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Domingo, 24 de junio de 2007
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Personajes > Sergio Mihanovich, un clásico argentino

Jazz do it

Es uno de los compositores más importantes del jazz y es argentino. Bill Evans, Stan Getz, Art Farmer, June Christy, Michel Petrucciani y Tony Bennett son algunos de los que interpretaron sus temas. Acaba de publicar un disco en vivo, este año se reeditaron dos de sus álbumes históricos de la década de 1960 junto a músicos como el Gato Barbieri, y actúa todos los sábados de este mes y del próximo en Notorious. Sin embargo, para muchos sigue siendo sobre todo el tío de Sandra.

Por Diego Fischerman
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“La mujer de Bill Evans era un personaje. Usaba guantes negros hasta arriba de los codos; después descubrí que era para tapar los pinchazos de la droga. Me contó que tenían un gato que se
llamaba Harmony, que amaba la forma de tocar de Bill, pero huía despavorido si alguien ponía un disco de Oscar Peterson.”

El principio o, más bien, uno de los principios posibles, es en un sótano. Allí hay un piano vertical. Alemán. Arriba, en el primer piso, hay un Steinway de cola. En ése se toca música clásica y en el de abajo su padre y sus tías, más adelante reemplazadas por sus hermanos, ensayan y cantan canciones populares. Uno de los que estará en esa casa de la calle Montevideo será el pianista Friedrich Gulda, aquel por quien Martha Argerich se fue a estudiar a Viena. Y él también tocará música clásica en el piso de arriba y jazz en el sótano. A Sergio Mihanovich no le gustaba la música popular. O aún no sabía que le gustaba. Sus tías lo llevaban al Colón donde su abuelo, Carlos Berro Madero, había sido director artístico y había introducido la música de Wagner. Todas cantaban y tocaban el piano. Y él componía –de oído, porque nunca leyó ni escribió la notación europea tradicional– piezas para piano que, cuenta, “imitaban a Bach, Mozart y Chopin”. Pero el otro comienzo –el verdadero comienzo– es unos años después. También hay un piano, pero el lugar es un hotel de Nueva York donde su padre había alquilado todo un piso.

En la esquina del hotel, en la calle Lexington, había una casa de música equipada, como era habitual en ese entonces, con cabinas con tocadiscos. Y él, a los 12 años, escuchaba allí todo lo que existía. Su padre le daba un dólar por día y los discos de pasta valían 80 centavos. Salvo que fuera al cine, donde la función de la mañana, que era la más barata, costaba 25 centavos, le alcanzaba para un disco por día. En Nueva York, en 1939, mientras Alemania invadía Europa, él descubrió a Cole Porter y comenzó a componer canciones à la Broadway. La primera que recuerda –y que aún hoy canta en sus shows y forma parte de su flamante disco en vivo– se llama “I’m Sure That I Know” y la creó a los 13 años, en homenaje a Doris Day.

Bill Evans, Stan Getz, Art Farmer, Jim Hall, Benny Golson, Joe Pass y Herbie Hancock tocaron sus temas. Ella Fitzgerald, Tony Bennett y June Christy admiraron sus canciones. El, argentino y descendiente de un croata y una serbia –“el primero de todos los milagros”, dice–, es uno de los escasísimos autores nacidos fuera de Estados Unidos –y que no trabajaron para las factorías del Tin Pan Alley primero y Broadway y Hollywood después– cuyas canciones están incluidas en el Real Book, un conjunto de partituras casi apócrifo donde está ni más ni menos que el canon del jazz: todo eso que el género considera standard.

Algo inusual

A comienzos de la década de 1960, Sergio Mihanovich actuaba junto al Gato Barbieri, entre otro de los grandes nombres del jazz de entonces. Allí llegaba, después de sus presentaciones, Ella Fitzgerald junto a sus músicos. El guitarrista Jim Hall se sentaba a tocar con ellos (y llegó a postergar su regreso a Estados Unidos para quedarse grabando un disco con Mihanovich y sus amigos) y Ella Fitzgerald, invariablemente, apenas traspasaba la puerta del Jamaica pedía: “Something Inusual”. Otro de sus admiradores, el pianista John Lewis, fundador del Modern Jazz Quartet, gourmet (en Buenos Aires se hospedaba en el Claridge, porque le gustaba más la comida que la del hotel donde estaba el resto de los músicos) y director artístico de la compañía Atlantic, lo tentó para ir a Nueva York a trabajar. Estuvo en su casamiento, lo consideró “un hijo”, le ofreció casa (“Estoy mirando para ustedes un penthouse que perteneció a Lucille Ball”) y una paga millonaria por escribir canciones y letras para las músicas de otros. La casa no existía. Y la paga tampoco. Lewis terminó ofreciéndoles, a Sergio y a su esposa, que durmieran en un sofá en el living de su departamento. Le pasó la música de una canción destinada a una comedia musical, para que le pusiera letra. Mihanovich pidió el libro y Lewis le dijo que no importaba. El nombre de la comedia era Natural affection y Mihanovich escribió una canción de amor. La obra trataba la relación entre una madre y un hijo, y la canción, obviamente, jamás vio la luz. Al poco tiempo, Lewis anunció que se iba a Europa y el argentino quedó anclado en Nueva York. Jim Hall le presentó a una editora y ésta tomó sus canciones y comenzó a pagarle una suma fija semanal. Sergio Mihanovich cuenta que no sabe exactamente cuánto producían sus canciones, pero que la editora le confesó que, gracias a ellas, podía enviar a sus hijos a la escuela.

