Alrededor/es

Alrededores 1.

La frutilla se rompe en la boca. Estalla. Y la propia vida se embadurna de crema y saliva. De pronto, se vuelven extrañas las cosas. Me pregunto cómo será la vida sexual de mis invitados. Suerte que la torta tiene frutillas porque creo que mis invitados nunca se salen de su lugar, salvo para romper frutas en la boca. Dignas de ver aquellas nieves y aquellas cremas, aquellos hongos purísimos. Mientras los veo comer sospecho que ninguno de ellos lee lo que yo leo.

 

Alrededores 2.

--¿Qué día es hoy?

--Eso no es justo. Preguntame algo más sencillo.

--¿En qué página de “La palabra en la vida y la palabra en la poesía” Voloshinov habla del sobreentendido?

--Bueno, en la 115, pero tampoco me la hagas tan fácil. Desviame un poco más.

--¿Fecha de nacimiento?

--¿Mía o de Voloshinov?

--Tuya

--No, no, vos me querés hacer quedar mal a toda costa.

--(…)

--(…)

--¿A dónde vamos?

--Hacia allá, porque si fuéramos hacia allá estaríamos de regreso y me preguntarías de dónde venimos.

--Excelente.

--Gracias.

 

Alrededores 3.

La mujer sale de su casa con instrucciones en el anotador. No es mucho lo que tiene que recordar, pero aún así, olvida. Estaciona el coche detrás de un contenedor de basura. Un dragón descamado cuida los desechos de los hombres. La mujer revisa varias veces el teléfono celular. Entra. Al final de una góndola, un recodo. No coinciden los seres, ni los colores, ni las formas. Se mueve algo en el sector de lácteos. Son los precios monstruosos que pululan. Alguien sacude el letargo mágico de las verduras. La mujer va colocando cosas en el canasto. Desafía al olvido. Se siente autónoma. A estas circunstancias viene a agregarse que la cajera ha salido de un bestiario anglosajón. Sube al coche y saca de la cartera el anotador. No encuentra la página con las instrucciones. En ninguna parte dice cómo volver a casa. Encuentra el listado de compras. Coteja. Algo compró, algo ha olvidado. Estudia el anotador con cuidado. "Alguien crea silencios para nosotros", copiado de la página 43 de un libro de Bolaño. Como Bolaño, la mujer arranca la hoja, la arruga y la tira por la ventanilla. Como Bolaño mira por el espejo retrovisor y cree ver que el viento la arrastra hasta hacerla desaparecer.

 

Alrededores 4.

Dijo la princesa que los libros están llenos de alimañas. De ahí a su reinado sólo hubo un paso en mi vida. Cierta noche tomé sus palabras con una pinza para sueños y los coloqué uno por uno sobre la almohada. La naturaleza del placer es similar a la del libro. El dedo meñique de Michaux nos llevaba hasta el fondo. Y nos pusimos en cuclillas. Y dijimos las palabras transparentes. Cantamos las canciones transparentes. Rompimos los miedos transparentes. Sacamos las lenguas transparentes y abrimos surcos transparentes. Lo demás es misterio de princesas y alimañas.

 

Alrededores 5.

De chocolate. Con crema y frutillas. Los invitados mastican con deleite. Revientan trozos rojos en la boca. Una mezcla untuosa de fruta, crema, harina, baba. Y a tragar para empezar otra vez sin perder de vista el suculento manjar que ha de ser comido. Los invitados que mastican frutillas nunca sabrán los versos de aquel poema que te salva de los francotiradores. Ni de aquel poema que te salva del mundo. Ni de aquel poema que te salva de los invitados.

 

Alrededores 6.

Ya se me ha hecho costumbre caer en mi cauce toda vez que soy arrojada desde adentro hacia fuera. En la caída tomo conciencia del límite exacto entre los que deben vivir su vida y los que la desean vivir. También conozco a los que todavía navegan, con Michaux entre las mandíbulas del cielo y de la tierra. El paso del tiempo modifica las cosas: el O.B. de hoy nombra el tampax que Boris Vian arrancaba con los dientes ayer. Pero esto no le ha hecho bien a la poesía. El O.B. es difícil de versificar y no para la hemorragia del poema. Esta evidencia pone en aprietos al genio creador. Cuando caigo en mi cauce, también soy capaz de reconocer que una palabra puede ser un yo en estado de realización. No sé, no sé. La literatura es un universo indomable. Cuando leo los cuatro versos de la Filídula pienso en Ezra Pound y no me explico cómo, sin conocerme, él supo que Filídula era yo.

 

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