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Un mal acuerdo llevaría a repetir la historia

Los gobiernos de Latinoamérica no pueden quedarse cruzados de brazos esperando la buena voluntad –escasa, tardía y ocasional– de los poderosos.

El endeudamiento argentino tiene una larga historia y aunque hubo antecedentes, suele tomarse al empréstito Baring como piedra angular de un proceso en el que se manifiesta, quizás con mayor claridad que en ningún otro, la gradual pérdida de soberanía económica del país. En un breve recuento es posible recordar que en 1824, con la venia de Bernardino Rivadavia, Buenos Aires contrajo un empréstito de 1.000.000 de libras esterlinas con la banca Baring Brothers de Inglaterra. Por estos recursos, la región se comprometió a pagar una tasa de interés del seis por ciento anual.
Luego de unos años de expansión, motivos que serían una constante, la historia del endeudamiento argentino llevaron a una crisis de pago y a que una de las principales financieras de toda Europa quedara al borde de la quiebra. Los fondos conseguidos estuvieron en gran medida relacionados con hechos de corrupción, en particular al sistema bancario y a la rústica emisión de moneda de la época, que facilitaba la especulación.
La crisis de 1890 también tuvo su epicentro en el endeudamiento excesivo. Como en la actualidad, las negociaciones con los acreedores fueron arduas y duraderas. En aquel entonces, el representante de los “bonistas” era el Barón Rothschild. La fragilidad del acuerdo, y las altas exigencias planteadas para la Argentina llevaron a nuevas negociaciones (hasta el denominado “Arreglo Romero”) y los servicios de la deuda recién volvieron a pagarse en forma normal a partir de 1897.

Las lecciones
No es necesario remontarse tan atrás en la historia argentina para encontrar lecciones interesantes. Basta recordar el ingreso al Plan Brady, en abril de 1992, y una reestructuración de pasivos que tuvo el visto bueno del Tesoro de Estados Unidos. Aquí el compromiso implicaba que el Estado argentino pagara los intereses con puntualidad. Se reestructuraron a la par 30.000 millones de dólares en títulos que cotizaban a un valor muy por debajo del nominal. Menos de 10 años después, en 2001, estos mismos títulos reestructurados entraron nuevamente en cesación de pagos.
Las razones del fracaso de los acuerdos de la deuda siempre fueron similares. La voracidad de los acreedores y la reticencia a aceptar pérdidas, la intención del Gobierno de turno de congraciarse con el poder financiero, y la sobreestimación de la capacidad productiva del país, ya que todas las refinanciaciones se realizaron en la parte ascendente del ciclo, luego de la crisis.
Es justamente en la recuperación que los ingresos fiscales dan margen para mostrar capacidad de repago. Pero en la crisis actual, como en ninguna otra, los ingresos fiscales mostraron signos inéditos de recuperación. Paradójicamente, mientras los índices de pobreza e indigencia baten marcas históricas, el superávit fiscal en términos del Producto Bruto Interno (PIB) superará este año las previsiones más optimistas. Es éste superávit transitorio, sustentado sobre una estructura de precios y salarios aún en ajuste, el que abre las puertas de la tentación para pensar que es posible pagar más de lo que en realidad se puede.

Ilegitimidad
De la última crisis de la deuda, la Argentina aprendió lecciones que le serán difícil de olvidar. Una de ellas es, claramente, el perjuicio que provocó en el sistema económico la atadura a un tipo de cambio fijo. Fue en estos períodos –1978-1982 y 1991-2001– en los que la deuda externa creció de forma exponencial incentivada por un dólar barato. En esos mismos períodos, en los que pocos especuladores se beneficiaron a costa de todos, también aumentó la desigualdad en la distribución del ingreso. Por éste y otros motivos, buena parte del actual endeudamiento es ilegítimo,tal como lo demuestra cualquier estudio serio sobre la dependencia financiera de la Argentina.
En los últimos tiempos, parecería haberse formado un consenso internacional sobre esta ilegitimidad, consenso que incluye sectores de los más diversos, desde gobiernos y militantes independientes hasta entidades religiosas. Este consenso condujo incluso a la condonación de deudas, hecho que en otro momento histórico hubiera resultado impensado.
Será difícil encontrar en la historia de Inglaterra ejemplos relevantes de solidaridad desinteresada hacia países del Tercer Mundo. Más bien sobran muestras de piratería, dominación e imperialismo militar. Sin embargo, este país miembro del poderoso Grupo de los Siete (G7) condonó en septiembre de este año el 10 por ciento de la deuda de 32 de las naciones más pobres del planeta, en la proporción que le corresponde a Gran Bretaña de su participación en el Banco Mundial. Desde ya la medida resulta escasa considerando la situación de los países pobres, pero marca un antecedente ya que además, el ministro de Economía y Finanzas británico, Gordon Brown, instó a los otros miembros del G7 a hacer lo mismo. Entre los países beneficiados por el anuncio se contarían Bolivia, Guyana, Nicaragua, Afganistán, Camboya y Tonga.
Más allá de estas nuevas tendencias, los gobiernos de Latinoamérica no pueden quedarse cruzados de brazos esperando la buena voluntad –escasa, tardía y ocasional– de los poderosos. De allí la necesidad de tomar medidas activas con el objeto de reducir la carga de la deuda. Como viene proponiendo el Plan Fénix, una presentación en la Corte Internacional de La Haya, para que se expida sobre la legitimidad de la deuda externa y de las condiciones originarias de contratación, sería un avance.
De todas formas, debe quedar en claro que un acuerdo exigente que vuelva a poner a la Argentina al borde de sus posibilidades de pago no haría más que retrasar el desarrollo del país, dejando siempre latente el peligro de comprometer a las generaciones futuras y de que en pocos años sea necesaria una nueva reestructuración de la deuda. El actual canje representa una oportunidad para alivianar el horizonte financiero intertemporal y poder direccionar las fuerzas productivas hacia un definitivo despegue económico, la creación de empleos y la resolución de los problemas de pobreza estructural que padecemos.

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