A los casi ochenta y cuatro años, Ivonne Bordelois acaba de publicar un libro que podría oficiar de una autobiografía que reúne tramos de su vida que van desde su infancia campera en Alberdi hasta el momento actual (el de una vejez lúcida, tratada en este texto con crudeza y honestidad, atravesada por un deseo que no por no satisfacerse en otros cuerpos ha perdido intensidad). Pero, a decir verdad, para Ivonne, que es una experta lingüista, no se trataría exactamente de un texto biográfico, porque el lenguaje nunca se adecuará cabalmente a lo vivido, no podrá hacerle su merecido honor. Y además, me explica, jamás se sintió capaz de respetar una línea cronológica a la hora de escribir (los desbordes de su manía diagnosticada y el enojo con un mundo hostil que la negó en su juventud hablan de que, seguramente, es mucho más que eso a lo que le ha perdido el respeto). Por todo esto y más, Noticias de lo indecible (Edhasa) es sobre todo el desafío de una síntesis: encontrar un solo color narrativo, una perspectiva única e imposible para todas las Ivonne que fue, que hasta ahora no han sido pocas: “La vida te ofrece muchas más alternativas que las que vos te inventaste. Mi vida ha sido siempre una serie de proyectos que fui descartando. Me aparecían otras cosas que llegaban casi siempre de modo azaroso. Había que ir por esos caminos”, dice. Uno de esos caminos, sin ninguna duda, es el que la ligó a su amiga Alejandra Pizarnik. No solo al que hizo junto a ella –acompañándola aquí y allá porque según dice, Alejandra no podía o no quería ir sola a ningún lado–, sino el que hizo después, cuando logró publicar tras varios intentos infructuosos, su correspondencia. Y desde siempre tan asociada ha quedado a la imagen de la que se negó a ser Flora (primer nombre de A.P.), que es difícil no pensar en este vínculo cuando se la nombra a Ivonne. 

¿El escritor Enrique Pezzoni decía que Alejandra estaba enamorada de vos, es cierto?

–Yo creo que era una idea ridícula de Enrique. Muchísimas veces he estado sola con Alejandra, acá y en París. Si ella estaba enamorada de mí, fue de una discreción extraordinaria, porque jamás me tocó un dedo. Yo soy medio descolgada y de golpe aparece gente… pero a veces ni me entero, estoy cerrada muchas veces. Yo soy heterosexual, me disculpo pero es así. Alejandra tenía relaciones con muchas amigas mías, estoy segura de que con ellas se mostraba de otra manera que conmigo. Una proyección loca la de Enrique. Y lo ves en sus cartas también; la cosa sororal entre nosotras fue muy linda, de gran confianza.

ALEJANDRA SIEMPRE ALEJANDRA

Ivonne habla muy rápido, trae a la charla un dato de color tras otro que mantiene a quien la escucha sostenidamente entretenidx. Tanto, que esa vivacidad obtura la emergencia de cualquier pensamiento que, de este lado, pueda interrumpir su hechizo comunicativo. Esa fogosidad es sin dudas la misma que ha logrado plasmar en las páginas de éste, su último libro después de El alegre apocalipsis (1995), Etimología de las pasiones (2005) y Del silencio como porvenir (2011), entre otros. Ahora, sentada frente a mí, en el inmenso escritorio de su departamento de barrio Norte, me conversa escoltada por una foto blanco y negro de Alejandra. Está a su izquierda, con el brazo derecho extendido, se balancea hacia un costado tomada del caño de una calesita. Tiene puesto un Montgomery, un pullover, unas botas y un pantalón. Y el pelo corto, como lo ha llevado siempre. “Era una especie de adolescente andrógino –dice Ivonne–. Un muchachito. Además se vestía de esa manera. Un día la acompañé a comprar una aspirina. Llevaba unos pantalones rojos, muy apretados. Era muy flaquita y nada provocativa, pero era rara. Y todos la miraban. Entonces ese día en la farmacia me dijo: ¿viste que una mujer no puede estar usando anteojos?  No le estaban mirando los anteojos sino atrás”.

Y la imitás así, con acento extranjero...  ¿hablaba de esa forma?

–Sí, de una manera como muy extranjera. Era extranjera. Tenía mucho hechizo en la voz, podía servir para el humor por esos entrecortamientos inesperados, pero al mismo tiempo cuando te decía algo profundo resonaban unas cavernas viejísimas. 

Siete veces te rechazaron la propuesta de edición de su correspondencia, ¿por qué?

–Yo me agarraba la cabeza. En el 94 había mucho interés en Alejandra, vos ibas a la librería y estaba la edición de Corregidor y veías los libros bajar de una pila inmensa, a la semana no había ninguno. Ella era muy leída y yo me daba cuenta de que la gente joven iba a tener interés de leer otros materiales sobre ella. Siete editoriales me bocharon, no podía creerlo. Al principio, Planeta me cajoneó pero después vino Paula Pérez Alonso que encontró el libro en la oficina y me dijo que le parecía interesante. Se vendieron 2000 ejemplares en dos semanas. Y lo que me dio bronca es que después vino la crisis y no pudieron reimprimirlo enseguida.

