Un relato en primera persona
La sorpresa de reconocerse en un nombre
Hoy se conmemora el Día del Derecho a la Identidad y las Abuelas de Plaza de Mayo cumplen 41 años.
Imagen: Guadalupe Lombardo

Rodolfo no es un nombre lindo. Ni siquiera es un nombre común. ¿Cuántos Rodolfos conocen personalmente? Yo solo conocía uno: el tío de un amigo.

Antes de abril del 2000 jamás hubiera reparado en contar los Rodolfos. Fue en esa época que dos llamados telefónicos (anónimos) a la casa de las Abuelas de Plaza de Mayo daban por terminada una búsqueda de 21 años. El resultado: yo no era un Guillermo, era un Rodolfo.

Durante varios años me resistí a usar ese nombre que, según varias sobrevivientes de la ESMA, fue el que me puso mi mamá al parirme en el sótano del Casino de Oficiales. Casi veintisiete años después, volví a ese lugar de la mano de quien hoy es mi esposa y de mi abuela Rosa. Ese día era especial: junto a nosotros también recorrían el predio Baltasar Garzón, Cristina Fernández de Kirchner (que no se apartó de nuestro lado en ningún momento) y varios sobrevivientes y familiares. Entre ellos Miriam Lewin, que militó con mis padres, estuvo secuestrada en ese mismo lugar y fue testigo de mi nacimiento.

Recorrimos cada lugar del Casino, hasta llegar al sótano. Es un lugar gris (con una atmósfera enrarecida que te contagia de cierta angustia y opresión en el pecho) que se encuentra totalmente vacío. Es muy difícil imaginar cómo estaba subdivido en aquellos años y fue entonces que me atreví a preguntarle a Miriam: ¿dónde nací?

Ella se quedó en silencio, mirando los ventiletes que aportaban la escasa iluminación natural con la que contábamos. Entonces supuse que no me había oído o que, simplemente, no quería contestarme y me di la vuelta para salir.

–Ahí, Rodolfo. ¡Vos naciste ahí! –dijo, señalando el ventilete número 4 desde las escaleras. 

La sorpresa no fue saber el lugar preciso donde estaba la enfermería en 1978 en el sótano de la ESMA. La sorpresa fue haberme dado vuelta por primera vez al ser llamado Rodolfo. Sentirme identificado con ese nombre, con mi nombre. En ese lugar, donde por primera vez salió de los labios de mi mamá, 26 años después me reencontraba con mi identidad.

Sé que la identidad es algo más que un simple nombre. Es un cúmulo de distintos factores que se enlazan para definir quien sos. En mi caso, yo tuve durante 21 años una identidad. Falsa, es cierto, pero eso yo lo desconocía. Tener que descomponerla y reconstruirla no fue una tarea fácil. 

Aceptarme como una persona distinta a la que creía que era es un proceso por demás difícil.

Comprender la figura del detenido/desaparecido, reconocerme como uno. Saberme víctima de delitos de lesa humanidad es, también, difícil.

Asumirme hijo de unos padres que solo son mayores por un lustro es difícil pero, mucho más difícil, es saber que (actualmente) mis padres son 15 años menores que yo. Resulta incomprensible. Imaginarlos e imponerle cierta movilidad a las (pocas) fotos que me supieron dar, fabricarles gestos, idealizar sus personalidades tan solo con los retazos de recuerdos que ciertos privilegiados tienen de ellos, es difícil.

Admitir que todo esto que estoy contando no es ciencia ficción sino que es mi propia realidad también es difícil. Todo es demasiado difícil, pero no imposible. 

Imposible hubiera sido vivir tantos años con la duda, legarles a mis hijos una identidad falsa y soportar la culpa de no haber podido conocer a mi familia.

Yo sé que no suenan muy alentadoras mis palabras, que dejan ver todas las dificultades que tuve que atravesar para ser quien soy, conocer mis raíces y asumir mi historia. Pero les puedo asegurar que elijo volver a pasar por todo lo que pasé con tal de tener el bien más esencial y preciado que cualquier persona puede tener: su propia identidad, aunque Rodolfo no sea un nombre lindo.

Guillermo Rodolfo Fernando Pérez Roisinblit es Nieto restituido por Abuelas de Plaza de Mayo en el año 2000; @guillogo_. 

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