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Exploradores del abismo

 Por Patricio Pron

El cuento por su autor

Cicatrices

Aproximadamente entre 2005 y 2008 tuve con una mujer una de esas relaciones difíciles que te llevan a pensar, por comparación, que la de Arthur Rimbaud y Paul Verlaine fue una relación plácida entre dos personas ecuánimes y, si acaso, un poco irritables. Van aquí algunos detalles pueriles del último año que pasé con ella: vivíamos en la calle Rodríguez San Pedro de Madrid, en un piso horroroso con demasiados muebles. Mi mujer se había convertido en empleada pública y yo tenía la impresión de que allí había una gran novela de terror pendiente, probablemente la única novela de terror española que valía la pena leer: la de la transformación de una persona relativamente normal, en una empleada del Estado. Casi el argumento de una película de zombis, aunque zombis españoles y funcionarios del Ministerio de Cultura (lo que sólo puede dar más miedo al espectador sensato). Escribí “Exploradores del abismo” aproximadamente en ese último año, en ese piso en el que (cada vez que yo salía a dar un paseo, sosteniendo en la mano la cuerda imaginaria de un perro inexistente) aparecía un mueble nuevo, dispuesto generalmente en algún lugar donde yo hubiera tenido el hábito de sentarme o de trabajar anteriormente y donde ya no podría volver a sentarme o a trabajar. Una vez, cuando era niño, me habían regalado un juego en el que debía desatascar un bloque rojo rodeado de otros bloques y conducirlo hacia la salida del tablero; creo que nunca lo había conseguido, y el juego había acabado en la basura, pero lo que importaba en ese momento era que yo estaba en una situación similar y no podía sino escribir sobre ello, de una manera o de otra. Así que escribí este cuento y nunca se lo mostré a aquella mujer. Cuando acabó nuestra relación lo hizo como suelen terminar las de su tipo: con gritos, pasillos de urgencias, cicatrices, los amigos optando por un bando u otro, una persona destrozada y otra persona destrozada pero íntimamente aliviada y a salvo y las ambulancias aullando por toda la ciudad. A veces la realidad se parece a uno de esos pescados monstruosos que comemos allí donde yo crecí y ofrece un puñado de hechos y de informaciones que son como el espinazo que los escritores cubrimos de carne y de escamas: la mujer había tenido un novio llamado Alexander y tenía una cicatriz como la descrita en el cuento. Nunca quiso contarme qué la había provocado, y “Exploradores del abismo” (uno de los cuentos que forman parte de El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan) es un intento de responder a esa pregunta que nunca halló respuesta.

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