Al borde de la noche

Al apagar la lámpara de la mesita de luz pensó tantas cosas, tantas cosas que le habían quedado en el tendal del candelero que no había llegado a resolver a lo largo del día, a lo largo de la semana, a lo largo del mes, a lo largo de la vida misma. “Los restos diurnos” diría papá Freud y ahí nomás, ahicito nomás che, que como por embrujo se le iban apareciendo: las playas lejanas de su Concepción natal, los mates amargos riquísimos, tendidos en un mar de amor por sus viejos, aquellos que de tan viejos ya empezaban a ser un poco antiguos, como decía don Ata, “viejo no, che, antiguo”, y ahí nomás, todavía los recordaba…

Todavía le dolían en las piernas y soñaba entre sonrisas los guascazos del abuelo Orestes, guascazos que le dolían en las pantorrillas cuando en sus primeros años sabía mandarse travesuras de las bravas, rompiendo todo o haciendo crueldades, cosa que sacaba de quicio al abuelo más pacífico que había, si lo había, el cual sabía correrlo con una intrepidez sin límites a la cual era muy difícil vencer, correrlo con la guasca en la mano, hasta que lo alcanzaba irremediablemente… Después se terminaban  riendo y haciendo las paces con el viejo, que no por ser viejo era menos ágil, y no por ser viejo, se le escapaban las cosas, tampoco. Ninguna cosa se le escapaba. Presagiaba desde el fondo de sus ojos tan celestes como el cielo desde la próxima tormenta hasta la última de las desgracias familiares. “Usté es demasiado vivo para quedarse acá”, le había dicho en sus primeros años, cuando él recién estaba en sus primeros años de escuela primaria, “se va a ir a la ciudad, a estudiar, aunque usté ahora diga que no, yo lo sé, usté se va a ir y no va a volver más”, “vendrá a veces, de visita”, la remataba, y él, aunque era pequeño, se enfurecía porque el viejo lo tenía como un destino cierto, no era un mandato, tampoco un designio familiar, era un destino. Y él se enfurecía porque no quería, no quería dejar esos mates tan ricos, ni las cuchillas reverdecidas por las que trepaba y trepaba y bajaba y corría y trotaba sin fin, como un mar de todos los verdes que se te pudiera ocurrir, como un mar de plantas, de pájaros, de bichas surtidas y de todos los seres vivientes que sabían crecer por allí…

Tampoco quería dejar las playas tibias y doradas, el río magnífico, las temporadas enteras nadando y nadando entre las islas y las riberas, siempre nadando, él no era de los que hacían remo, ni otra cosa, lo suyo era nadar y nadar, como un pescado más, como algún surubí que se perdió entre las costas, como un dorado magnífico destellando entre coletazos bajo los rayos del sol abrasador.

En esa época nunca se le hubiera podido ocurrir que la profecía del viejo era la cierta: él se vino a estudiar, a la ciudad. Nada más que por voluntad propia. Es más, renegando con los deseos de los viejos que querían que se quedara, para ayudarles, siempre hacían falta brazos nuevos en el campo, brazos de la familia, de la descendencia, sino llega una edad en la que ellos solos no pueden hacerse cargo de las tareas, son muchas y diversas, la faena, la cosecha, comprar y vender lo que se pueda, a mejor precio, siempre buscando ganar algo. En fin, como todo, como todos. Él no. Él se vino a estudiar para médico acá en la ciudad. Peleando con el viejo y con la vieja, es cierto, pero nunca peleando, esto también es cierto, con el abuelo Orestes, el abuelo que desde niño le había predicho que él se iba a ir y no iba a volver. Se vino a estudiar acá a los 18, hizo lo que pudo, pasó por pensiones tugurientas, hizo dedo siempre, para ir y para volver. Traía los salamines y la bondiola en el bolso, a la vuelta, la ropa limpia, que la vieja le lavaba, hizo tareas de cualquier cosa, mozo, limpieza, ayudante de cocina, camillero, etc. Ya cuando llegó a camillero fue quedando en el sistema. Vivía estudiando y trabajando. Poco a poco fue entrando, entre quinto y sexto ya empezó con alguna que otra guardia, algunas cosas más de enfermería que de medicina, pero pagas y en lo suyo, terminó de cursar, hizo el practicanato, rindió para la residencia, fue eligiendo especialidad…. En fin, todo lo que hace un médico que recién empieza a ser médico. Llevaba toneladas y toneladas de apuntes para estudiar en las guardias. Fue conociendo gente, haciéndose amigos de muchos que como él, eran de Entre Ríos o de otras provincias o de otros lugares más rurales que urbanos.

