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EDITORIAL

Ensillar hasta que aclare

PLa gestión del presidente Néstor Kirchner se ha caracterizado hasta el momento por una doble estrategia. Por un lado, la continuidad de una política económica que lejos está del shock distributivo keynesiano, basándose en los equilibrios fiscales, el mantenimiento del tipo de cambio competitivo y la renegociación de la deuda externa con los acreedores privados entre el 60 por ciento y el 70 por ciento del capital. Por el otro lado, ha disparado una serie de avances institucionales en el terreno de la Justicia, en el rol de las Fuerzas Armadas y, recientemente, en la gestión de la política energética.

En lo económico, la estrategia parece hasta el momento exitosa. Se ha avanzado en la recuperación del Producto Bruto Interno, alcanzándose un segundo año con crecimiento del mismo superior al siete por ciento, aumento de la inversión y una inflación menor a la pronosticada por el mismo gobierno. El estilo K queda cada día más claro: marchar por el estrecho desfiladero entre la ruptura con el poder económico y el cumplimiento de la postergada deuda social. A fin de evitar rupturas con las finanzas internacionales, aprovecha las divergencias de intereses entre los distintos tipos de acreedores estableciendo como postura inamovible el criterio de la ventanilla única: sólo hay un 3,7 por ciento del PBI para pagar, arréglense como puedan.

Frente a los factores de poder interno, la estrategia parece ser aún “desensillemos hasta que aclare”. Una política de tipo de cambio alto sin un aumento de salarios y de planes sociales que repare la deuda social descarga todo el peso de la esperable apreciación real de la moneda en la población empobrecida. Seguramente el alza de precios internos puede frenarse mediante retenciones a las exportaciones de combustibles y de los granos. Pero lejos está de modificar la especialización agroexportadora y la configuración de poder económico correspondiente. Seguramente, esto permitirá recuperar la inversión. Un reducido conjunto de empresas trasnacionales y grandes grupos económicos aumentan su capacidad productiva favorecidos por los precios internacionales de commodities y por la difusión de nuevas tecnologías agrícolas. El grueso del crecimiento no obstante sigue explicándose por la recuperación del consumo de automóviles y de la vivienda suntuaria en el marco de una regresiva distribución del ingreso. Mientras, la sustitución de importaciones encuentra los límites de una leve apreciación real de la moneda, de la destrucción de las capacidades de la mano de obra destruida después de 20 años de apertura comercial y fundamentalmente del postergado pago de la deuda social.

El problema es que dicha deuda social no puede pagarse sin la reconstitución de la institucionalidad a la altura de un proyecto nacional. Es allí que la segunda parte de la estrategia gubernamental es crucial. Es por ello que la reaparición de conceptos tales como el salario mínimo, la autonomía de la Corte Suprema de Justicia que falló a favor de los trabajadores por los juicios por accidentes laborales, la creación de una Empresa Nacional de Energía, la estatización del plan de radarización son datos no menores. Estos cambios generalmente son leídos como aspectos secundarios frente a los enormes desafíos que enfrenta la Argentina después del colapso de la convertibilidad y de todo el entramado institucional en la cual se apoyaba. Seguramente será en la construcción de nuevas instituciones sociales, que permitan la distribución del excedente, la subordinación del poder económico, la inserción activa en el comercio internacional, y el control de las rentas naturales que comenzará a ensillarse con claridad el Proyecto Nacional. En esto no podemos esperar, se juega la suerte de millones de argentinos arrojados la miseria, hay que ensillar y marchar hacia el amanecer de una nueva Argentina.

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