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<< volver Primero la deuda internaResultan una impostura las declaraciones de los acreedores fingiendo que quieren ayudar a las economías del Sur, muchas de ellas ni siquiera emergentes, y a la democratización. CPorque ésa sí es legítima. Más allá de tecnicismos, de cálculos, especulaciones y datos de consultoras nacionales e internacionales que determinan cuál es el riesgo de nuestros países y aun sabiendo que nada subyuga más al usurero que la renovación a perpetuidad de la deuda. Más que de números se trata de una cuestión ética y moral y sobre todo de resolución política. La vida siempre es más importante que los negocios. Hay que atender en estos momentos al hambre de la gente, la marginalidad y la desnutrición de miles de niñas y niños argentinos. Porque el futuro lo hacemos acá y con nuestra gente. Es lo mismo que en toda la región latinoamericana, en la que la usura internacional derramó créditos que sabían no podrían ser devueltos y condicionaron a los pueblos a los que ahora se les dice que están hipotecados de por vida y por generaciones y que deben honrar una deuda inmoral. Hace poco, Axel Van Trotsenburg, un funcionario del Banco Mundial que se llegó hasta Ushuaia, reconoció que mientras en otros países el 70 por ciento de los préstamos eran para la infraestructura y el 30 por ciento para financiar ajustes, en la Argentina era totalmente a la inversa, graficando que ocho de cada diez dólares eran para financiar programas de ajuste y los dos dólares restantes iban apenas a programas de inversión. Con la cruz a cuesta de una presión internacional hipócrita y deshumanizante, es lógico que se apoye más el rechazo que la aceptación de una deuda espuria, ilegal e ilegítima que es uno de los mayores riesgos que interpelan la democracia, aún esta, la formal. Al poner en marcha el Plan Nacer Argentina, el presidente Néstor Kirchner, dijo que el objetivo es terminar con las cifras de mortalidad infantil que son verdaderamente dolorosas, como que las cifras oficiales dan cuenta de 16,5 muertes por cada mil niños nacidos vivos y una tasa del 23,2 por mil en el Nordeste argentino. Cómo explicarle a esas madres que los bonistas exigen, que el FMI quiere más ajuste para aumentar el superávit fiscal primario (?), que los países ricos le demandan al Gobierno negociar de buena fe. Con qué buena fe se reclama lo que fue pagado con creces. Millones de latinoamericanos están sumidos en la indigencia, porque como señala el cardenal hondureño Oscar Rodríguez, en los 80 las dificultades para la vigencia de los derechos humanos las ponían las armas, pero hoy son el dinero y el mercado y tanto el FMI como el Banco Mundial son los responsables de que los ciudadanos no tengan acceso a la educación y a la salud. No es para menos, en Honduras, el 63,5 por ciento de los hogares está en condiciones de miseria extrema y la FAO calcula que cada día mueren por hambre o causas relacionadas, no menos de 15 personas pueden llegar a 30 revelando la hambruna a la que arrojaron los programas de ajuste en Centroamérica. En Brasil país al que el FMI le exige más del cuatro por ciento de superávit fiscal primario, el Centro de Políticas Sociales de la Fundación Getulio Vargas, reveló que la miseria alcanza a 50 millones de habitantes, casi un tercio de los brasileños, quienes tampoco entienden por qué pagar lo que nunca les mejoró su calidad de vida. Vivimos en una región en la que el desempleo promedia el 11 por ciento, mientras que hace 20 años era del cinco por ciento, con un salario real que se mantiene inalterable al de los años 80 en algunos casos inferior en su capacidad adquisitiva y un empleo informal del 46 por ciento. También hay 40 millones de hambrientos en México, que se muestra como el país pionero en esto de acceder a un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y como para recortar apenas algunos ejemplos, el 29 por ciento de los nicaragüenses padecen de desnutrición. En la OIT señalan que pasaron 20 años y no hemos avanzado nada; no somos menos pobres, ni más equitativos, ni más justos. En todos estos países y en muchos otros en América latina hay secuelas trágicas de la aplicación sin atenuantes del modelo neoliberal y de haberse hipotecado de por vida el trabajo y el esfuerzo de los pueblos, por lo que encima se apunta a la exacción compulsiva. En Caracas las organizaciones de Pastoral Social de toda la región, concluyeron en que la pobreza, la exclusión social y la corrupción que ha permeado a las democracias de la región son los principales riesgos que afectan la vigencia de las garantías fundamentales en América, con lo que resultan una impostura las declaraciones de los acreedores fingiendo que quieren ayudar a las economías del Sur, muchas de ellas ni siquiera emergentes y a la democratización. Ya se ha demostrado hasta el hartazgo que la mayor parte de la deuda externa fue contraída con fraude y falsedad instrumental, además del aumento unilateral de las tasas de interés por el Federal Reserve Bank en la década del 80 y las sucesivas renegociaciones de esta deuda ilegítima, con el perjuicio que ello conlleva. Acreedores y deudores saben a ciencia cierta que ha habido en estos años una transferencia de recursos equivalente a más de seis veces la deuda original y se sigue debiendo. Hace tres años, en la Cumbre de la Deuda Social y la Integración Latinoamericana, el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, señalaba que la deuda social y la integración latinoamericana son dos temas que están fuertemente interrelacionados y conforman una sola unidad temática, porque la deuda social es un problema histórico, y proponía impulsar un referéndum en toda América latina, para que hablen los pueblos alguna vez en 500 años, que se pronuncien, porque no podemos tenerle miedo a nuestros pueblos si estamos hablando de democracia. Y en rigor de verdad cuando los gobernantes le temen a los de afuera más que al escarmiento de quienes dicen representar, entonces cambiaron de patrón. Olvidaron que no se puede estar bien con Dios y con el Diablo y es a los pueblos a los que se les tuerce el brazo desde las modernas formas imperiales. El Estado debe encarnar la voluntad popular. Siempre. |