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Miércoles, 7 de noviembre de 2007
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MIGUEL ANGEL LOPEZ, EDITOR DE LA REVISTA ESPAÑOLA “ZERO”

“Logramos que los políticos empezaran a considerarnos”

El fundador del medio gay más importante de habla hispana revela cómo ayudó a conseguir una ley de matrimonio homosexual y por qué es importante hacer confesar su orientación a celebridades para liderar un cambio social.

Por Julián Gorodischer
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Miguel Angel López pudo fundar, en 1998, un medio dirigido a minorías pero de consumo masivo.

El escenario es monumental: se trata del recién inaugurado hotel Axel, del barrio de San Telmo, el primero en su tipo en Latinoamérica. Aquí, en una escenografía de lujo, distribuida como un gran teatro en la que parejas jóvenes de rubios y mulatos se pasean entre la pileta y el bar, se hospeda (invitado por este reciente fetiche del turismo de luxe) el mayor editor de publicaciones para gays en el mundo de habla hispana: su nombre es Miguel Angel López, fundador y director de la revista Zero, única en su tipo por cómo combina la intervención política con las imágenes para complacer el deseo masculino en sus portadas. La militancia continua en busca de la revelación de orientación sexual de militares, sacerdotes y deportistas junto con las entrevistas a dirigentes (como José Luis Rodríguez Zapatero) acerca de legislación en temas de familia y matrimonio homosexual le otorgaron un espacio todavía inédito en la Argentina: aquél en que las esferas se cruzan, y la publicación de minorías incide en lo público y lo mayoritario.

En el hotel, los clichés de los cuerpos perfectos se combinan con un hábitat extraído de las páginas de un wallpaper: la gente nada sobre el lobby en una pileta con fondo transparente; las duchas del solarium son cabinas transparentes en las que los nadadores posan antes de la zambullida. Por aquí deambula López, cómodo, acostumbrado a ingresar y a escapar de la burbuja. El fue capaz de convocar a sus páginas a anunciantes como El Corte Inglés o la destilería Absolut desde los primeros tiempos, en 1998. La conversación transcurre entre el tránsito de huéspedes inspirados en avisos de la GQ (más lookeados que los hombres desnudos que suelen poblar la española Zero, de una tirada de 50 mil ejemplares). Mientras dure, se tocarán temas de la historia reciente y lejana de la revista, de las publicaciones para minorías en general, sus lectores, anunciantes y prejuicios todavía vigentes.

–¿Cómo logró la revista Zero combinar el tratamiento de contenidos de militancia y concientización con los desnudos masculinos?

Miguel Angel López: –Cuando empezamos en España no había nada; largábamos de cero. Nos desligábamos de cualquier tipo de prejuicio, de atadura, y creábamos nuestra propia historia. Siempre ha sido así, y ni los inventores de la fórmula de equilibrio, los de la revista Out, lo consiguieron llevar a fondo. Nunca alcanzaron una situación en la que se estuviera cerca de conseguir algo en términos políticos: se dejaron llevar por los intereses comerciales, más allá del activismo. En España, aunque las circunstancias del mercado hayan presionado, se mantuvo lo otro. El lector es muy amplio: es comprometido, pero al principio no estaba tan de acuerdo con ese compromiso político. Hemos trabajado para que se pudiera hacer una revista con información política al mismo tiempo que manteníamos un contenido más tradicional para este tipo de publicaciones. Lo importante era que la clase política se diera cuenta de que contábamos, debía considerarnos en términos electorales. Y lo logramos.

–¿En qué había que diferenciarse de sus precursores, las revistas The Advocate y Out?

–Yo mamé mucho de la realidad de The Advocate y de Out, donde hay una tradición en usar un medio gay como herramienta para el activismo. Hemos intentado combinarlo con el entretenimiento. Lo gay, lo lésbico y lo transexual tienen tanta heterogeneidad como lo heterosexual. En muchas cosas había que diferenciarse, aunque ellos son los inventores de la salida del armario como concepto mediático. Generan una presión que hace que los políticos terminen considerando a una comunidad, más allá de las influencias católicas y de un moralismo bloqueante. Logramos tener al presidente de la Comunidad de Madrid, Alberto Gallardón, del Partido Popular (PP), asumiendo su condición de candidato que se postula como líder de centro, que busca determinados cambios como la alternancia no oficial, reconociendo en una entrevista que fue un error oponerse desde el PP al matrimonio gay.

–¿Los políticos de derecha activan a favor de temas gay cuando los toca en sus vidas privadas?

–Eso rige para todos, de izquierda y de derecha. Pero en España hay alcaldesas, gays y lesbianas, que están en el armario. Pero si en sus familias hay una realidad cercana, sí se interesan.

–¿Cuáles fueron los principales prejuicios y dificultades que Zero fue encontrando?

