visto y leido
Palabras para todas
Relatos explosivos con mujeres que escapan al estereotipo en una pluma de feroz rigor narrativo: eso es Manual para mujeres de la limpieza.

Nació en Alaska en 1936 y pasó sus primeros años en asentamientos mineros en el oeste de Estados Unidos. Fue una adolescente rica en Santiago de Chile que se dejó encender su primer cigarrillo por un príncipe de veras (lo dice en uno de sus cuentos). Fue madre de cuatro hijos. Abandonó a sus tres maridos o ellos la abandonaron. Vivió en México, Arizona, Nueva York. Sacó adelante a su familia trabajando como enfermera en Urgencias, mujer que limpiaba casas, telefonista en la central de un hospital. Fue amiga de poetas como Denise Levertov y Diane di Prima. Como ellas, tenía su ojo puesto en escribir sobre las mujeres fuera de todo imaginario idílico. Además tomaba alcohol, como su madre, como su abuelo. El asunto le trajo problemas. Pero al fin Lucia Berlin logró vencer su enfermedad: con el tiempo se transformó en profesora y escritora residente en la Universidad de Boulder. Publicó seis libros de cuentos. Y sin embargo, recién ahora el mundo habla de ella.
En sus retratos aparece como una mujer hermosa con ojos color diamante. Una Liz Taylor más intima, que fuma y sonríe como una amiga capaz de enviarte su polaroid por correo con un mensaje que podría ser: “Estoy leyendo Jane Austen. Su prosa parece música de cámara, pero es auténtica y divertida al mismo tiempo”. Hay algo coloquial pero también poético y cercano en su escritura. Berlin parece comprenderte si confesás que de madrugada salís a buscar alcohol al kiosko más cercano, si deseás al hombre equivocado, si contás que abortaste o que sos indocumentada y mataste a tu hijo sin querer. Porque todo eso está en sus cuentos de raíz autobiográfica: cosas que ella vio o vivió en toda esa vida que fueron, en verdad, muchas vidas. De allí que Manual para mujeres de la limpieza –el libro que reúne sus relatos- sea un artefacto explosivo debajo de su tapita rosa. 
El cuento que da título a este volumen es el diálogo entre unas empleadas que vuelven en colectivo de limpiar residencias de ricos. La protagonista cuenta el escándalo que armó una psiquiatra cuando ella, la empleada, le regaló una blusa negra de lentejuelas a su hija de cuatro años, la pequeña dueña de casa. “La doctora Blum puso el grito en el cielo y dijo que era sexista. Tiró la blusa a la basura. Conseguí rescatarla y ahora me la pongo de vez en cuando, para engalanarme”, suelta con aire casual. 
A través de esas anécdotas que parecen casi un accidente, Berlin obtiene momentos de bellísima elocuencia para decir lo que piensa. Ahí cabe la risa, sí, pero también la oscuridad. No necesita subrayar ni una cosa ni la otra. Es suficiente si espera su turno en una lavandería junto a un indio en Nuevo México mientras se mira las manos: “horrendas manos de edad, dos cicatrices. Manos nada indias, manos nerviosas, desamparadas. Vi hijos y hombres y jardines en mis manos”. De todos modos, cuando las cosas se ponen difíciles, ella sabe enmascararse para que el relato ocupe el centro de la escena. Es el caso de “Dentelladas de tigre”, que transcurre en una clínica de abortos en El Paso.
Amaba a Chéjov y fue comparada con Carver por su estilo despojado, como explica Lydia Davis en el prólogo. Pero sobre todo, la autora de Ni puedo ni quiero subraya lo importante que es el rescate de estos cuentos. Apenas visibles hasta ahora, fue necesario que su editor Stephen Emerson los recopilase en un solo libro: finalmente están siendo un boom en Estados Unidos y se editan por primera vez en español. 
Berlin tiene esa mirada punzante que Davis reconoce como inspiración, esa brevedad tan lúcida en algunos textos como “Mi Jockey”, de apenas cinco párrafos. Y su sentido del humor evoca al de Dorothy Parker (que también tuvo períodos bravos con el alcohol). Falleció en 2004, justo el día de su cumpleaños. Sincera, profunda, mordaz, llegó para ocupar su trono, hecho de todas las geografías que habitó, de todas las palabras que hizo suyas para que también sean nuestras.

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