Cuando a Isabel Coixet le preguntaron por qué había decidido hacer la adaptación cinematográfica de La librería, ella respondió: “Porque me pareció un libro de un nihilismo feroz, de una gran inteligencia, con una protagonista como Florence Green, con la que me identifico mucho”. Es probable que la autora de esta novela, Penelope Fitzgerald, hubiese sonreído brevemente y mientras comentaba “gracias, sé que es una buena novela pero me parece demasiado”. Eso mismo dijo cuando esta historia con destellos autobiográficos fue nominada al Booker Prize en 1978. No lo ganó pero al año siguiente, otra novela de esta autora inglesa, A la deriva, sí obtuvo el premio. “Qué bueno, pero La librería era mejor”, opinó entonces Fitzgerald. 

Tampoco Florence Green se conforma con las murmuraciones de un pueblito inglés, Hardborough. Y de todos modos decide abrir allí su librería, apenas iniciados los sesenta. El de librera es un oficio que conoce bien: empezó a ejercerlo a los 16 años, en Londres, donde se enamoró de su marido, que murió durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, en Hardborough la miran de costado. Por ser una mujer sola y emprendedora, por abrir un negocio sin necesitar de un hombre que la apruebe o al menos la escolte, por arreglar ella misma con abogados, agentes inmobiliarios, editores y carpinteros que compongan las tejas sueltas de Old House. Además del nombre de la librería, es el lugar que ella elige para vivir.

Al principio, Old House es apenas una casa semiderruida frente al mar, habitada por un fantasma amable pero caprichoso (como todos los fantasmas). Luego se transformará en uno de los ejes de conflicto en la novela. Sucede que cierta señora muy burguesa y conservadora decidirá que ahí debe funcionar un centro cultural que defienda el patrimonio local. Y no un lugar sospechoso por su progresismo y sus aspiraciones cosmopolitas, donde se venden ejemplares de un nuevo libro tan sospechoso como Lolita, obra de un sospechosísimo escritor de origen ruso: Vladimir Nabokov. 

Además de Florence, hay dos coprotagonistas encantadorxs: Christine Gipping, una niña de diez años que se transforma en asistenta de Florence y Edmund Brundish, un solitario de ascendencia nobiliaria sobre el cual se tejen historias de todo tipo, que pasa sus días devorando libros. Será él quien considere que esa novela, Lolita, sobre la que se está hablando tanto, es un buen texto para tener en Old House. Frente a ciertos reparos de Florence por el contenido erótico del libro, Brundish dirá que no hay problema, porque nadie en Hardborough se tomará el trabajo de entenderla. En su película, Coixet lleva estos tres personajes a zonas de justicia poética allí donde Fitzgerald los deja un tanto aislados, sumergidos en la bruma de la soledad.

No es extraño que esto suceda ya que la vida de Penelope no fue sencilla. Si bien se graduó con honores en Oxford en 1938, cuando obtuvo su título en literatura inglesa, recién publicaría su primer libro a los 58 años: una biografía del pintor Edward Burne-Jones. Su marido volvió de la guerra en 1942 y se transformó en un alcohólico. Penelope, hija de intelectuales, se dedicó a cuidarlo a él y a sus tres hijas, a quienes mantuvo con su salario como profesora. De hecho, ejerció la docencia durante décadas hasta su muerte, en el 2000, a los 83 años. 

Su otro libro traducido al castellano es A la deriva. Como La librería, también está situado en lo autobiográfico, ya que cuenta la historia de una familia que vive en una barca en el Támesis cuando se queda sin hogar. Estas penurias fueron reales. Con el Booker Prize llegaron el reconocimiento y cierto desahogo económico. Entonces Fitzgerald se dedicó a viajar y a escribir novelas que la transformaron una de las grandes escritoras inglesas del siglo XX. Su voz retorna para recordarnos que en todas partes y en todas las épocas hay mujeres que deben dar batallas duras para que sus voces y sus sueños se impongan. ,

La librería
Penelope Fitzgerald
Impedimenta
181 páginas