Sobre La liebre de la Patagonia, de Claude Lanzmann
El autor que pudo nombrar lo innombrable

¿Por qué leer La Liebre de la Patagonia? Sin duda, las razones no faltan. Está bien escrito, es gracioso, a menudo también emotivo, inteligente, fino, sin falsa o verdadera modestia: en una palabra, se parece a su autor. En este libro, Claude Lanzmann nos pasea por su existencia en una excursión que vale el desvío. Se ha codeado con grandes hombres y grandes mujeres, siendo para ellos el amigo, el hermano, el hijo, el amante, el íntimo; posee un verdadero talento para el retrato y el arte de narrar sus encuentros. Todo lo que necesita una buena biografia está ahí. Formó parte de la resistencia en la flor de su vida; amó a Simone de Beauvoir, la cual le correspondió; amó a otras tantas mujeres, quienes también le devolvieron su amor. Atravesó montañas, nadó en aguas turbias, dirigió Les Temps Modernes, visitó la Corea del Norte de Kim Il Sung, conoció a combatientes del ALN en sus escondrijos en plena guerra de Argelia, arriesgó su vida en decenas de ocasiones. Su vida es, en efecto, tal y como lo escribe en estas páginas, una sucesión de hechos notorios.

Todo eso está en La Liebre de la Patagonia, pero tras los elementos narrativos de su autobiografia, el lector se halla atraído por un tema, uno sólo: ¿quién es el hombre que realizó Shoah, que pasó doce años de su vida tras el rastro de los supervivientes, de los actores de este episodio, a la vez localizable en la historia y que trasciende a la misma? Y esta pregunta se declina: ¿quién es aquél que, más allá del trabajo que le exigió esta obra inmensa, inigualada e inigualable en su género, pudo confrontarse a lo real sin nombre de la Shoah, confrontándose tan bien a él que pudo darle justamente un nombre? ¿Cuáles son las contingencias que devinieron para él necesidades, a partir de cuya negatividad pudo dirigir este documental con estructura de ficción? En una palabra, ¿cuál es la “pequeña” historia --la suya-- que da cuenta de una obra maestra, de esta película que constituyó la destrucción industrializada de los judíos de Europa por los nazis en un enigma absoluto?

Hay, en la historia de Claude Lanzmann, un antecedente. Al final de la guerra, después de realizar sus clases preparatorias en el liceo Louis-le-Grand y su licencia de filosofía en la Sorbona, se marcha para enseñar filosofía a la universidad de Berlín, donde anuda una amistad con una joven alemana. Ésta le invita a almorzar un domingo junto a su familia y le hace visitar su dominio tras la comida. En un desvío, durante el paseo, en esas mismas tierras, las huellas de un campo de concentración. Es su primer encuentro con un campo. No se detiene: pasa de largo, sigue hacia su historia. ¿Qué queda de este encuentro? Una deuda, la única de la que Lanzmann nos habla en estas páginas. Una deuda, y la imposibilidad de nunca poder devolver los 100 marcos que le habían sido prestados por esta joven mujer, joven mujer a la que sin embargo reencontró años después en los Estados Unidos, prometiéndole --en vano-- que le devolvería lo que le debía.

*Psicoanalista, miembro de l'École de la Cause Freudienne (ECF). [email protected].

(1)Fragmento texto publicado en revista Le Diable Probablemeni en 2006 y en la revista de Psicoanálisis Quarto, n? 96, Bruselas, en julio de 2009. Traduce Héctor Carda de Frutos, revisa Irene Domínguez e Isabelle Durand.

 

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