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Laurel y Hardy x OSVALDO SORIANO

 Por Osvaldo Soriano

Para reconstruir la historia de Laurel y Hardy hay que contar un tiempo de miseria, ansiedad, fulgor, decadencia y olvido. Es necesario sentir vergüenza y rencor, soslayar la tentación de la pena –ese sentimiento infame–, para recordar las frustraciones de dos hombres vulgares pero estupendos.

Hace cuarenta y cinco años, en un modesto estudio de Hollywood, el productor Hal Roach integró la pareja que revolucionaría la técnica de la comicidad.

Stan Laurel estaba buscando una oportunidad para dirigir una película y Roach se la otorgó. El actor principal sería un obeso comediante de segundo orden, un payaso al que no se concedía demasiado crédito.

En un momento de la filmación, Oliver Hardy, que personificaba a un repostero, cometió una de sus torpezas habituales y se volcó una olla con aceite hirviendo sobre un brazo. Stan corrió en su ayuda: juntos armaron un alboroto que fascinó a Roach. Enseguida supo que estaba ante el comienzo de un gran negocio.

En enero de 1892 nacieron dos de los protagonistas de esta historia. El 18, en Atlanta, Georgia, Oliver Norvelle Hardy, hijo de un prominente político local. Cuatro días antes, en Elmira, Nueva York, había nacido Hal Eugene Roach. Se encontraron muchos años después pero al parecer tenían demasiadas cosas en común. Charley Rogers, un director que trabajó con ellos en varias películas, dijo: “Babe (Hardy) y Hal eran enteramente semejantes. Stan, en cambio, no se les parecía en nada, pero entre los tres formaban una curiosa amalgama que era como una moneda de oro puro”.

Hardy se recibió de abogado y puso una fiambrería con el dinero que su padre le dio para el bufete. Intolerante, el político lo echó de la casa y Ollie pensó entonces que podía vagar de ciudad en ciudad cantando en cualquier parte. Tenía voz de tenor y quería ser comediante, jugador de fútbol, cantor, golfista, algo que le permitiera vivir en plenitud lejos de la severa mirada de su padre.

En 1913 consiguió un puesto en el cine, más por causa de su físico que por sus cualidades. Parecía un bebé malcriado: su cara era sonrosada, su mirada huidiza, su barriga descomunal. Trabajó en los estudios de Lubin, uno de los fundadores del cine norteamericano, en Florida, pero pronto se cansó de los compromisos y decidió viajar. Se sabe que estuvo en Australia, pero ninguno de los historiadores del cine podría asegurar qué hizo por allí.

Tampoco se sabe a ciencia cierta qué buscaba en Buenos Aires, hacia 1914, cuando trabajó unos meses en el Pabellón de las Rosas, en Palermo, junto a Juan Maglio, Pacho, el bandoneonista. Cuando un argentino se lo preguntó, mucho tiempo después, Hardy bromeó: “Yo pesaba más de trescientas libras y como el tranvía me dejaba a ocho cuadras del lugar no me sentí capaz de continuar trabajando allí”.

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