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Domingo, 12 de octubre de 2008
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Fotografía > Josef Sudek en el Fernández Blanco

La ciudad luz (y sombra)

Josef Sudek retrató su aldea como pocos: después de la pérdida del brazo derecho durante la Primera Guerra Mundial, se instaló en un estudio de Praga que no cambiaría jamás, hasta su muerte más de medio siglo después. Ahí realizó retratos y trabajos publicitarios notables durante la entreguerra, fotografió la ocupación nazi desde su ventana, bajó a la calle para retratar “el creciente desorden” que lo rodeaba, y nunca dejó de fotografiar la ciudad en la que tanto vio. Por primera vez, parte de su conmovedor y monumental trabajo llega a la Argentina.

Por Angel Berlanga
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Es la primera vez que sus fotos se exhiben en Latinoamérica y es, también, en estas tierras y en consonancia, casi un desconocido: acaso no sea un mal comienzo para alguien que decía que “la gracia de todas las cosas está en su misterio”. A Josef Sudek suelen decirle “el poeta de Praga” por las tomas que hizo de la ciudad y se lo ubica entre los mejores fotógrafos nacidos en República Checa a lo largo de su historia. Las sesenta y una fotografías que se exhiben desde el martes pasado en el Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco exceden, por su melancólica belleza y composición, por sus juegos de luces y sombras, blancos y negros, el hipotético aunque orientador carácter de aquellas etiquetas, que quieren ser elogiosas y quizá sean también justas, aunque no puedan competir con la hermosura de las imágenes que registró.

“Cada paisaje existe en un tiempo determinado”, decía Sudek. “Eso tiene su lógica: si llego a algún sitio un poco, sólo un poquito más tarde de lo normal, y al día siguiente llego al mismo lugar a la misma hora, la cosa se muestra completamente distinta. Me gusta la vida de los objetos sin vida, narrar algo misterioso, algo así como la séptima cara del dado.” La frase es orientadora respecto de una característica que suele acompañar a los artistas, la obsesión por la búsqueda, el detalle, el hallazgo, la pasión por un quehacer. Sudek nació el 17 de marzo de 1896 en Kolín, Bohemia, y quedó huérfano de padre cuando todavía no había cumplido los dos años; de adolescente, ya en Praga, aprendió el oficio de encuadernador y empezó a tomar fotografías. Estaba alistado en el ejército durante la Primera Guerra Mundial cuando, en 1917, la explosión de una granada le masacró el brazo derecho: al mes tuvieron que amputárselo. Aunque a esa altura ya había hecho algunas series de paisajes, desde entonces se dedicó de lleno a lo suyo: al año siguiente hizo series con veteranos de guerra en hospitales y con árboles y bosques. También se hizo amigo del fotógrafo vanguardista Jaromír Funke. Para mediados de la década del ‘20 se exponían fotos suyas en el extranjero, tenía su propio estudio de retratos y ganó prestigio con sus trabajos publicitarios para diarios y revistas.

Las fotos que se exhiben aquí abarcan medio siglo de su producción: arrancan en esa década, llegan hasta comienzos de los ’70 e incluyen imágenes de diversas series. “Desde joven ya era muy famoso en nuestro país”, dice Antonín Dufek, uno de los curadores de esta exposición y especialista en la obra de Sudek, que vino a Buenos Aires para el montaje y la apertura. Trabaja en la Galería de Moravia en Brno, la institución que preserva parte del legado del fotógrafo y coorganiza la muestra que comenzaron a gestionar, hace ya ocho años, Leila Makarius y Jorge Cometti, curadores del Fernández Blanco. “En cuanto a la concepción artística, hay un paralelo entre Sudek y el músico Leos Janácek, a quien él admiraba mucho”, sigue Dufek. “Los trabajos más reconocidos de ambos fueron hechos cuando ya eran hombres maduros. No es demasiado frecuente que un artista, ya a cierta edad, concrete sus obras más conocidas. Yo creo que ambos sabían qué estaban haciendo, estaban muy seguros de sí mismos.”

Para el curador checo el principal rasgo distintivo de Sudek es “su actitud hacia la luz”. “Sus fotos muestran cómo los objetos toman vida y cambian a través de la luz”, dice. “Algunas de sus imágenes parecen querer mostrar cómo algo visto luego reaparece o revive en los sueños o en los recuerdos de las personas.” En sus éxitos comerciales de sus comienzos, consigna, subyacía una insatisfacción que lo orientó a diversas búsquedas artísticas, y así surgieron sus naturalezas muertas, armadas con objetos y alimentos simples de su atelier, y también, a partir de la Segunda Guerra Mundial, en la Praga ocupada por el nazismo, la serie de fotos de la ventana de su estudio. “Lo atrajo la superficie acristalada con su textura de rocío, de gotas de lluvia o de hielo y, por supuesto, las sombras de la realidad proyectándose sobre la superficie del vidrio, de manera semejante a como se proyecta el mundo sobre el fondo de la cámara oscura”, señala Dufek.

“Vivía sin ningún compromiso con la vida social”, cuenta el curador. “Yo pienso que eso se vincula con la pérdida de su brazo: él creía que eso se lo había hecho la sociedad y entonces decidió no obedecer más sus mandatos. Quería ser tan libre como fuera posible; vivía en un lugar muy desordenado, sin teléfono ni televisión. Quería ser libre sobre todo en su fotografía, por supuesto: dejó de seguir las líneas que parecían seguirse en Europa. Había que tener mucho coraje para prescindir de eso. Tenía su propio sistema de valores. Iba, por ejemplo, muy mal vestido a los conciertos: no le importaba.”

En los ‘60 encaró una serie cercana al surrealismo, Recuerdos, y otra a la que llamó Laberintos, “tomas del creciente desorden que lo rodeaba”, señala Dufek. Usaba, desde los ’40, cámaras muy grandes y viejas, y tenía preferencia por una Kodak de fines del siglo XIX, con la que fotografiaba paisajes ciudadanos y bosques. Los árboles de Sudek: hermosísimos. Cuenta Dufek que entre 1950 y 1970 hizo una serie a la que llamó Estatuas desaparecidas, imágenes de árboles muertos o quebrados de los bosques de Beskidy.

Murió en 1976: tenía 80 años. De su estudio del centro de Praga, en el que trabajó desde 1927 hasta el final, la historiadora del arte Anna Farová rescató 54.519 negativos y 21.660 copias, que se distribuyeron en varios museos y galerías de República Checa. “En la fotografía en blanco y negro son la luz y la sombra los que entran en juego”, decía Sudek. “Lo importante es que en esa luz y en esa sombra suceda algo. Esa es la magia de la fotografía en blanco y negro. A primera vista no es nada efectista, pero siempre tendrá algo que te atraiga. Es que una mirada tiene que ser una especie de sorpresa.” Esa concepción de su oficio es cristalina en esta muestra, puerta de entrada aquí a su original mirada sobre las cosas, los árboles, el mundo.

Josef Sudek
Museo Fernández Blanco
Martes a viernes de 14 a 19.
Sábados, domingos y feriados de 12 a 19.
Entrada: $ 1. Jueves: gratis.
Hasta el 7 de diciembre.

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