Siguió pediatría, se acordó de los niños de su pueblo, muchos enfermos, sin recursos para llegar al médico, sin alimentos, sin educación, sin facilidades para trasladarse hasta el hospital, muchos sin padres, los guachos que les dicen, siempre trabajando, trabajando, trabajando. Muchas veces los padres, si los tenían, los daban, los dejaban en algún campo, para que oficien de peones o de ayudantes de peones y vayan aprendiendo el oficio, y de paso que alguien los mantenga ya que ellos ya no podían hacerse cargo. La escuela no importa, si tienen para comer y un techo, ya con eso ya está bien, consideraban, y así, iban creciendo en casas que no eran de ellos, con gente que no era de su familia, y se iban haciendo, de suerte tal que a los 15 años ya eran hombres, hechos y derechos, y ya buscaban formar familia, para volver a hacer, con sus hijos, lo que sus mismos padres habían hecho con ellos.

Él venía de allí, un poco más acomodada, bastante diría, había sabido ser su situación: sus padres tenían un campo, chico, es cierto, lo trabajaban ellos, pero era de ellos, en realidad era del abuelo pero todos trabajaban ahí. Él terminó la primaria por ahí cerca y la secundaria la hizo a dedo, como pudo, salía a las cinco de la mañana, volvía a las seis de la tarde. Casi nunca faltaba. Estudiaba todo. Le gustaba. Tenía grandes amigos. Grandes novias. Todos los perdió cuando se vino a la ciudad. Iba a veces, de visita, como había sabido presagiar Orestes. Los años fueron pasando y ellos fueron envejeciendo. Las novias y los amigos se casaron o se fueron. Casi no tenía noticias ahora. De ninguno. El abuelo murió sin que él pudiera estar. El papá murió sin que él pudiera estar acompañándolo. Quedó la mamá, viviendo con la hermana, se fueron a la ciudad. A Concepción. Allí vivían. Ella era maestra y tenía trabajo ahí, formó familia con un muchacho de allí. Un buen hombre. Tuvieron tres hijos. A veces, cuando sus cortos tiempos libres se lo permitían, él se hacía una escapada para ir a visitarlos. Los sobrinos crecían, hermosos y felices. Como era él cuando era niño. Así de lindos.

Él no formó familia. Al menos hasta ahora. Tuvo algunas novias. Ninguna muy en serio. Las más serias sí querían tener hijos en seguida y él no. Él quería tener una posición más acomodada en lo profesional para poder hacerlo. Tampoco nunca estuvo muy convencido de querer tener sus hijos creciendo y viviendo en la ciudad. No sabía por qué, pero no le gustaba. Acá los chicos podían estudiar, pero no eran tan felices. No tenían mucho contacto con la naturaleza, ni con los animales ni con el medio ambiente. No quería tener chicos en un departamento. Odiaba eso. Siempre odió los departamentos, chicos, por los que siempre había pasado. Los espacios chicos, los amontonamientos de gente. No le gustaban. No para una criatura.

Y pasaba sus días entre las guardias nocturnas de los fines de semana, entre los turnos de sala, entre los chicos y las madres que a veces lo aturdían y lo asediaban, es cierto, pero que también es cierto que sus pacientes lo amaban, lo tenían como uno más de la familia, como uno más para consultar por todo, desde una gripe común hasta algún problema que parecía ser más serio. Tenía muy poco tiempo libre. Trataba de ir a correr o a hacer bici al parque, como tantos otros rosarinos que descansan o entrenan para algo. Para él, salir al parque era su forma de poder descansar, era su forma de no pensar en nada.

Pensar, pensar, pensaba cuando llegaba a los bordes de la noche, apagaba la luz de la mesita y empezaba a pensar en tantas cosas, en tantas cosas que le habían quedado en el tendal del candelero que no había llegado a resolver a lo largo del día, a lo largo de la semana, a lo largo del mes, a lo largo de la vida misma.  “Los restos diurnos”, diría papá Freud y ahí nomás, ahicito nomás, che, le empezaban a doler en las piernas los guascazos del abuelo Orestes, cuando lo corría, intrépido y ágil, persiguiéndolo por el medio del campo en donde había sabido crecer cuando era niño…

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