El macrismo manifiesta tener una vocación refundacional. “Buscamos mucho más que un cambio económico, queremos un cambio cultural”, sostuvo Mauricio Macri. En esa línea, el asesor presidencial Alejandro Rozitchner declaró que resultaba imprescindible avanzar en una “mutación psicológica de los argentinos”. El objetivo sería desterrar la cultura populista y transformar una sociedad “subsidiada” en “competitiva”. En otras palabras, la pretensión es terminar con las mejores tradiciones igualitarias de la Argentina. 

En ese plano, el discurso gubernamental exalta cuestiones tales como la meritocracia, el emprendurismo y la “igualdad de oportunidades”. El sociólogo José Nun explica en Acerca de la desigualdad y los impuestos que “la igualdad de oportunidades, por sí misma, no ha conducido en ninguna parte a una mayor igualdad del conjunto de la sociedad. Sucede que son tan disímiles los puntos de partida en materia de crianza, educación, relaciones sociales, y tantos los obstáculos que deben superar los sectores de menores recursos que, en ausencia de otras intervenciones compensatorias de tales desventajas, por este camino se desemboca en un formalismo abstracto y sólo se logra finalmente mantener y reproducir con buena conciencia la estructura de desigualdad vigente en la sociedad”. 

Las reglas de funcionamiento de la economía mundial están muy lejos de apoyarse en valores meritocráticos. En su famoso libro El Capital en el siglo XXI, Thomas Piketty demuestra cómo la sociedad avanza hacia un  “capitalismo patrimonial”, tal como acontecía en el siglo XIX. Los datos duros revelan el creciente predominio de una elite hereditaria. En resumen, las grandes fortunas no se construyen trabajando. El economista Paul Krugman sostiene que el trabajo de Piketty desmiente “el más preciado de los mitos conservadores: que vivimos en una meritocracia en la que las grandes fortunas se ganan y son merecidas”. 

En la mayoría de los países, las instituciones reproducen las múltiples ventajas de los nacidos en “cuna de oro”. El prócer estadounidense Thomas Jefferson aspiraba a la conformación de una “aristocracia natural” basada en la “virtud y el talento”. La realidad está muy lejos del sueño de uno de los padres fundadores de Estados Unidos. Por caso, el lastre de la segregación racial aún conserva sus huellas a cincuenta años del asesinato de Martín Luther King. Por otro lado, el sistema universitario es un pilar en la reproducción de desigualdades. 

Las universidades más importantes utilizan el linaje como criterio de admisión. El uso del filtro hereditario se popularizó apenas finalizada la Primera Guerra Mundial. “Descontentos de ver a los recién venidos humillar a la flor y nata de las elites anglosajonas en el terreno de la meritocracia, los rectores al principio establecieron cupos de judíos. Cuando estos dispositivos se volvieron indefendibles, las universidades empezaron a usar medios indirectos para excluir a los judíos, especialmente la aplicación de criterios tan disparatados como “carácter”, “diversidad geográfica” o “ascendencia familiar””, explica el investigador de la Century Fundation, Richard Kahlenberg, en “Cómo papá me hizo entrar en Harvard”, publicado en El Diplo, edición de junio de 2018.

“Hoy en día, estos criterios de selección hereditaria están vigentes en tres cuartas partes de las cien universidades mejor cotizadas, públicas y privadas. Reinan también en las cien mejores escuelas de artes liberales del país. Además de las notas escolares, el color de la piel, el sexo y el origen geográfico, estos establecimientos tienen en cuenta a la familia de los candidatos, sin revelar el peso que le otorga a cada uno de estos criterios”, agrega Kahlenberg. 

En la actualidad, más de la mitad de los estudiantes de Harvard pertenecen al diez por ciento de las familias más ricas de Estados Unidos.  

El salario promedio de los graduados en las mejores Universidades es un 45 por ciento superior al resto de sus colegas. “Según el libro de Thomas Dye Who’s Running America?, más de la mitad de los grandes propietarios y alrededor del 40 por ciento de los responsables gubernamentales cursaron estudios en una de las doce universidades más cotizadas”, explica Kahlenberg. A comienzos del siglo XX, el juez del Tribunal Supremo de Estados Unidos Louis Brandeis decía que “en este país podemos tener democracia o podemos tener la riqueza concentrada en pocas manos, pero no podemos tener ambas cosas”.

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