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Domingo, 30 de mayo de 2010
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Una luz en la oscuridad

Por Federico Kukso
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Martin Gardner, maestro de los juegos y pasatiempos matemáticos, murió el pasado sábado 22 de mayo, a los 95 años, en un hospital de Norman, Oklahoma, Estados Unidos. Entre sus principales libros figuran Circo matemático; Viajes por el tiempo y otras perplejidades matemáticas; ¿Tenían ombligo Adán y Eva?: La falsedad de la pseudociencia al descubierto; Alicia anotada; La ciencia: lo bueno, lo malo y lo falso.

Y un día la raíz cuadrada lloró. Y a su llanto desatado se le sumaron en cadena los demás integrantes del lenguaje silencioso del universo, las matemáticas: signos (+, -, *, %, /, =, ^, [, ], >, <), números (naturales, racionales, imaginarios, complejos, infinitos, negativos), ecuaciones, axiomas, teoremas, figuras geométricas. Y más. Hasta la tan esquiva “x” no lo resistió y su inexistente cara conoció las lágrimas. El había muerto. El, quien en casi un siglo de vida había hecho suyas las funciones de un traductor, hechicero, mago, presentador de ceremonias y hasta se había puesto el traje del amigo que sabe y no esconde sus conocimientos, les había dicho chau y hasta siempre al mundo y a todos los seres –reales e imaginarios– que habitan en él.

La muerte de Martin Gardner tomó por sorpresa al planeta. De hecho, muchos ni siquiera la registraron ya sea, o bien por ignorancia de su existencia y del peso de su colosal obra en la cultura, o bien por no haber logrado diluir aún el éxtasis festivo del Bicentenario.

Pero a Gardner nunca le importaron mucho las opiniones ajenas y no se hubiera inmutado al saber que millones de personas todavía no lo conocen ni escucharon hablar de él. Los objetivos-guía de su vida siempre los tuvo bien claros: además de incentivar el pensamiento y pretender sacar del mapa a las pseudociencias y a los charlatanes (parapsicólogos, astrochantas y cazadores de enanitos verdes al estilo Fabio Zerpa), este hombre de curiosidad omnívora y que esquivó balas en la Segunda Guerra Mundial se autoasignó el deber de espantar aquel miedo atávico que –supuestamente– irradian las matemáticas y lograr que a grandes y chicos se les prenda la lamparita y comprendan de una vez por todas que no se trata de un saber secreto reservado sólo para unos pocos mortales.

Y eso que las únicas clases de matemáticas que había tomado en su vida habían sido las de la secundaria. Quizás ahí estuvo el secreto del éxito de este filósofo y escritor estadounidense nacido en Tulsa, Oklahoma en 1914, considerado uno de los divulgadores científicos más importante de todos los tiempos: Martin Gardner hablaba y escribía sobre matemáticas como ningún matemático.

En sus columnas mensuales en la revista Scientific American –Juegos Matemáticos, publicadas entre 1956 y 1981–, en su libro Alicia anotada –en el que revela como nadie los acertijos, juegos y símbolos de Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo de Lewis Carroll–, sus explicaciones sobre las paradojas visuales de M. C. Escher y en el resto de sus 70 obras le dio forma a aquel subgénero conocido como “matemáticas recreativas” que a través de juegos, adivinanzas, ilusiones ópticas, problemas de deducción, observación e ingenio buscan disparar en el lector “Reacciones ¡Ajá!” (Gotcha! reaction, como las llamó) o sea, aquel chispazo mental o efecto de asombro que despierta el resolver o percatarse de los secretos de un desafío.

Sin embargo, su pasión por las matemáticas –que la transmitía siempre con un estilo ameno, fluido e irónico y tendiendo puentes con el arte y la literatura– ocupó una fracción en su vida. Porque Martin Gardner más que un hombre que mostraba cuán fácil era aquello que parecía tan difícil fue un maestro de la duda: junto a sus amigos Carl Sagan e Isaac Asimov creó en 1976 el Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal con el que se convirtió en el desenmascarador de fraudes científicos más inteligente de nuestra época. Desde ahí dirigió su azote contra la cienciología, los productores de mitos y falacias y los cultivadores de falsas creencias (su último artículo publicado se tituló La pseudociencia de Oprah Winfrey). “Durante más de medio siglo, Martin Gardner ha sido el faro más luminoso en la defensa de la racionalidad y la auténtica ciencia frente al misticismo y antiintelectualismo que nos rodea”, llegó a decir de él el gran paleontólogo Stephen Jay Gould.

Maestro de activistas ateos (del biólogo Richard Dawkins al siempre corrosivo Christopher Hitchens), Gardner hizo escuela: influyó en más de una generación e impulsó siempre a divulgar lo bueno, rechazar lo malo y denunciar lo falso. Y su ausencia ya se siente. A tal punto que su amigo y colega James Randi –mago y declarado enemigo de la parapsicología– lo despidió en su blog diciendo: “Los escépticos nos hemos quedado un poco huérfanos. Mi mundo es ahora un poco más oscuro”.

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