinta kilómetros de la frontera con Brasil, y dicen que estadísticamente hay un porcentaje alto de gays. Y dentro de la comunidad gay, un porcentaje alto de chicas trans, que efectivamente lo hay. Dentro de lo que es el pacato interior uruguayo, es como una zona liberada. Igual hay homofobia, y ni hablar transfobia, pero donde claramente tienen más espacio que en otros lugares. De hecho, Antonella tiene un programa de radio, se atreve a candidatearse, que es impensable en Tacuarembó o en Durazno, departamentos más reaccionarios. Las tres chicas que aparecen en el documental no se dedican a la prostitución, una se dedica a la venta de pájaros y de gallos de riña, y Luisa es peluquera y hace otras cosas. Antonella es activista social, tiene una cooperativa, un programa de radio y es la primera candidata travesti en Uruguay. Pero claro que también hay prostitución en Melo”, describe Garay. Señorita Candidata se ubica en el paisaje rural de Melo, en la comunión de Antonella con sus vecinxs, pero también en una alianza afectiva y activista con sus compañeras trans de la zona, con quienes funda Las campesinas rebeldes, grupo de lucha social y política que retoma a su manera una revolución agraria “para armar una chacra comunitaria y trabajar la tierra”. Una visión del campo más diverso. “A mí lo que me conmueve es en qué condiciones ella desarrolla su activismo político: desde la humildad y la escasez absoluta, porque ella no tiene aparato ninguno, no tiene respaldo. Es ella volanteando, retocando los volantes porque se los imprimieron mal. Y vive en condiciones muy, muy humildes. Y es un ejemplo para muchos frenteamplistas, que no tienen nada de humildad y pertenecen a las clases dominantes. Hoy, por ejemplo, Antonella se acerca mucho al estilo de vida y a la concepción filosófica del Presidente. Estoy seguro que si él llega a ver Señorita Candidata se va a sentir identificado, y seguramente diga: ‘Yo quiero que así sean los militantes del Frente Amplio’. El sí, pero estoy seguro de que el Partido Socialista va a decir: ‘Con esta tipa no tenemos nada que ver’. Una persona trans es lo que más se parece a la épica del presidente Mujica y de su esposa.” Como muestra Señorita Candidata, el resultado de las elecciones no favoreció a Antonella, y es probable que la amplitud real vaya al frente cuando personas como ella tengan más apoyo social. Tal vez no falta mucho, si gente con una mirada más dignamente política como Aldo Garay sigue proyectando honestidad brutal.

Los documentales de Aldo Garay Señorita Candidata, La Gloria de Hércules y El casamiento serán exhibidos en el próximo Bafici. Se pueden consultar horarios en www.bafici.gov.ar

Glória Menezes, orgullosamente autodefinida como “la primera travesti de Uruguay y América del Sur”. Entre una y otra foto hay 50 años de diferencia.

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El director uruguayo Aldo Garay.

Julia, protagonista de Mi gringa, retrato inconcluso.
 
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