El análisis es la posibilidad de pasar de la percepción al pensamiento
Las más diversas maneras de pensar
La pasión de querer "controlar" todo está generalizada en esta época. Es lo opuesto del pensamiento. Por eso, cuando el detalle más nimio se va de las manos, aparece un sentimiento extraño de inquietud urgente, la ansiedad.
El pensador, la famosa escultura de Auguste Rodin.El pensador, la famosa escultura de Auguste Rodin.El pensador, la famosa escultura de Auguste Rodin.El pensador, la famosa escultura de Auguste Rodin.El pensador, la famosa escultura de Auguste Rodin.
El pensador, la famosa escultura de Auguste Rodin. 

Hace un tiempo que escribo sobre el pensamiento. Que pienso sobre el pensar. Sobre lo que parece y es apenas relación de ideas, alucinación o erotización de la conciencia.

Tengo la idea de que pensar es muy difícil. Es un esfuerzo. Casi nunca cuando alguien dice "Yo pienso" está pensando. ¿Cuándo se piensa? Esta es la pregunta más compleja. ¿Cómo se piensa? Esta es más inmediata. El pensamiento supone un proceso primario, analogizante, por el cual lo que vemos es siempre otra cosa: la percepción tiene un fondo cosido; una cara es la cara que recuerdo en la cara que veo, una flor es la flor que vi en el pasado. Percibir es recordar y una imagen incluye otra imagen.

No hay grado cero de la percepción, nunca vi nada por primera vez. Es un fenómeno clínico: muchos varones cuentan que una mujer les empezó a gustar el día en que vieron a otra, o bien otros cuentan que cuando consolidaron la relación con una soñaron con la ex y hasta creyeron que la extrañaban. La percepción es onírica y fálica. El valor fálico de los objetos radica en su equivalencia, el falo no se ve, sino que sostiene que toda visión sea doble, la diplopía fundamental de la percepción, que podría ser enloquecedora sin el pensamiento.

Pensar implica cortar equivalencias, el primer acto de pensamiento es distinguir, plantear una diferencia. Pensar es una forma de castración, por eso es una operación tan poco corriente. En una sesión un paciente piensa cuando dice: "Que haya soñado con ella no quiere decir que la extrañe" y así se separa de la pasión nostálgica (toda percepción es de afectos pasivos) y puede preguntarse qué en ella lo hace extraño para sí mismo. Ahí se convierte en sujeto del pensamiento. El análisis no es hacer consciente lo inconsciente, sino pasar de la percepción al pensamiento.

Si hubiera una pasión generalizada en nuestro tiempo, diría que es la de querer "controlar" todo. Sí, todo. Es lo opuesto del pensamiento. Cuando el detalle más nimio se va de las manos, aparece un sentimiento extraño de inquietud urgente, la ansiedad. Esta pasión no es una forma de obsesión, es algo más básico; incluso la ansiedad es su fuente: el que busca controlar está ansioso y, como la ansiedad lo carcome, nunca el control alcanza. El control es una defensa blanda, se rompe todo el tiempo. Formas actuales del control son: querer estar tranquilo, cumplir con lo esperado, no tener pendientes (hacer listas de pendientes). Como nace de la ansiedad, como el control es un desplazamiento de la ansiedad, cualquiera de estas formas fracasa. Un amigo lo explicaba bárbaro, cuando me decía: "Yo nunca dejo para mañana lo que puedo hacer hoy, pero ¡hoy no termina nunca!".

Hay un fenómeno neurótico habitual, que consiste en una previa angustiosa, la expectativa que no permite disfrutar del presente por pensar en un acontecimiento inminente (un examen, una reunión, etc.), que elabora escenarios prospectivos con el deseo de saber lo que va a ocurrir. Así alguien pierde el domingo pensando en que el lunes tiene que hacer tal o cual cosa; otro estudia hasta el último minuto antes de un parcial, etc. Ese goce de la anticipación, la intención de reducir la excedencia del tiempo a lo que podría conocerse, no es un rasgo de obsesivo, aunque el obsesivo es quien mejor muestra y padece la disyunción entre el acto y el saber. No hay más que poner el cuerpo, en ciertas circunstancias; y la previsión indefinida (que hace creer que se puede llegar preparado a la hora de la verdad) genera una angustia específica, una angustia nerviosa que es defensiva respecto de la angustia de exponerse. El resultado es conocido: quienes más sufren de esta reactividad neurótica, son los que después de la situación temida dicen "¡No fue para tanto!" o "¡Al final no la pasamos tan mal!". Es la moral de supervivencia en que encalla la neurosis.

Asimismo, hay un tipo de trastorno, una hiperexcitación del pensamiento, que algunos llaman "obsesionarse" (sin que sea una neurosis) y otros "darse manija", que consiste en no poder dejar de pensar, compulsivamente adheridos a lo que los piensa, como objetos del pensamiento; este trastorno es efecto del miedo, de vivir en la indeterminación, por aferrarse a lo imaginario de la ilusión, al goce de lo posible, en lugar de que sean los actos, a partir de lo que producen como resultado, los que determinen la vida, la historia, el amor. No hay nada más paralizante que el pensamiento cuando no realiza nada.

El obsesivo duda, puede dudar de todo, menos de algo: de que ese pensamiento es suyo. La certeza del pensar en el obsesivo es la llave para el tratamiento, aquello que lo hace un sujeto cartesiano, dividido entre un contenido dubitable y la certeza de una forma. Nunca el obsesivo duda de que ese pensamiento le pertenece, jamás hará como el paranoico que supone que puede haber un espía en su cabeza, o el esquizo que puede suponer una máquina que lo incita a pensar, no, el obsesivo es "el sujeto del pensamiento" por excelencia, culpable por pensar incluso lo que se le impone, que también es suyo. "Yo pienso", donde el yo es un objeto, es la posición subjetiva del obsesivo. En realidad, debería decirse: "Yo pienso que [yo pienso]", que muestra la distancia entre el primer yo y el segundo: si el primero es un objeto, el otro es un supuesto, instancia apropiante de lo pensado como yo. En última instancia, el sujeto de la obsesión es el que está sujeto a un pensamiento que no tiene sujeto.

Para concluir, una anécdota. Una mujer que perdió hace poco a su padre me dijo algo bellísimo. Me contó que piensa seguido en él, con tristeza, pero que los recuerdos con que piensa no son tristes, sino que recuerda momentos de mucha felicidad. Sin embargo, ocurre que en situaciones sociales tenga que ir a llorar a algún espacio aislado. Recuerda cómo su abuela hablaba de su abuelo después de su muerte, repetía los chistes sobre todo, así nombrarlo era una manera de estar con él a pesar de la ausencia. Entonces dijo: "Lo triste no son los recuerdos, sino que recordar es triste cuando no hay con quien compartir las anécdotas, cuando todavía no se puede nombrar al otro, cuando se le tiene miedo al nombre, cuando todavía no se puede usar el nombre como una forma de presencia". Si alguien me preguntara para qué sirve un análisis, hoy diría que sirve para conseguir esta precisión magistral para expresar un afecto. Para realizar el acto de pensar.

 

* Psicoanalista, Doctor en Filosofía y Doctor en Psicología por la UBA. Coordina la Licenciatura en Filosofía de UCES. Autor de Ya no hay hombres. Ensayos sobre la destitución masculina (Galerna, 2016), Edipo y violencia. Por qué los hombres odian a las mujeres (Letras del Sur, 2017) y El goce de la mirada (Nube Negra, 2018).