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Viernes, 20 de junio de 2014

Un filósofo sin altavoz

 Por Jacques Rancière*

¿Qué hacer hoy con Foucault? Para unos es una discusión sin fin: ¿su análisis sobre las ilusiones de la liberación sexual lo hacen el iniciador de la revolución queer o el primer denunciador de los matrimonios homosexuales? Sus tesis sobre la sociedad disciplinaria ¿no lo hacen el precursor de los pensadores patronales que asaltan la Seguridad Social cantando las bellezas morales del riesgo, opuestos a la infamia de la sociedad asistida? Algunos creen encontrar en su análisis del biopoder, la ontología de la vida capaz de fundar el movimiento de las multitudes.

Otros ven allí mismo la teorización del estado de excepción que hace de la modernidad un vasto campo de concentración. Otros, incluso, siguen pacientemente, de entrevista en entrevista, los lineamientos de la ética del individuo sin poder evitar desembocar en sus análisis de la “preocupación del yo” de Sócrates o Séneca. ¿Los filósofos no están para mostrarnos los principios de la transformación del mundo o los de nuestro propio perfeccionamiento?

Es posible que el legado esencial de Foucault sea el de hacer estremecer la imagen simplista de las relaciones del pensamiento y de la vida. ¿Toda su trayectoria no estuvo marcada por el signo de la brecha y el contratiempo? Para empezar, ¿qué era esta manera de hacer filosofía, contando historias sobre la cárcel o el hospital de hace 200 años en lugar de elaborar un discurso claro sobre lo que es, verdaderamente, el ser y aquello que se le opone al no ser? No sorprende, entonces, que este trabajo de anticuario desemboque en una nueva forma de determinismo histórico, desalentando toda voluntad de transformación del mundo, mostrando que los sujetos no pueden pensar otra cosa que lo que piensan.

Dos años más tarde, cambia el decorado: bastaba con dar vuelta las cosas. ¿El mismo que había analizado el tratamiento de la locura y la constitución del poder médico no estaba naturalmente en su lugar, en la vanguardia de un movimiento que se oponía, no simplemente, a la explotación económica y al Estado, sino al conjunto de las relaciones de dominación diseminadas en el cuerpo social? ¿El historiador del encierro no es el que debería fundar un grupo de información militante sobre las prisiones? Ahora se imponía una imagen: la del filósofo en la calle, armado del altavoz que hace del conocimiento de la opresión el medio de llevar la lucha contra la opresión.

Pero ni las brechas se reducen ni los contratiempos se transforman en feliz coincidencia. El saber sobre el sistema disciplinario no otorga su conciencia a la revuelta. Simplemente se ocupa de rediseñar el territorio sobre el cual la red de razones de uno puede encontrar la del otro. Ese encuentro supone esta brecha, que sólo ocupa, sin colmarlo, un sentimiento “subjetivo”: “La situación en las prisiones es intolerable”, dice Foucault. Este uso del verbo ser es irreductible para quienes la ciencia es la que discierne las positividades y atribuye las propiedades. Lo que nos enseña la historia materialista de las condiciones de nuestro pensamiento y de nuestra acción no es ni la necesidad del orden de las cosas, ni la libertad de los sujetos. Es el intervalo entre los dos, intervalo que solamente llenan los sentimientos como “lo intolerable”, que no traducen ninguna necesidad e indican una libertad que es la simple capacidad de actuar y no el dominio de sí mismo. Entre el conocimiento y la acción, la filosofía no funda ninguna deducción. Sólo abre un intervalo donde nos es permitido hacer vacilar los puntos de referencia y las certezas sobre las que se sostienen las dominaciones.

En lugar de la imagen fijada yo prefiero mi primer encuentro con el “filósofo en la calle”. Fue en junio de 1968. Si vamos a creerles a los biógrafos serios que él tantas veces ha desmentido, en ese momento estaba lejos de París y de sus agitaciones. El estaba allí esa mañana, de vacaciones, es cierto, ¿pero quién no lo estaba entonces? De incógnito y sin altavoz, pero con un impermeable. Nada que ver con la meteorología, solamente por los chorros de agua con los que los huelguistas de Citroën, que él venía a reforzar, recibían a los “autónomos” que querían atravesar el piquete. Estaba allí, sin necesidad, no para aportar a la lucha el conocimiento del sabio y la voz del filósofo sino para recorrer, a la inversa, el territorio de las solidaridades enigmáticas donde el pensamiento encuentra sus objetos y sus labores. Lejos de todas las racionalizaciones retrospectivas, es este enigma el que vale la pena profundizar.

*Filósofo e historiador. Texto publicado en Libération, junio 2004

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