arte
Con las manos en la arcilla
Al rescate de la escultora Alicia Penalba en una muestra que pretende abarcar sus múltiples registros y reivindicar su trabajo a mediados de los 60.

En la explanada del Museo de Arte Latinoamericano (MALBA), cuatro nuevas esculturas reciben al visitante. Se trata de cuatro obras de la escultora argentina Alicia Penalba. Lo que se ve en la entrada no es más que la bienvenida a la muestra de sus esculturas abstractas que tiene lugar en el primer piso del museo como parte de su proyecto de dar visibilidad a las creadoras mujeres que, por distintos motivos, no tuvieron hasta ahora el reconocimiento que se merecen.
La obra de Penalba ocupa un lugar en la historia del arte por la creación pionera de sus esculturas abstractas. Sin embargo, la escultura no fue la primera opción de la artista. Nació en San Pedro en 1913 y pasó su infancia recorriendo los grandes espacios que van de la Patagonia a la cordillera de los Andes, moviéndose a causa del trabajo de su padre en la construcción de ferrocarriles en América Latina. En Buenos Aires estudió pintura, soporte en el que realizó sus primeros trabajos. Una beca del gobierno francés la llevó a París en 1948 y allí su historia cambió de rumbo. Durante varios años trabajó en el estudio del escultor ruso Zadkine, lo que determinó el inicio de su trabajo como escultora, admirada por el mismísimo Giacometti.
En la muestra de Malba, curada por Victoria Giraudo, se pueden apreciar cuarenta piezas que abarcan distintas obras pertenecientes a series clasificadas según sus formas: totémicas, aladas, monumentales y petits. Así es, durante los años 50 y principios de los 60, Alicia Penalba concibió diferentes series de obra: verticales o totémicas, por elementos separados, caracolas, aladas, dobles y formas voladoras. Con estas tipologías experimentó en múltiples repeticiones, ritmos, variaciones y cambios de escala; buscó contrastes entre texturas, brillos y opacidades, lo rústico y lo refinado. También alternó con la materia pesada de la arcilla fundida en bronce o en cemento y jugó con el resplandor del dorado pulido, el acero inoxidable y la alpaca.
En palabras de Victoria Giraudo: “Trabajar con las manos en la arcilla, e involucrar todo su cuerpo y su mente fue catártico: su obra se convirtió en vehículo de canalización de sus obsesiones. Alicia recurrió a los recuerdos de evasioìn solitaria de su infancia, a la relacioìn simbioìtica que había establecido con la imponente naturaleza de los diferentes lugares que le tocó habitar. Lo mineral y lo vegetal le permitieron espiritualizar simbólicamente su erotismo primitivo y liberarse en formas autónomas y orgánicas que fueron buscando cada vez más el vuelo y la inmaterialidad espacial”.
De las primeras maquetas de sus exquisitas obras petits, pasó a lo largo del tiempo a trabajar en conjunción con la arquitectura y así concebir una versión de sus mismas obras pequeñas en monumentales piezas destinadas al espacio público, tales como las que se pueden ver hoy en el ingreso de MALBA. Penalba no sólo experimentó con numerosos materiales, sino que se animó a todos los tamaños, siendo el más pequeño el que aplicó a la creación de sus joyas.
Sus esculturas como trompos o como cuerpos alados destilan una sensualidad oscura que atrapa, hipnóticamente, a quien recorre con aplomo la sala donde ahora se exhiben sus obras y una exposición de este orden es la primera que un museo argentino le dedica a su creación en forma tan exhaustiva. El erotismo está siempre latente en cada una de sus piezas, donde la pasión de su creadora se plasma en la caricia con la que construye sus obras seductoras.
Artista intensa y determinada, esculpió su primera escultura abstracta en 1951 y en ese mismo momento destruyó toda su obra anterior, de la que no quedan rastros. Murió en Francia en un accidente automovilístico, en 1968. ,

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