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Jueves, 15 de enero de 2015
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Verano caliente #1: Villa Gesell

Jóvenes en cuna de arena

Entre los médanos y las noctilucas, Gesell se propuso distinta y cobró su mística como playa germinal del piberío.

Por Juan Ignacio Provéndola
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Desde Villa Gesell

aCuando Carlos Gesell superó la última línea de médanos y quedó frente al mar, después de un viaje de diez horas en tren, auto, jeep y carreta, no imaginó playas repletas de gente sino de árboles. Las había comprado en 1930 con la intención de forestarlas y disponer de madera barata para hacer los muebles que comercializaba su empresa familiar en el microcentro porteño. Aunque sus anhelos no se cumplieron, tres décadas más tarde sucedió algo casi tan inverosímil como la disparatada idea de sembrar en la arena: entre golpes militares y climas sociales densos, Villa Gesell fue redescubierto como un insólito paraíso informal por la primera generación de jóvenes argentinos que se iba de vacaciones sin su familia.

El veraneo, históricamente limitado a los hoteles de lujo sobre la rambla marplatense, se había convertido en un fenómeno popular a partir del peronismo, y nuevos destinos comenzaron a aparecer sobre el Atlántico argentino. Desde San Bernardo hasta Costa del Este, ocho de las doce ciudades del Partido de la Costa se fundaron entre 1945 y 1966. Cariló empezó a urbanizarse en 1948, Santa Clara al poco tiempo y Valeria del Mar inauguró su primer edificio años después. Promediando la década del 60, una veintena de localidades balnearias se recostaban sobre el mar bonaerense ofreciendo lo único que tenían: arena y sol durante un puñadito de semanas.

Pero Villa Gesell se distinguió rápidamente. Jóvenes viajando a dedo o llegando en moto, decenas de carpas desplegadas sobre la playa, artesanos ofreciendo sus trabajos en galerías, los primeros grupos del rock argentino tocando en bares, boliches con pisos de arena, fogones hasta el amanecer y la descabellada osadía de caminar descalzo por la calle eran postales cotidianas de un lugar que construyó su propia mitología para diferenciarse del típico relato común de pueblo sobre el mar.

No hubo estrategias de marketing, publicidades en prime time ni promociones en Groupon. Conocerlo (en tiempos de rutas de tierra) implicaba primero descubrirlo. Era un secreto que corría de boca en boca. O, como rezaba un refrán de la época, “el balneario que se recomienda de amigo a amigo”.

Entonces fue el primer destino de muchos pibes que se largaron a veranear por su cuenta. Fue el primer beso con gusto a sal del mar, el primer baño en el agua por la noche y la primera revolcada sobre la arena. Fue amor, alegría y libertad. ¿Fue? Estatuas del Che Guevara (hizo escala en su recordado viaje en moto por Latinoamérica) y del Flaco Spinetta (grabó una película con el director geselino Fernando Spiner), una placa de madera que recuerda al Juan Sebastián Bar donde Moris y Los Beatniks compusieron las primeras canciones del rock local y la peatonal de la avenida 3 con su espíritu frenético, circense y delirante (mezcla de tarjeteros de boliches, artistas callejeros y vahos de superpanchos) son algunos de los rincones en donde la ciudad se esconde a recordar su pasado. Para lo demás, existen las playas atestadas de gente, las colas en los restaurantes y los happy hours con tragos de moda.

Todas las localidades balnearias padecieron las consecuencias del crecimiento descontrolado que tuvo el turismo en los últimos treinta años. Pueblos ocultos entre las sudestadas de invierno que, de golpe, debían cambiarse la ropa y asumir prestaciones metropolitanas para abastecer demandas de multitudinarios convoys de forasteros. El arsénico contaminante de la llamada “industria sin chimenea” se ve, por ejemplo, en la voracidad de un mar que condena tanto cemento levantado comiéndose año a año metros de playa, o en las precarias condiciones laborales que impone el desquicio de la temporada alta (N. del R.: en su edición del 6/2/2014, el NO habló sobre este tema: la Costa representa para muchos pibes no sólo sus primeras vacaciones, sino también su primer trabajo).

Pero no sólo de nativos, golondrinas y turistas se colman estos lugares. Cada temporada, las playas se llenan de jóvenes policías apurados para hacer sus primeras armas para reforzar el plantel local en estos dos meses furiosos. Hace unos días, uno mató a otro luego de que su revólver se disparara accidentalmente. Se habían hecho amigos en Chivilcoy, donde ambos acababan de graduarse como oficiales. Así debutó el Operativo Sol versión 2015. No fue la mejor propaganda para la política de mano dura que la provincia de Buenos Aires quiere exhibir en este año electoral.

Dos veranos atrás, Guillermo Saccomanno publicó Cámara Gesell, novela ambientada en un lugar que guarda muchas similitudes con la ciudad que habita hace veinte años, y que describe como un infierno dantesco en donde la condición humana se manifiesta a través de engaños, traiciones, violencia y muerte. En eso se convirtió aquel pueblo entrañable y mitológico, aunque el escritor sostiene que se trata de un lugar imaginario, como el Macondo de García Márquez o el Yoknapatawpha de Faulkner.

El final del libro transcurre mientras comienza la temporada, figurando el renacimiento de la esperanza tras un invierno duro. Y, tal como está sucediendo en este instante, la Villa vuelve a atraer a jóvenes deseosos de beber algo de aquella vieja mística. Aunque el mar ya no ofrezca la fosforescencia nocturna de las noctilucas ni las orillas amanezcan llenas de caracoles. Hoy, la principal preocupación parece ser la de poder enganchar señal con el celular desde la playa.

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