|
<< volver
Una estructura productiva deformada por la deuda
Por Francisco José Pestanha *
La estructura productiva de la Argentina no es tan estrecha por condiciones
naturales adversas, sino porque muchas ramas productivas capaces de obtener
una rentabilidad razonable pierden su pulseada con especulación.
En la Argentina, la deuda es un problema endémico. Desde aquel
empréstito Baring de 1824, son contados los momentos en los que
el país no estuvo empeñado hasta el tuétano. Curiosamente,
los créditos siempre llegaron en cuentagotas, generalmente cuando
una fase depresiva reducía la inversión en los países
desarrollados y fondos ociosos buscaban alternativas otrora infrecuentes.
Habitualmente, se trata de fondos especulativos, prestos a correr riesgos
extraordinarios a cambio de una paga extra por tasas de interés
altísimas o primas de emisión (es decir, pagando por los
títulos un valor inferior al nominal).
Por eso, su efecto de largo plazo suele ser muy pernicioso. Las altas
tasas de interés originan un drenaje de recursos por el que se
esfuma el esfuerzo de los habitantes del país. Pero ese es, probablemente,
uno de los problemas menores. Las condiciones macroeconómicas que
se generan o, mejor dicho, se deforman con el endeudamiento
masivo son los principales trastornos a largo plazo, que convierten a
la deuda en una carga insoportable.
Doble límite a la inversión
Las características del endeudamiento argentino condiciona
de dos maneras la inversión productiva. Por un lado, los altos
intereses absorben una parte importante del excedente, que, en lugar de
destinarse a ampliar la capacidad de las industrias y a generar empleo,
se vuelcan a la especulación financiera. Mientras la producción
genera riquezas, la especulación no lo hace, de manera que esa
distracción de recursos disminuye la riqueza disponible y la concentra
en manos de unos pocos financistas.
Por otro lado, esas mismas condiciones reducen considerablemente la diversificación
de la economía nacional. Como la deuda otorga a los acreedores
una renta extraordinaria, al competir por recursos limitados sólo
resultan viables las actividades productivas que generen ganancias por
lo menos tan altas como los bonos. La estructura productiva de la Argentina
no es tan estrecha por condiciones naturales adversas, sino porque muchas
ramas productivas capaces de obtener una rentabilidad razonable pierden
su pulseada con especulación. Si, además, se toma en cuenta
que los procesos de endeudamiento siempre fueron acompañados de
una apertura comercial y, casi siempre, de una revaluación cambiaria,
el panorama se torna más sombrío aún.
Un sistema que se autoperpetúa
A largo plazo, los efectos negativos se amplifican y se agravan de
manera sostenida. La deuda implica una transferencia de recursos y una
distribución regresiva del ingreso. Por eso, comprime el mercado
interno, dificultando la consolidación de una demanda adecuada.
A medida que el proceso avanza, el torniquete de la demanda impide vender
todo lo que se produce o producir todo lo que se puede, motivando una
creciente ineficiencia. Más actividades son expulsadas del sistema,
con el consiguiente aumento del desempleo.
El pago de la deuda obliga a utilizar las divisas de las exportaciones,
comprando dólares en el mercado abierto y expandiendo la masa monetaria.
El enfoque ortodoxo que suele primar en el Banco Central considera que
así se generara inflación, a menos que se tomen las medidas
adecuadas, elevando la tasa de interés para inducir a quienes tienen
dinero a comprar títulos de deuda y esterilizar el excedente de
moneda. Se dispara así un perverso juego de incremento de tasas
y deuda que termina siempre en una crisis financiera. Quien vuelve a pagar
el pato es la producción y el empleo, por las razones ya vistas.
Pero cuanto menos riqueza se genera, más difícil resulta
pagar las deudas. De modo que si el endeudamiento impone a la producción
un chaleco defuerza, el modelo se torna insustentable. Por eso, el default
actual no fue el primero, sino uno más en una larga cadena que,
nos remonta a los años 1820, reaparece 50 años mas tarde
y vuelve a ocurrir en 1890. También a comienzo de la Primera Guerra
Mundial y con la crisis de 1930, el problema de la deuda genera trastornos
severos. Mas cerca en el tiempo, en 1982 y en 1989 la cesación
de pagos se tornó inevitable.
Romper el cepo
Hay una manera de salir del circulo vicioso. Se trata de subordinar
la lógica de la especulación financiera a la de la producción
y la distribución. Las crisis suelen abrir la posibilidad de transformar
los basamentos mismos de los sistemas. La reestructuración de la
deuda en ciernes debe permitir el surgimiento de un mercado financiero
que estimule y no bloquee la expansión del aparato productivo,
orientando el crédito hacia la creación de riqueza y trabajo,
evitando la aparición de voraces agujeros negros que devoran con
fruición las riquezas de la sociedad. Es preciso, además,
una política monetaria que se oriente en el mismo sentido, y no
en un control radical y caricaturesco de la cantidad de dinero. Complementariamente,
se deben implementar políticas activas que apunten a diseñar
un nuevo perfil productivo acorde a las posibilidades de un país
en serio. En ese marco y sólo allí esta reestructuración
de la deuda será la última. De lo contrario, en una década
deberemos comenzar otra vez, pero ya no desde el cuarto, sino desde el
quinto subsuelo.
subir
|