–La homofobia es transversal: es el miedo a reconocer la libertad sexual que está tan encastrada por siglos de programación católica: es la herencia que tenemos. También es grave la no unión: la supervivencia del gay y la lesbiana viene por una cuestión individual, destacándose en lo artístico, lo empresarial... El compromiso del activismo se dio en los últimos años, generando una conciencia de la necesidad de trabajar en equipo. Por intereses individualistas o personalistas tendemos a un lado u otro. Esa resistencia se fue superando, y en la historia de Zero se refleja bastante la conformación del trabajo en equipo. Había mucha homofobia en el mundo de la publicidad, y desde que la mujer tomó muchas decisiones en ese territorio todo ha sido más fácil. Ahora hay variedad de anunciantes: vendemos una construcción de lo gay en positivo, pese a la homofobia social; llegó a haber una imprenta que no nos dejaba sacar el primer número, o medios de comunicación conservadores. Sacamos tapas de salidas del closet de personas del ejército, la Iglesia, la guardia civil.

–¿Cómo fueron evolucionando los anunciantes?

–Hay muchas paradojas; uno de nuestros primeros anunciantes fue El Corte Inglés. Otros fueron JB, Absolut, algunos que parecía que no lo iban a hacer.

–¿Fueron tan proclives a participar como lo harían en GQ o Vanity Fair?

–Esas publicaciones apuntan a un porcentaje de población gay, siempre lo han tenido claro y lo blanquearon. Utilizan ciertos elementos de vanguardia, de riesgo que también está presente en un público hetero. Primero quisieron ganarse el favor de los gays para afianzar un lector masculino, e ir tirando para abrir la mente de un lector más clásico.

–Las tapas de Zero insisten en una primera persona muy marcada, que por lo general asume una revelación de orientación sexual proveniente de distintos sectores sociales, ¿por qué insisten con ese recurso?

–Es estratégico porque personaliza historias universales: el sacerdote es un ser humano, y es más fácil llegar al corazón y la conciencia a través de un protagonista. Que se retrataran tantos sectores diferentes fue el resultado de la propia población homosexual que venía a nosotros: desde el cineasta Alejandro Amenábar hasta el primer político de izquierda que salió en Zero, o una de las grandes fortunas de España. Las diferentes portadas políticas han tenido mucha repercusión, como también lo ha causado Zapatero diciendo: “Matrimonio sí, adopción ya veremos”. Y era candidato, ni siquiera favorito.

–¿Qué posición tiene Zero sobre las campañas agresivas de escrache a celebridades gays no asumidas públicamente, tan frecuente en los Estados Unidos?

–Nunca lo hemos hecho; nunca creímos en el outing; sería trabajar en negativo. Esta es una revista que pretende apoyar una causa personal o colectiva, pero no a través de la denuncia de gays en el armario, que iba a utilizarse contra nosotros. Es una cuestión de no dejarse llevar por la rabia de esa incongruencia de políticos muy importantes que llevan una vida privada hipócrita hasta que un día se cansan.

–¿Usted considera los desnudos que se ven en las páginas de Zero como una intervención política?

–Hemos sacado tres especiales, en los que salimos desnudos todas las personas de la redacción. Era una portada con un torso, y otra con el equipo de la redacción. El valor es el propio de la desnudez, el que no se nos vea como personas de una orientación sino como seres con derechos. No como modelos más o menos atractivos, sino como profesionales o lectores anónimos, que representan nuestro desquite con todo lo que va asociado a no sentirnos libres para mostrarnos. Muchos artículos en nuestros números hablaban de acceder a la libertad individual quitándonos los ropajes, también los ideológicos y los culturales.

–¿También pretende que se modifiquen valores dentro de la comunidad homosexual, el del cliché de los cuerpos de gimnasio, por ejemplo?

–En Zero hay de todo, aunque es verdad que algunos son cuerpos de deportistas. Pero cada señor no es un modelo, sino –por ejemplo– un deportista que representó a España en los gay games. En algunos momentos reiteramos muchos estereotipos, pero también hemos sacado a gente común y corriente... Cuando hablamos de la educación, del mundo rural, de los matrimonios con hijos, son todos personajes reales. Las presiones y las amenazas vienen después; cuando sacamos al teniente coronel ha habido un acoso dentro del ejército que fue brutal. Pero su transformación es lo mejor que les pudo suceder; y fueron ellos los que vinieron a vernos y nos lo proponían.

–¿Zero aportó algo al tratamiento de temas gays de parte de los medios tradicionales?

–Hubo muchos prejuicios, pero se empieza a tratar el tema con cierta dignidad. Hemos peleado contra un lenguaje lleno de clichés. Para que no se generaran las informaciones desde el formato de la provocación. Con los años esto ha ido evolucionando, y varios directores de medios son gays. Nosotros hemos ido empujándolos a ese tratamiento. Cuando salieron del closet el militar y el sacerdote fueron exclusivas que hemos tenido junto al diario El País. Cuando se inauguró el hotel Axel, por ejemplo, he notado la misma intención de retratar lo gay con objetividad, quizá dándole más importancia que la que un hotel gay realmente tiene, que es un negocio como otro cualquiera. Los vicios son pequeños, y es contra lo que trabajamos: para la normalidad. Espero que el interés no sea morbo sino sana curiosidad.

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