Alejandro Dujovne se especializa en Historia y Sociología del Libro y la Edición en América latina y España
Nadie se libra de los libros
Aunque en las ciencias sociales y humanas los artículos en revistas especializadas marcan el criterio de validación, los libros siguen siendo el corazón de las investigaciones. Alejandro Dujovne analiza el lugar que ocupan los libros en el ideario científico.
Imagen: Leandro Teysseire

La publicación de artículos científicos domina el pulso del mundillo intelectual; un escenario que se autovalida según sus propias reglas y se alimenta siempre de la misma comida. Sin embargo, a pesar de la primacía de las revistas académicas, los libros aún presentan virtudes y desempeñan un rol central. Al menos en el campo de las Ciencias Sociales y Humanas encabezan las referencias bibliográficas de las tesis doctorales y los papers del rubro; y ello sucede porque todavía constituyen objetos de deseo que permiten cristalizar reflexiones e ideas que los autores pretenden comunicar, luego de tanto tiempo de concienzudo y esmerado trabajo. 

Sin embargo, todo tiene un precio; en este caso, lidiar con las editoriales y con sus titiriteros ocultos: los editores. Actores muy audaces que, incluso, tienen el poder de orientar la agenda académica de disciplinas enteras y nadie jamás lo cuestiona. Salvo Alejandro Dujovne, doctor en Ciencias Sociales e investigador del Conicet, que se especializa en historia y sociología del libro y la edición en América latina y España. Actualmente, además, dirige la Maestría en Sociología de la Cultura y Análisis Cultural (Idaes-Unsam) y, en otro orden de cosas, participa –desde la Comisión de Cultura de Diputados– en el armado de proyectos legislativos para aminorar el impacto de la crisis que golpea al mercado editorial y lo reconfigura todo. 

–¿Los investigadores leen más artículos de revistas científicas o libros?

–Pese a la idea creciente del lugar que ocupa el artículo académico como organizador del conocimiento en Ciencias Sociales y Humanas, el libro continúa desempeñando un rol central. No obstante, en muchos casos resulta negado por una tendencia cientificista que solo concibe al paper como soporte de producción, comunicación y circulación nacional e internacional del conocimiento.

–¿Cómo se comprueba?

–Basta con observar cómo está conformada la referencia bibliográfica de las tesis doctorales para advertir que –la mayor parte– está compuesta por libros. Según un estudio PISAC (Programa de Investigación sobre la Sociedad Argentina Contemporánea) se ha comprobado que los autores argentinos citan más libros que artículos académicos, incluso, en las propias revistas de ciencias sociales y humanidades; y ello es importante, en la medida en que poseen lógicas de producción distintas.

–¿A qué libro se refiere? ¿A uno como La distinción de Pierre Bourdieu que lleva vendidas cientos de miles de copias, o bien a un ejemplar escrito por un joven sociólogo argentino que acaba de recibirse?

–Existen niveles de reconocimiento y consagración: la trayectoria de los autores hace que una obra sea más o menos valiosa. Un autor puede publicar muchísimos libros pero si alguna vez, por un motivo particular, una de sus publicaciones adquiere relevancia de forma inesperada; puede causar un movimiento fenomenal que hace que toda su obra –de manera retroactiva– sea percibida de un modo distinto. A diferencia de lo que sucede con un artículo académico, el libro consigue cristalizar todo el esfuerzo y la calidad de las reflexiones, otorgar mayor visibilidad y permanencia en el tiempo.

–Sin embargo, el sistema científico incentiva más la producción de artículos.

–Sí, pero no ocurre en todos los países por igual. En EE.UU. y Alemania, por caso, un investigador puede acceder a determinadas posiciones de poder en la academia luego de publicar libros. No obstante, al menos para los cientistas sociales, el libro constituye un objeto deseado y deseable, que funciona como frutilla de postre en un trabajo importante. A veces, terminamos siendo más papistas que el Papa cuando sobrevaloramos los artículos académicos en desmedro de los libros. 

–¿Qué rol tienen la editoriales? Algunas, por su prestigio, aseguran un nivel de ventas considerable más allá del contenido publicado. 

–Existe un sistema de jerarquización de sellos editoriales. A diferencia de las revistas –que cosechan reputación y autoridad por el modo en que están indizadas–, en los libros todo está menos normalizado; y, en efecto, las editoriales son fundamentales en las posibilidades que poseen los autores de ser leídos. No es lo mismo que el libro lo publique una que ocupa un lugar central del mercado, tiene su historia y su nombre; que una que recién comienza. El mismo texto publicado en una editorial perdida y en una muy consagrada, hace que pase absolutamente desapercibido, o bien, que sea muy valorado e integre los programas de doctorado de todas las carreras, respectivamente. En un mercado editorial como el argentino –dependiente de algunos centros productores de ideas y reflexiones (Francia, con Foucault, Bourdieu, Barthes, Lacan)– la traducción ocupa un sitio medular. Como no todos hablamos francés, las editoriales tienen un rol clave al momento de armar repertorios bibliográficos. 

