Entre el optimismo y la esperanza

1. ¿Por qué los medios más importantes de este país arrojan sombras sobre las manifestaciones del 24-M? ¿Por qué les interesa ensombrecer las protestas contra esa fecha macabra? Cualquiera diría que están de acuerdo con lo que ese día ocurrió. No hay que darle aire ni espacios a las manifestaciones protestatarias contra ese día porque están de acuerdo con lo que ese día sucedió. Claramente: están a favor del golpe militar del 24 de marzo. O buscan apoyar al Gobierno porque saben que éste mira con desdén y desgano a los que se oponen a ese golpe. Apoyar, entonces, al Gobierno es apoyar al golpe masacrador.

A sólo una semana de ese acontecimiento, el vértigo del devenir histórico lo ha descartado. Lo “nuevo” se convierte en “viejo” con una rapidez digna y típica de los tiempos. Se hablará por más tiempo de la derrota de la selección contra España que de los temas que convocó el 24-M. Esos temas son más incómodos. Al cabo, con echarle la culpa a las vacilaciones de Sampaoli se soluciona lo de la Selección. Por el contrario, las culpas del 24-M señalan a grupos poderosos y hasta a la sociedad argentina toda. La “culpa argentina” es un tema complejísimo. La “culpa del seleccionado” le pertenece y punto. El país nada tiene que ver. Tiene muchos culpables que señalar y muchos inocentes que señalan con su dedo acusatorio.

2. 2018 es un año de ardiente conmemoración. ¿Tomará presencia especulativa la olvidada Reforma Universitaria de 1918? Fruto de los hijos de la inmigración de principios de siglo, la Reforma fue un gesto airado contra las oligarquías universitarias de América Latina. Empezó en abril, en Córdoba, provincia de tradición monacal que Sarmiento definió como “un claustro entre barrancas”, y la encabezó un joven que supo decir que prefería que algo se rompiera antes que se doblara. Su nombre fue Deodoro Roca.

Su bandera de agitación política fue retomada por las Cátedras Nacionales de Sociología hacia 1968. Durante esos agitados días una joven Alcira Argumedo dijo una frase célebre: “Hizo más Onganía por la nacionalización del estudiantado que 50 años de Reforma”. Las Cátedras Nacionales habían surgido al calor represivo de la “noche de los bastones largos”. Cierta o no, la frase desbordaba ingenio y ánimo polemista. Los estudiantes de la Reforma eran ya la clase media argentina que reclamaba la educación negada a sus padres. Las Cátedras buscaban un estudiantado unido al movimiento de masas que era el peronismo de entonces, nucleado en torno a la consigna Perón Vuelve y al peronismo del hecho maldito que proclamaba John William Cooke.

3. La esperanza es una tarea difícil. Aquí no se trata de ser o no ser optimista. Son categorías pueriles. ¿Hay espacio para la esperanza? Ser optimista o pesimista es una decisión subjetiva. Depende de la voluntad de cada uno. Tener esperanza se basa en una evaluación de los hechos. La esperanza se pone a prueba. La esperanza de Benjamin se basaba en la existencia de muchos desesperados. ¿Qué sucede cuando los desesperados no son tantos ni están tan desesperados? ¿Qué sucede cuando los desesperados eligen a sus verdugos? ¿Qué, cuando los verdugos ganan las elecciones? Y para colmo, con el voto de sus víctimas. Para muchos se produce el asalto de la pregunta-cómplice: “¿Y si funciona?” Otros incurren en las tentaciones de la vanguardia: “Cuando las masas se equivocan aún quedamos nosotros”.

Los días que corren dibujan su rostro por medio de la social-deconstrución del razonamiento benjaminiano. Que había dicho: “Sólo por nuestro amor a los desesperados conservamos todavía la esperanza”. Pero los desesperados no son tantos. Y votan por los verdugos, pues aún se conserva la democracia, guste o no. (Aunque acentuando rasgos autoritarios.) Dentro de esta democracia siguen ganando los verdugos, los que aniquilan la esperanza. Surge, entonces, la posibilidad-vanguardia, que siempre tiene sus problemas de soberbia y soledad. Dentro de este complejo campo de posibilidades habrá que elegir. Y esto no tiene nada que ver con el optimismo o el pesimismo, sino con la lucidez. Que siempre está del lado de las mayorías, aunque haya que apartarse de sus errores. Si todo esto es difícil es porque sí, lo es. El error está a la vuelta de la esquina y antes también. Está a cada paso que damos.

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