En tu libro hablás de Un cuarto propio y del silencio de la crítica, que Virginia Woolf adjudicó a su “feminismo enfático”. Pensaba en las cartas de Silvina Ocampo, parte de la correspondencia de Alejandra. ¿Habrá habido resistencia editorial a ese “lesbianismo enfático” entre ellas?

–Las cartas de Silvina fueron las últimas en llegar, porque Bioy tardó mucho en encontrarlas. Eso era típico del desbole total en el que vivían Adolfo y Silvina. Un día me llaman las mucamas de Adolfo y me dicen que en medio de una pila de toallas las habían encontrado. Ahí corrimos y nos dieron los originales. Cosa que nadie te daba. Fueron muy cerradas las editoriales, te decían cosas como que las correspondencias no interesan.

Se mantuvo mucho silencio sobre su sexualidad…

–No después de la publicación de sus diarios. Ella era bisexual, cuando la conocí estaba más del lado de las parejas con varones. Y después de más grande se tiró más a las mujeres, con quienes vivió las relaciones más pasionales y desgarradoras. Es muy triste porque se le daban muy mal. Ella tenía unos rencores y resentimientos terribles.

Decís que Alejandra vino a comunicarte el sentimiento de inadecuación del lenguaje y la inadecuación del mundo respecto de nuestros deseos.

–Es así. Era una persona colocada en el extremo. Ella decía yo no quiero decir, quiero entrar, necesito más que la palabra para perforar el silencio que me rodea. Al mismo tiempo se sentía totalmente abandonada por el mundo: qué diría el mundo si dios lo hubiera abandonado así, como me abandonó a mí, decía. Tenía una sensación de total desamparo. Cuando me preguntan por qué se suicidó, yo digo que la pregunta es por qué no se suicidó antes, desde chica tenía esa cosa de alejamiento metafísico, y como una especie de inseguridad total a cerca de sus poderes de mantener una relación que la alimentara, que la sustentara…

¿Una relación amorosa?

–Sí, una relación que la constituyera. Cuando vos mirás las cartas de Octavio Paz y las de Silvina y de Italo Calvino, la mejor gente de esa generación, son maravillosas, la ponen en un lugar de admiración, te preguntás cómo eso no la llegó a resguardar. Ella no se podía apropiar de ese cariño, creo que arrastraba algo desde la infancia, muy profundo y desdichado, sino no se explica.

¿MANÍA O MAGIA?

“Cambridge, Estados Unidos, 1972. Recuerdo mis pasos resonantes en el sol de Mass. Ave., como sí avanzara por el centro de una catedral iluminada arrastrada por un puro viento de certeza y felicidad. Acababa de recibir una felicitación extraordinaria de parte del director del departamento de lingüística de MIT, donde desde hacía cuatro años batallaba por concretar una tesis que avalaría mi competencia en ese campo. Lejos estaba de imaginar que lo que estaba experimentando en el momento no eran sólo los efectos de una imaginable euforia luego de un largo período extraordinaria presión afectiva y laboral, sino los primeros embates de la manía depresiva, una montaña rusa psíquica y moral que me perseguiría y desgastaría durante muchos años”. Así comienza el séptimo capítulo de Noticias de lo indecible. En las páginas que siguen, Ivonne narrará el paso por esta experiencia que para ella no solo está lejos de ser reducida simplemente a un estado patológico sino que se asemeja bastante a su liberación: “En sus fases positivas, es la revelación de un contacto posible con la energía del Universo que se experimenta como un ciclón: un rayo, un fogonazo difícil de impedir y de transmitir. Es como si las poderosas tapas biológicas y culturales que pesan sobre la conciencia explotaran de golpe y brotaran recuerdos anquilosados, figuras arquetípicas fulminantes y deslumbrantes torrentes de intuición que auguran nuevas formas de pensar”, escribió en las conclusiones de este capítulo, donde queda claro que si hubo un sufrimiento en estos años locos no parece haber brotado de su interior, sino del mundo.

Una de las escenas más fuertes del libro es cuando vas caminando y hablándole a un muñeco de trapo, para asustar a la gente y vengarte de la invisibilidad a la que decís que te habían condenado.

–Sí. Eso es de escorpiana, vengarme. No sabés cómo disfrutaba de ese momento. Me alegraba sembrar el pánico. Hubo una persona que me vio y corrió a decirle al psiquiatra. Choca mucho. Una vez vi en la calle a una mujer que hacía eso y ahí me di cuenta hasta qué punto es una cosa perturbadora.

