Yo vendo salamines, ¿y usted?
“Picado grueso es mejor”
Empezó de pendejo y sigue: ahora al embutido lo oferta junto a su historieta, mientras continúa su producción fanzinera.
Yo vendo salaminesYo vendo salaminesYo vendo salaminesYo vendo salaminesYo vendo salamines
Yo vendo salamines 
Imagen: Cecilia Salas

Cuando despertó, el joven Jorge Moyano vio que en la mesa de su casa había un gancho con salamines y pensó: “Genial, voy a comer toda la semana”. Súbitamente, esa mañana, su padre le dijo: “Vamos a Burzaco a venderlos”. Es que, antes de ser historietista, Jorge fue vendedor de salamines. Aquel día no les fue nada bien y, un poco por azar y otro por tenerla a mano, decidieron probar una antes, en Temperley: la estación de trenes intermedia más grande de Argentina. Vendieron todo: “De acá no nos vamos más”, gritó su padre y ése fue su segundo hogar durante 16 años.
Allí, entre parla, regateos y secuencias, se convirtió en Kokin Kokambar, dibujante y guionista con el ojo puesto en contar y filtrar los secretos del mundo de la venta ambulante, en la que anda desde 1996. Eso fue su motor para Yo vendo salamines, suerte de exorcismo festivo, carnívoro y grasoso. “Si no vendés algo que vende otro, no pasa nada”, asoma sobre la lógica interna del comercio en la calle. “Los chiperos y factureros son los más bravos, pero no sólo acá: en todo el planeta”, bromea.
Por jurisdicción, los trenes no son de nadie: ni de la policía ni de los municipios ni de los ferrocarriles. Por eso es que ahí se concentra esta modalidad laboral. Y fue en Temperley, su espacio más neurálgico, que Kokin comenzó a dibujar de manera regular. Su primera historieta fue El Capitán Supositorio, en la que ajusticiaba a la jueza Servini de Cubría tras la prohibición del programa de Tato Bores. “Me había dado mucha bronca y fue mi manera de vengarme.”
No obstante, fue recién a sus 14 años que empezó a tomárselo en serio. En un cumpleaños de su tía encontró un ejemplar de El Eternauta 2. Sin preguntar ni dudarlo, lo coloreó todo. “¿Qué hacés, boludo?”, lo increpó su padre. Ahí aprendió la noción de “autor” y jamás volvió a ser el mismo. Así fue cómo, en la quietud de la siesta sureña, Kokin dibujó una página por día: el útero de toda su producción fanzinera.
Con la venta de la primera edición de Yo vendo salamines pagará la siguiente tirada. “A la gente le encanta el salamín”, confiesa. De tanto convivir con él, se convirtió en su obsesión: “Lleva carne vacuna y porcina, con sal y especias, y se cura en una habitación a una temperatura de 45 grados”. Su método comercial es implacable: con el ejemplar del cómic, Kokin ofrece un picado grueso. “De los mejores, les podés sacar la grasa, no como el picado fino, que tiene otro procesado”, instruye.

Suplementos
Suplementos
Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