Miró, las huellas del olvido, de la documentalista Franca González
Desenterrando misterios del pasado
La directora de Al fin del mundo aborda la historia de un pueblo pampeano perdido con las mejores herramientas del cine.
Lo que importa en el documental de Franca González no se enuncia: se da a pensar.Lo que importa en el documental de Franca González no se enuncia: se da a pensar.Lo que importa en el documental de Franca González no se enuncia: se da a pensar.Lo que importa en el documental de Franca González no se enuncia: se da a pensar.Lo que importa en el documental de Franca González no se enuncia: se da a pensar.
Lo que importa en el documental de Franca González no se enuncia: se da a pensar. 

Que en Miró, las huellas del olvido –documental sobre un pueblo de La Pampa que tras su desaparición quedó enterrado bajo campos de soja– no se pronuncien ni una vez palabras como memoria, destino nacional o metonimia, habla del apego de la realizadora Franca González por lo material y concreto, y su correspondiente rechazo por poner el carro de las metáforas y las tesis por delante de hechos, personas y cosas. Con una llaneza que antes que limitación suena a política ética y estética, y una serenidad que se corresponde con el ambiente campero que constituye su territorio, González no “usa” el caso del pueblo Mariano Miró como alegoría ni intenta “desentrañar su verdad”, esa pretensión televisiva. En lugar de eso aborda su historia de modo fragmentario e inconcluso, como quien sospecha que ciertos misterios (todos, tal vez) no pueden develarse del todo. Da voz a los descendientes de sus escasos habitantes para que narren, como una crónica en pedazos, la fundación, escasa vida y temprana muerte de un pueblo del norte de La Pampa, un siglo atrás.

Pariente en intención, tono y paisajes de Carta a un padre, de Edgardo Cozarinsky (2013), el de Franca González (realizadora de Liniers, el trazo simple de las cosas, 2010, y Al fin del mundo, 2014) es de esos documentales que no son subsidiarios de lo real (fechas, hechos, datos de contexto, linealidades cronológicas), sino que reconstruyen lo real con herramientas cinematográficas y desde el cine. De a poco y a medida que el propio relato lo requiere se va “desenterrando” la historia de Mariano Miró, fundado en 1901 por inmigrantes piamonteses junto a la estación de tren de la que, a la inversa de lo que suele suceder, tomó el nombre. Como los pueblos del oeste norteamericano, Miró se extendía en forma lineal a lo largo de unas pocas cuadras. Contaba con algunos comercios (dos tiendas de ramos generales, una herrería, un bar al que no se designa como pulpería pero probablemente lo fuera) pero carecía de parroquia y de plaza principal. ¿Serían ateos esos piamonteses? Difícil, pero vaya a saber.

Los propios habitantes, duchos con sus manos, construyeron sus casas. Diez años más tarde y debido a que los Santamarina, propietarios de las tierras, las reclamaron de vuelta, los vecinos deshicieron lo hecho. Gesto que aunque no se diga (lo que importa no se dice aquí; se da a pensar) parece revestido de orgullosa belleza trágica. “Que no quede ni una chacra en pie”, se dijeron, como conjurados. Franca González trabaja con lo que hay. No recurre a tontas animaciones o artificiosas reconstrucciones para reconstruir lo que no está, porque el tema de la película es justamente eso: lo que ya no está. En Miró, las huellas del olvido, lo que no está se reconstruye mentalmente, gracias a geógrafos que analizan los pocos mapas municipales que se conservan, especialistas en población que desagregan datos ferroviarios de llegadas y partidas a o de un pueblo que llegó a tener 495 habitantes. 

Un par de añosos descendientes (uno de ellos atraviesa vallas y monta pingos con asombrosa agilidad) reconstruye a su turno lo que recuerda de los relatos de los mayores, y una voz en off asume por un rato la identidad de uno de ellos, llamado Bruno, leyendo las bellas cartas que escribió desde acá a su hermano en Italia. Si toda película ganadora necesita de su cuota de suerte, Franca González indudablemente la tuvo con esas cartas. Bruno no sólo sabía construir casas, sobrellevar inundaciones y sequías, arar la tierra desde el primer al último rayo de sol y tener un montón de hijos. También sabía escribir, y muy bien. Como subjetivas imaginarias de aquellos chacareros, la cámara empuñada por Pablo Parra se detiene ante paisajes pampeanos, amaneceres, caídas de la tarde en tonos durazno, algunos de los cuales parecen pintados por algún impresionista de la zona. 

Un arqueólogo y su asistente desentierran restos de utensilios, un paisano establece con exactitud dónde estaban las medianeras de las casas, recurriendo a la radiestesia. La técnica remite a un fuera de campo, a lo que no se ve. Igual que la película, que sin hacerlo explícito vuelve hacia atrás en el tiempo de la Argentina, hasta el momento en que un proyecto de país parecía edificarse, pero con inmigrantes que no eran los que sus diseñadores soñaron. Tal vez por eso estos piamonteses no queridos terminaron siendo protagonistas de “una historia fallida que se soterró”, como dice alguien por allí. Que se soterró, pero se desentierra ahora.