También decís que la invisibilidad te condujo a la cleptomanía. Es otra forma de venganza, robarle al mundo lo que el mundo te robó…

–Era una especie de justificación que yo me había hecho. Era muy atrevida, había una cosa medio suicida porque yo nunca robaba cosas que pasaban desapercibidas, eran valiosas, grandes, coloridas. Me robé una valija grande y colorada. Robé una chaqueta preciosa en Dior. Las robaba en las boutiques de Boston. Muchas veces lo hacía para regalar. Yo tenía soltura, no me escondía para hacerlo. Fue una especie de preludio de la manía. 

¿Cómo decís que definía tu psiquiatra holandés a la manía?

–Como el descubrimiento de los dones escondidos, así como la depresión es el descubrimiento de las limitaciones. La manía es una cosa muy histriónica, vos estás todo el tiempo exhibiéndote y desafiando. Te da una euforia dominante, lo que sentís es que no viene de vos, es como un huracán que te viene de afuera. Estás en contacto con una energía que no es solo tuya. Te ponés en peligro, pero también está la parte positiva. Yo soy muy torpe y de golpe  podía tocar el piano de oído, cosa que ahora no podría. O ganar un partido de ajedrez sin haber jugado antes. Lo que se llama educación actúa como una costra que no te deja pasar un montón de potencialidades. 

En el libro vos hacés solo una referencia a una situación amorosa personal: en la vejez y nombrás a esa persona como H., sin género. ¿Por qué decidiste omitir el tema?

–Porque no tenía necesidad de exhibir. Era un tipo casado que había tenido varias aventuras y no tenía ningún interés de nada con él. Ahí es cuando yo digo esa focalidad que unx tiene de joven con lxs amantes, que todo el universo desemboca en una persona y te gusta conversar y hacer el amor, viajar, con el tiempo eso se va limando. El universo no puede desembocar en una sola persona sino que tenés el mundo a disposición. Freud decía que el enamoramiento era una locura. Por supuesto que la gente te gusta pero es muy diferente el tipo de atracción que tenés. Y además te sabés vos no deseable a través de la mirada de lxs otrxs. La gente ya no te mira. Eso me costó mucho, porque todavía estás deseante. En algunas ocasiones cuando alguien te tira un poco las harpas, te das cuenta que todavía existís sexualmente.

¿Te sentís deseante?

–Sí, pero no de una manera focal. Te halaga mucho que una persona te llame o tenga una atracción. No me iría a la cama. Pobre persona (Risas). Lo que no se te apaga mucho es el deseo por la belleza. Ver películas o cruzar por la calle a una persona muy linda. Me ha pasado de parar a una chica por la calle y decirle: ¿Cómo hacés para ser tan linda? Me dijo “qué amorosa”, le di un beso y salió corriendo. Pero no era un avance mío ni mucho menos. 

En un momento del libro decís: Me llevó más de sesenta años el transformarse de la sexualidad. ¿De qué hablás?

–Más que nada el apagarse de la sexualidad. A eso me refiero. Una sigue funcionando a esta edad. Seguís masturbándote y la pasás bien, eso continua por siempre. Pero ya no es lo mismo. No se puede activar lo recíproco. ¿Qué te pareció el capítulo en que hablo de la vejez?

Es precioso…

–Es como una advertencia de lo que uno va sintiendo. En un momento despotrico contra lxs viejxs que te chupan la energía. Mucho amor por la vejez pero de golpe te hinchás. Se te pegan, es una cosa horrorosa. Después está el tema del desengaño. Desengaño es una palabra que existe nada más que en español. Es con respecto a unx mismx, que unx se embaló con algo que después se da cuenta que no es. Ves una vidriera llena de libros y decís: Ya no me agarran más. Entrás a una fiesta donde hay toda gente elegante y brillante, y te decís: Ya no me agarran más. Lo que queda es ese fundamento de la belleza y la naturaleza, el universo te sostiene, ahí no hay ningún velo. Quería que quedara con el libro lo que ha sido mi experiencia y que de alguna manera yo aprendí a ser feliz después de los sesenta años. 

¿Recién a los sesenta?

–Estuve asustada toda la vida de mí misma, de esa manera de exponerme, de golpe todo eso se serenó gracias al psiquiatra que tuve en Holanda, que me dio una visión tranquilizante. Yo siempre tuve sentido de las protecciones, una especie de arcángel que estaba a mi lado. Una tiene esa fuerza de contenerse frente al abismo, pero también hay protecciones, medio providenciales. Solo las tenés que convocar y aparecen.   

¿Qué es lo indecible Ivonne?

–El poeta siempre se encuentra en la frontera de las cosas que todavía no están dichas y que hay que perforar ese muro e ir avanzando, a cerca de los temas, del lenguaje. Con este libro yo no quiero ni condenar ni celebrar, sino preguntar…

¿Preguntar qué?

–Muchas cosas. Por ejemplo: ¿qué deteriora más una literatura, los infames que son proclamados genios o los genios que no han sido nunca advertidos como genios? Esa es una pregunta que a mí no se me contestó. Es un libro que indaga sobre lo que todavía no está pensado como generación, mi generación no habla de estas cosas subyacentes y profundas.