Homo Invisible

Desde Barcelona

UNO Rodríguez ve un titular sobre lo que no se ve. El titular es del site de El País: “Científicos vuelven completamente invisible un objeto”. Y a Rodríguez siempre le intrigó esto: no pasa semana –en periódicos o noticieros– sin que no aparezca algún hombre o mujer de ciencia de por aquí iluminando algo trascendental y revolucionario. Y la noticia dura lo que dura una noticia para enseguida disolverse y hacerse completamente invisible para que, de inmediato, pueda materializarse la siguiente noticia.

Pero aún no. Mejor no. 

DOS Y así Rodríguez sigue leyendo cosas que no entiende. En cualquier caso, lo que se cuenta y describe –ver para creerlo, leerlo para intentar captarlo– le resulta interesante aunque no lo comprenda. A veces pasa, suele suceder. Algo sobre la “capa de invisibilidad” (que nada tiene que ver con la del Rey Arturo o la de Sigfrido o la de Jack Matagigantes o la de Frodo o la de Harry Potter) y que por primera vez han logrado aplicarla a un objeto (no precisan cuál) que se ha invisibilizado al ser iluminado con “luz de espectro completo” y así que “las ondas se propagan a través del objeto, en lugar de rodearlo, eludiendo así cualquier distorsión detectable en las ondas alrededor del objeto”. O algo así. Y se menciona, cómo no, al siempre listo Fermat (cuando no es Fermat es Fibonacci o Schrödinger y me parece haber visto un lindo gatito, o no verlo). Y Rodríguez sigue leyendo pero pensando en otra cosa. Rodríguez deja de ver lo que lee para volver a ver –aunque no lo tenga en sus manos y en sus ojos– lo que ya leyó. 

Lo que lo lleva a H. G. Wells... 

TRES ...y a su The Invisible Man. Rodríguez jamás pudo olvidar ese comienzo de la novela, con el forastero Griffin llegando a Iping, rostro envuelto en vendas, nariz postiza, gafas oscuras (y Rodríguez piensa en otros comienzos decimonónicos con seres enloquecidos por su hambre y por su sed, en Wuthering Heights de la ahora bicentenaria Emily Brontë y en Drácula de Bram Stoker, y en que hay pocos inicios mejores que un viajero llegando a alguna parte de la que le va costar mucho salir). Y, de acuerdo, Wells (1866-1946) como el más frustrado y poco cumplidor de los futuristas proféticos pero –por lo tanto y paradójicamente– el todavía hoy más original e inventivo. Hasta ahora nada de sus hombrecitos verdes del planeta rojo (aunque una vez más informan de agua allí arriba o abajo o al costado) o de sus bestias humanizadas o de sus viajes por el tiempo o de sus seres translúcidos (los especialistas han precisado que, desde un punto de vista científico, todo hombre invisible sería forzosamente ciego ya que la mecánica del ojo funciona absorbiendo luz y no dejándola salir por completo). Aunque Wells sí se adelantó mucho, en el plano personal, en eso del amor libre y acuariano.  Y sirvió de inspiración para que Orson Welles erigiese sobre lo suyo esa revolucionaria y radiofónica y radio-activa broma que fue la adaptación de The War of the Worlds, donde y cuando consiguió que todos los oyentes viesen y temieran lo que no estaba allí fuera, lo invisible que sí estaba en sus más íntimos temores. 

Wells, sí, como amo y señor de una prosa de una sofisticada sencillez en oposición a la de su amigo y fan Henry James (de la que y de quien se burló, de manera un tanto cruel y traidora, en Boon). Wells digno de la “profunda admiración” de Vladimir Nabokov (quien además consideraba a Wells como “el mejor entre sus contemporáneos y muy superior a Conrad y a su estilo de tienda de souvenir con barquitos en botellas”) y de Jorge Luis Borges (quien apuntó que “el hecho de que Wells fuera un genio no es menos admirable que el hecho de que siempre escribiera con modestia”). Nabokov señalaba a The Invisible Man –publicada en 1897 y probablemente inspirada por el mito platónico y republicano del Anillo de Giges– como “especialmente buena”. Y era una de las novelas favoritas de Borges quien, en un prólogo, razonó que “su hombre invisible es un símbolo que perdurará mucho tiempo, de nuestra soledad”. Y en más de una entrevista Borges dijo que “cuando era chico siempre quise ser invisible”. Y, claro, es uno de los temas recurrentes de la literatura fantástica: ten mucho cuidado con lo que deseas, porque a menudo los deseos se cumplen de la más retorcida de las maneras. Así, se sabe, Borges se convirtió en el más visible hombre no-vidente.

