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Cultura Digital|Martes, 30 de agosto de 2011
Samsung Galaxy, retenida en Europa por la guerra de derechos

Apple y Google chocan y se toman la patente

En esta guerra por las ideas tecnológicas, tanto de software como de hardware, las grandes corporaciones concentran derechos sobre la invención humana. Para Samsung, el iPad lo inventó Stanley Kubrick.

Por Mariano Blejman
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La salida de Steve Jobs de Apple dejó a la empresa más valiosa del mundo en el medio de una guerra por las patentes tecnológicas: ¿quién es el dueño de las ideas? O, aún más, ¿cuál es el límite de lo posible a la hora de patentar una idea? Centrémonos en el software: siendo un producto generalmente utilitario, ¿hasta qué punto las patentes no se han convertido en una especie de delirio monopólico de las corporaciones que manejan el mercado global, y no están afectando al trabajo colaborativo? Microsoft primero y Apple después han puesto a la defensa de las patentes en el centro de atención de la economía mundial. Pero no son los únicos.

Como se viene informando, en estos últimos días, Samsung ha tenido que detener la distribución de sus tabletas Galaxy con Android en algunos países debido a un requerimiento de Apple: “El iPad es un invento nuestro –decía el egomaníaco Jobs– y aquel que quiera desarrollarnos, deberá pagarnos y nosotros pondremos nuestras condiciones”. La discusión tomó ribetes tan absurdos que Samsung presentó como argumento de defensa ante la Comunidad Europea que Apple no había inventado el iPad sino que había sido Stanley Kubrick en la película 2001: Odisea en el espacio, de 1968, donde efectivamente se ve a dos operarios desayunando con algo muy parecido al iPad en una mesa interestelar. El argumento de Samsung pone el eje en un aspecto central de la sociedad contemporánea: la invención colaborativa y abierta contra la invención corporativa y monopolizante.

En primera instancia, podría decirse a favor de las patentes que se suponen un resguardo para aquellos que quieren salvaguardar una buena idea de que ésta sea copiada y ejecutada por otras corporaciones. Ese podría ser un buen argumento para defenderlas, el problema es que en la práctica lo que sucede es diametralmente opuesto: en el mundo del software libre, hay un consenso extendido de que el sistema de patentes sólo beneficia a corporaciones plagadas de abogados que hacen del cobro de multas por patentes una parte sustancial de sus ingresos. Algunos estudios calculan que hay cerca de 250 mil patentes en la telefonía móvil, y cada vez pertenecen a menos empresas.

Hace un año, Jon “Maddog” Hall, director ejecutivo de la Fundación Linux, le decía a este diario en Buenos Aires que existían en el mundo del software unas 60 mil patentes, que era imposible para los programadores saber quién disponía de ellas, y que el sistema de patentes había derivado en un gran absurdo: “Es como si Miguel Angel pinta la Capilla Sixtina, año tras año, y viene Leonardo Da Vinci y dice ‘es una gran obra maestra, pero tiene que empezarla de nuevo porque ayer patenté esta pincelada’. Y Miguel Angel tiene que empezar de nuevo porque no tiene plata para pagar a los abogados”. Para Hall, “el arte, la música, los libros, la matemática y el software no deberían ser patentados”. Hall proponía que en vez de pagar cientos de patentes y abogados, había que eliminarlos: “Eliminar las patentes sería un buen comienzo”, decía.

En esa misma línea, Linus Torvalds –el creador de Linux– le dijo hace poco a este cronista que “muchas patentes son totalmente ridículas, y que luchar contra ellas era complicado y costoso”. La buena noticia que dio Torvalds era que muchas compañías también odiaban las patentes y que había una esperanza de que el sistema cambiara. Torvalds se refería –sin decirlo– a Google, uno de los principales interesados en relajar el sistema de patentes. Google vive de la publicidad. Acaba de comprar Motorola Mobility por 12.500 millones de dólares en efectivo, en gran parte para hacerse de la cartera de unas 7 mil patentes que estaban en su poder para evitar demandas por parte de tribunales internacionales por pedido de Apple.

El problema es que el sistema de patentes privadas favorece a las grandes empresas, y la innovación sobre determinados avances tecnológicos queda definitivamente atada a estas empresas. Como se dijo, la ejecución de juicios por las ganancias por patentes es una parte central del negocio del software. Y lleva al ridículo si se lo mira hacia atrás en materia de invenciones utilitarias: ¿se puede patentar el papel para escribir?, ¿se puede patentar el recorrido que el agua hace en una fuente?, ¿se puede patentar un idioma?, ¿se puede patentar una costumbre? El modelo de patentes privadas en el mundo utilitario defiende finalmente a aquellas estructuras mejor preparadas para dedicarse a los litigios y daña los ambientes de colaboración.

Entrevistado también por este diario, Chris Anderson –editor de la revista de tecnología Wired– defendió esta idea de patentes de dominio público: “Yo no iría tan lejos como Hall. Sólo diría que no patentaría mis proyectos. Como los pongo en el dominio público, ya no pueden patentarlos. No estoy contra las patentes, sólo que no me parece un modelo justo. Las drogas, las farmacias, algunas industrias, sí deberían retener patentes. No soy un gran fan de las patentes de software, pero no iría tan lejos como para prohibirlas”, decía Anderson, quien además hace robots con licencias libres.

Pero, ¿qué pasaría si el registro de patentes fuera a través de un sistema colaborativo? Si cada patente de software quedara disponible para ser usada por cualquier persona o empresa, el sistema de acumulación de capital estaría en riesgo de cambiar como modelo. El modelo de licencias de copyright Creative Commons –que no es lo mismo que las patentes, pero tiene puntos de conexión– permite que cada obra quede licenciada libremente, se pueda usar, bajar y en algunos casos modificar. Un sistema de patentes “abiertas” permite no depender de una empresa o un fabricante para desarrollar una nueva invención. Si bien es cierto también que las grandes empresas podrían dar mejor soporte en un sistema abierto que las empresas chicas o sus inventores, esto no impediría a pequeñas empresas montarse sobre hombros de gigantes. El eje de la inversión en un sistema de patentes abiertas estaría puesto en el desarrollo y en la mano de obra antes que en un sistema de acumulación.

Google parece estar dispuesta a defender a los desarrolladores independientes para mantener a su ecosistema funcionando, pero el juego de las patentes está comenzando a cambiar: el increíble valor que Google pagó por Motorola Mobility tiene más que ver con su cartera de patentes que con el valor de la compañía. El caso de Kodak demuestra el modus operandi una vez más: mientras nadie hablaba de la empresa pionera en tecnología fotográfica, el sitio de Bloomberg salió a decir que Kodak era la nueva gran posible adquisición en puerta, aunque haya perdido mercado debido a su magra transición hacia el mundo digital. Lo apetecible de Kodak es su cartera de patentes en materia de fotografía, altamente valuable en el mundo de la tecnología binaria. En los últimos días, las acciones de Kodak subieron un 16 por ciento. Ah, por cierto: Kodak demanda por mil millones de dólares a Apple y a RIM (BlackBerry) por haber usado sus patentes fotográficas para la tecnología digital.

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