turismo

Martes, 28 de diciembre de 2004

PARAPENTES - VUELOS BONAERENSES

Cómo flotar por los aires

En el partido de Escobar, a 50 kilómetros del centro de Buenos Aires, una escuela de parapentes ofrece vuelos de bautismo en vehículos biplaza. Con la segura compañía del instructor, lo único que hay que hacer es disfrutar del paisaje y darse el gusto de imitar, por un rato, el arte de los pájaros.

Por J. V.

Mal que nos pese, no venimos al mundo equipados con un par de alas. Ya desde la época del gran Leonardo Da Vinci el hombre está buscando maneras de volar. Pero después de tanta disección de aves y accidentes fatales, en las últimas décadas el parapente se ha consolidado como la técnica más segura de vuelo sin motor.
Aunque todavía son pocos en el país los valientes que se atreven a desafiar la gravedad por sus propios medios, vale la pena hacer la experiencia por el placer que produce flotar suavemente por los aires. Quienes deseen hacer un vuelo de bautismo para probar de qué se trata el asunto simplemente tienen que acercarse hasta el partido de Escobar, a 50 kilómetros del centro de Buenos Aires. En el kilómetro 57,5 de la ruta Panamericana está ubicada desde hace una década la escuela de parapente Eclipse, cuyas instalaciones son simplemente un gran campo abierto y un infinito cielo azul. Un promedio de cincuenta personas se acerca a este campo de vuelo por fin de semana.

Al cielo
El parapentismo es un deporte que por lo general se practica en zonas de montaña, porque así se facilita el despegue. Como en la provincia de Buenos Aires no hay cerros suficientemente altos, se utiliza un “torno fijo”, que es una suerte de polea o malacate con una larga soga que se ata al parapente. Un motor de auto la recoge con mucha fuerza, remontando así al parapente en dirección opuesta al viento. Dadas las circunstancias, el despegue resulta un poco aparatoso. Hay que oponerle resistencia a la soga con el cuerpo hacia atrás hasta que nos venza la fuerza y luego salir corriendo hacia delante con el instructor pisándonos los talones. Pero diez zancadas son suficientes para que la vela se infle y nos eleve de un tirón como si pesáramos menos que una pluma. Ya estamos volando, pero seguimos corriendo en el aire como los niños cuando los alzan en contra de su voluntad. Se sube rápidamente y a los pocos instantes estamos flotando en el aire, con los pies ahora meciéndose suavemente a 150 metros de altura.
El siguiente paso es soltar el gancho que nos ata a la soga y así independizarnos para volar por nuestros propios medios. Al principio el instructor pasea por todos esos vericuetos invisibles que pueblan el vacío (térmicas, dinámicas y vientos Zonda). No se puede negar que la experiencia despierta cierto temor, sobre todo si pensamos que nuestras vidas penden de unos hilos muy finos (pero resistentes). La tensión cede cuando descubrimos que el vuelo es muy distendido y a poca velocidad. La sensación no es tanto la de volar como un pájaro sino la de estar flotando liberados de la fuerza de gravedad. El instructor hace avanzar el parapente, que comienza a dar largas vueltas en “U” sobre los campos de Escobar. A lo lejos se ve el río Luján y en día de vuelo alto se alcanza a divisar el puente Zárate-Brazo Largo. Algunas personas suben a volar con un largavista, otros con la cámara de fotos y los más modernos llevan su teléfono celular con filmadora.
Un viento Zonda sirve para ganar altura mientras conversamos tranquilamente con el instructor, indiferentes al descomunal precipicio de 350 metros que tenemos debajo. En un día de suerte –con buen viento–, se puede llegar hasta los 400 e incluso 600 metros de altura. Y el vuelo puede durar entre 10 minutos o una hora, siempre al arbitrio de las condiciones climáticas (conviene llamar por teléfono de antemano a la escuela de parapentes para informarse). Cuando todo ha terminado y pisamos otra vez el suelo, nos invade un extraño éxtasis: la sensación de haber estado, por unos instantes, colgados del cielo.

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Un vuelo de bautismo con la segura compañía del diestro instructor.
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