Con las letras en perspectiva trepando lentamente por la pantalla y los famosos compases de John Williams sonando fuerte en los altoparlantes, la leyenda continúa. La franquicia, desde luego, también. El día a día del negocio está complicado y el ritmo de producción de secuelas y spin-offs cinematográficos provenientes del universo Star Wars debe competir en condiciones muy duras con las sagas super heroicas que invaden las pantallas cada dos o tres meses. Para esta nueva historia, protagonizada por Han Solo en sus años de juventud, el guion de Lawrence y Jonathan Kasdan (padre e hijo, el primero de ellos de regreso en el mundo galáctico luego de su indispensable participación como escritor en El imperio contraataca y El regreso del Jedi) recupera la vieja estructura de los seriales que le dio inicio a todo y le pone un ligero freno a las aristas más solemnes de la filosofía espacial creada por George Lucas. Dirigida por Ron Howard (el director de Apolo 13 y El código Da Vinci, otro viejo conocido de Lucas) Han Solo: Una historia de Star Wars es, esencialmente, una película de aventuras relativamente clásica que intenta matar tres pájaros de un tiro: construir un universo que logre captar nuevos adherentes a la causa, divertir noblemente al espectador casual y, finalmente, no defraudar a los seguidores de larga data. Para esto último, el relato incluye “momentos especiales” diseñados para disparar la salivación del fan, como el primer encuentro entre el famoso personaje históricamente interpretado por Harrison Ford (ahora por Alden Ehrenreich) con el gigante peludo Chewbacca o el momento en el cual el aventurero de lengua ácida logra comprarse su vehículo favorito para navegar en el espacio –el célebre Halcón Milenario–, entre otras instancias que seguirán forjando la creciente mitología estelar (o galáctica, dependiendo de la traducción que se prefiera).