CUATRO Y Rodríguez también quiso ser invisible de chico. Y de joven. Y de grande. Y su deseo se ha visto más o menos realizado: su mujer no puede verlo. En cualquier caso, ese súper-poder con el que tantas veces lucraron la Marvel y la DC Comics es (y Wells lo supo desde el  principio; su enloquecido y anarquista Griffin sueña con crear un “reino de Terror” y acaba siendo definido como “la cosa que no se ve” por los pobladores) más patrimonio de villanos. Si quieres que no te vean, por algo será y para algo será. Y para Rodríguez el hombre invisible siempre fue el mejor monstruo en las películas de la Universal durante su infancia. A Wells, cuando la vio, no le gustó mucho que se exagerara el aspecto lunático de Griffin y se subestimara el de su brillantez. Y después Wells siguió haciendo de las suyas y desapareciendo bajo faldas con la anuencia resignada de su esposa y la condición de que no lo viesen mucho o muchos haciéndolo.

Tantos años después de haber leído y visto por primera vez a Griffin, Rodríguez desea menos pero tal vez pida más. Ya no quiere ser invisible sino que ruega porque tantas cosas y cosos se invisibilicen: son tantos y tantas que no tiene sentido enumerarlos, piensa. El penny dreadful del cadáver de Franco y el folletín del vivaracho de Juan Carlos I. Pero eso es apenas el turbio pasado que se niega a desvanecerse y aquí viene el futuro que aspira la transparencia y Rodríguez –quien alguna vez fue Chico Erasmus y hoy es Hombre Éramus– no puede sino contemplar lo que ya está, ya se hizo: los cuatro líderes políticos de los partidos mayoritarios + el Rey son todos más jóvenes y visibles y elocuentes que él. Y la mayoría silenciosa (lo que equivale a invisible) los ve hasta en la sopa y en los dos platos que siguen más en el café y el postre y el habano con cognac. Y Rajoy tendía a lo escurridizo (incluso cuando se mostraba en eso de la marcha rápida). En cambio, estos cuatro (el quinto y real es listo y se muestra lo justo) están encantados de conocerse y de mirarse frente al  espejo. Y todos y cada uno de ellos se presentan como perfectos y ajenos a todo error. A Rodríguez le recuerdan al mesianismo de Griffin. Y, quien ahora está al frente, Sánchez –gobernando en minoría absoluta y con una por momentos más que inquietante autosatisfacción de que así sea– parece completamente ajeno al hecho de que la cosa se le va a complicar muy prontito. 

Agotado por tanto ahora los ves, ahora los ves de nuevo, Rodríguez descubre, encantado, que un canal emite Yellow Submarine festejando su cincuenta aniversario. Liverpool y Pepperland y los Blue Meanies derrotados y huyendo a “¿Argentina?” pero antes, en las noticias, Rodríguez se informa –en algo que más que de H. G. Wells parece más bien del disfuncional Philip K. Dick– de que “El nuevo submarino de la Armada española no cabe en el muelle”. Noticia que parece honrar la memoria de Gila ampliando que “el programa ya sufrió un serio tropiezo en 2013, cuando se demostró que se había producido un desvío de 125 toneladas en el peso, lo que comprometía la flotabilidad del submarino; es decir, que no estaba garantizado que el submarino saliera a flote tras sumergirse”. 

Y Rodríguez siente que se ahoga en el Mar de la Nada donde nadie sabe nadar y él no es invisible man sino nowhere man tecleando en el vacío ese libro incorpóreo pero que está ahí, en alguna parte. Y luego, antes de desaparecer en el sueño, otra dosis de los nuevos líderes políticos. Ahí están y Rodríguez no les ordena –no fantasea con tanto– que desaparezcan. 

Que sigan allí, si quieren. 

Pero que no se los vea todo el tiempo, en todas partes, en las profundidades de lo superficial. 

No es fácil de conseguir, claro.

Lo insustancial no es invisible a los ojos. 

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