Algun tiempo atrás

“La mujer de Bill Evans era un personaje”, relata Sergio Mihanovich. “Usaba guantes negros hasta arriba de los codos y recién después descubrí que era para tapar los pinchazos de la droga. Y ella me contó que tenían un gato que se llamaba Harmony, que amaba la forma de tocar de Bill pero huía despavorido si alguien ponía un disco de Oscar Peterson.” Cuando se conocieron, Evans no sabía que Mihanovich componía canciones y el argentino ignoraba que el pianista, poco después, grabaría una versión inolvidable de su tema más famoso, “Sometime Ago”, un vals que parece hecho a la medida de Evans y que, hasta el momento, incluye más de setenta versiones, incluso la de su sobrina Sandra, que formó parte del disco Todo brilla, de 1992. La canción cierra su disco En vivo en Notorious, recién editado por MDR. Y allí, en ese mismo lugar, actúa todos los sábados de este y el próximo mes junto al guitarrista Pancho Carattino y distintas cantantes invitadas. En las sesiones que dieron lugar a la grabación del disco, entre noviembre de 2005 y septiembre del año pasado, la cantante fue la excelente Ligia Piro. Y este mes será Guadalupe Raventos. “Hace maravillosamente mis canciones”, dice el autor.

“Sometime Ago” fue el primer tema que Mihanovich compuso en Estados Unidos. Jim Hall lo grabó con Art Farmer. El notable trombonista y arreglador Bob Brookmeyer lo registró dos veces, con el cuarteto que tenía junto al trompetista Clark Terry y en su disco Bob Brookmeyer and Friends. Los amigos del caso eran Stan Getz, Herbie Hancock, Elvin Jones, Ron Carter y Gary Burton. Fred Hersch (en su disco E.T.C.), June Christy (en Impromptu), Lee Konitz (en Satori), Michel Petrucciani (en Darn That Dream y en Conversation), Sergio Mendes, Joe Pass, Teté Montoliu, Steve Kuhn y George Shearing también lo grabaron. “Pero como la versión de Bill Evans no hay”, afirma Mihanovich, que este año fue protagonista, también, de un hecho sumamente inusual para la industria local, la reedición por parte de Sony-BMG de dos de sus discos históricos en un CD: Buenos Aires Jazz y la banda de sonido de Los jóvenes viejos, junto al Gato Barbieri entre otros músicos y en ambos casos con arreglos de Oscar López Ruiz.

Amor y decepción

El primer trabajo para el cine fue por recomendación de Lalo Schifrin, que se estaba yendo a los Estados Unidos como pianista de Dizzy Gillespie. Se trataba de un documental de Manuel Antín llamado Biografías, donde sólo se veían los pies y las piernas de los personajes. “Siempre tuve excelentes arregladores”, recuerda Mihanovich. “La que más me gustó fue Triángulo de cuatro, de Fernando Ayala con libro de María Luisa Bemberg. Allí el arreglador fue Oscar Cardozo Ocampo. Después hice, con Oscar López Ruiz, Los jóvenes viejos, Los traidores de San Angel, de Torre Nilson, y una que no vio nadie, Che ovni, de Aníbal Uset. Una canción de esa película, ‘Made for love’, la cantaron después a dúo Steve Lawrence y Eydie Gorme. Lo que más trascendió fue ‘Sometime Ago’, pero yo tengo canciones mejores, creo.” Entre las otras canciones admiradas por otros hay un bolero, que algunos cantaron en inglés como ‘Love and Deception’ y otros, como Horacio Molina o la brasileña Leny Andrade, en castellano. Sandra Mihanovich quiso grabarla pero en el sello discográfico le dijeron que era demasiado deprimente, que eso de ‘todo es mentira, no creo en la vida’ no iba con su imagen. Sí grabó, en cambio, ‘Te falta corazón’ y ‘El juego de la vida’, una de las pocas canciones que su tío escribió originalmente en castellano. “El inglés me resulta más musical, más natural para cantar; no sé por qué”, dice Sergio Mihanovich. Algunas de sus letras son profundamente escépticas. Comparte con Cole Porter, en todo caso, esa especie de sentido del humor tan cruel como introspectivo. En los años de Jamaica cantaba 60 canciones por noche. Cuando empezó a actuar allí todavía estaba haciendo la conscripción. Terminaba en el club y se iba al Ministerio de Guerra, que era donde estaba destinado. “No me acuerdo de nada. No sé qué cantaba ni cómo lo hacía. Sólo sé que tardaron todavía quince días en darme la baja y que no podía decir que no a presentarme todas las noches. Al principio no querían tomarme. Fue Lois Blue la que convenció al dueño diciéndole que no me dejara ir, que tenía talento. El primer día estuve a prueba. Y tuve la suerte de que se llenó de americanos que pedían canciones y canciones. Y yo las conocía todas.” Su letra favorita es la que hizo para un tema de Jorge Calandrelli, ‘When Love Was All We Had’ (‘Cuando el amor es todo lo que teníamos’). Tony Bennett lo grabó en Art of Excellence. “Es mi mejor letra y creo que me salió bien porque estaba separándome de mi mujer”, cuenta Mihanovich. “Cuando Bennett estuvo en Buenos Aires fui a verlo al camarín. El empezó a cantarme la canción y me dijo que era una de las letras más perfectas que había cantado. Después me invitó a comer y terminamos en su suite del hotel Sheraton escuchando un casete con canciones mías que yo había llevado para regalarle.”

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