–Sin embargo, de toda la producción científica francesa, por citar su ejemplo, las editoriales argentinas publican porcentajes pequeños. En base a esas selecciones se construyen agendas temáticas de investigación y líneas teóricas enteras.

–En efecto, los editores tienen un poder mucho mayor que aquel que los investigadores en Ciencias Sociales y Humanas nos gustaría reconocer. Son agentes invisibles que tienen una enorme capacidad para definir agendas académicas. Desde aquí, cuando el mercado está en crisis –como sucede en la actualidad– se concentran en la edición de productos que tengan una viabilidad comercial más o menos asegurada.  

–¿Cómo se combinan los intereses económicos de los sellos editoriales con los objetivos de los investigadores?

–El énfasis del rol de los editores no desplaza el lugar que ocupa la academia. Hay modas, vínculos internacionales, proyectos, temas estratégicos pero también libertades y autonomías que operan como factores decisivos en base a los cuales los investigadores escogen sus temas. De hecho, ello no quiere decir que todas las investigaciones culminarán en un libro. Además, tampoco tenemos un mercado editorial con la suficiente espalda como para bancar la totalidad de las producciones del sistema académico. 

–En esta línea, ¿en qué medida el lenguaje empleado por los investigadores limita sus chances de ser leídos? En concreto, ¿para quién escriben todos los sociólogos, antropólogos y comunicadores que no son Bourdieu?

–Existe una falta de entrenamiento de los investigadores en el ejercicio de la escritura y de la búsqueda de intervención pública. Si bien ha mejorado en los últimos años, todavía constituye un rasgo deficitario. En EE.UU. la edición académica está bajo la lógica de la University Press, un modelo que –prácticamente– no se comercializa en librerías comunes y corrientes, sino que se orienta al público universitario. Por el contrario, en Argentina la tradición le debe mucho al modelo de José Spivacow que hizo historia en Eudeba, al cultivar la idea de una universidad que abre sus puertas e interviene en el espacio público a través de libros más amenos (legibles) y accesibles (económicos). Las editoriales de libros académicos en Argentina buscan participar en librerías importantes y ello permite entrever sus propósitos de conquistar un público más amplio, aunque jamás masivo.

–Sin embargo, hay editoriales para todos los gustos. Algunas publican las tesis sin siquiera correr una coma de lugar. 

–Como en todos los rubros: algunas publican con serios errores de tipeo mientras otras se caracterizan por estar muy encima de los autores y le demandan una cantidad de páginas precisa; les solicitan modificar el registro de escritura; reducir la cantidad de citas, etcétera. Incluso, están aquellas que directamente colocan el título. Y ello en algún punto está bien: los editores están entrenados en el desarrollo de estrategias para hacer ingresar estos productos en un circuito comercial que es muy distinto al académico. 

–Tal vez, finalmente, la pregunta no sea tanto “¿para qué la ciencia?”, sino “¿para quién la ciencia?”.

–Es posible. Se trata de cómo los investigadores logramos ampliar la calidad de nuestras intervenciones públicas. No obstante, cabe aclarar: es un error esperar “utilidad” como único criterio de validación social de estas disciplinas. La utilidad se aplica, por supuesto, a muchas investigaciones en tanto que pueden tener un uso más o menos directo en la resolución de un problema. Pero, sin dudas, allí no se agota el valor, pues, una parte sustancial del aporte radica en la ampliación de sentidos y en una comprensión más compleja de los fenómenos sociales.

–Por último, ¿cómo afecta el proceso de digitalización y la expansión de los libros “piratas” al mercado editorial? 

–En Argentina no está tan presente el conflicto de los libros truchos como sucede en otros países. Sin embargo, la digitalización –junto a otros cambios tecnológicos– ha generado un verdadero problema: apenas uno se inscribe a un posgrado tiene a disposición la carpeta completa de textos digitalizados.

–Y ello, entre otros factores, contribuye a la crisis del mercado editorial.

–Afrontamos la reconfiguración del mercado editorial y la pérdida de su capacidad de inserción en el escenario internacional, a partir de magros índices de exportación. A este problema estructural se suma uno coyuntural vinculado al incremento de los costos de la producción (papel y tarifas) y la falta de políticas públicas en el sector. Como resultado, el libro se vuelve inaccesible.

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