Platos fuertes
En La cena de Electra, Nelson Specchia presenta diez cuentos donde la narración de las crueldades humanas no se contraponen a las sutilezas del lenguaje, las pinceladas de humor y un registro de narrador casual que suma encanto a la propuesta.
Imagen: Rafael Yohai

Combinar los cuentos en un libro como quien enhebra las perlas de un collar comparte algo del arte culinario tan presente en este volumen de Nelson Specchia, comenzando por su título, La cena de Electra. Tiene que ver con la creatividad y con lo más concreto de los alimentos y, también, con los pequeños detalles, los sutiles desvíos, el uso de ingredientes bien diversos. Pero -atención- lejos estamos de ese cruce hiper trajinado de literatura y cocina a la manera de Como agua para chocolate y sus innumerables secuelas. Aquí, la comida es un arma de doble filo, entre el goce y el dolor. Y en cuanto al arte de combinar los cuentos, lo primero que puede decirse es que el modelo elegido por Specchia responde al de una astuta acumulación hecha con un tono casual que bien representa el espíritu de los textos.
Nelson Specchia es politólogo y tiene una larga carrera académica. Nació en Chaco, vive en Córdoba y por trabajo y estudio anduvo por muchos países. En una reciente entrevista de Silvina Friera en Página/ 12 comentó acerca de algunas fuentes muy arraigadas en él: “Borges, lo flamenco, lo español, las posibilidades del lenguaje, mi abuela Josefa, todo ese paquete creo que da ese tono que cruza el libro y que es muy trabajado”. 
No se trata aquí de rebuscarlas y detectarlas una por una pero es evidente en cuanto a la presencia de “lo español”, algo que sin duda lo pone en una zona de originalidad en una narrativa como la nuestra, absolutamente refractaria, precisamente a “lo español”, de lo que suele huirse como si fuera la misma peste cuando en verdad la literatura española, guste más o menos,  fue siempre víctima de una encarnizada campaña de desprestigio. Uno de los grandes textos del libro (“El dedo de Teresa”) recrea la figura y el destino físico de Santa Teresa de Ávila narrada por la mano de un sacerdote. Y “La dulce mano de los ogros”, que a pesar de su título no está narrada por otra mano, es un llamativo noir español. También hay cuentos que como “La rebelión de los insectos”, el ferozmente perturbador “La revancha del agua” o “Meigas fora” (este último también situado en tierra ibérica, en Galicia) abrevan en un naturalismo tan exacerbado como estético, una acuarela fuerte que casi disuelve el efecto realista. Y también hay una innegable marca borgeana que sobrevuela por casi todos los cuentos y asienta sus reales en “La huida es un sueño verde”, donde unos hermanastros terminan enfrentados por el amor de una mujer, en un notable drama rural. Así que más o menos todo lo que declaraba Specchia es razonablemente verosímil y le da un efecto de conjunto al libro aunque su heterodoxia y efecto de diversidad anecdótica es lo que nos interesa poner aquí en foco; cómo puede cambiar del tono espesamente opresivo y trágico de “La revancha del agua” a la levedad humorística, casi pinceladas fragmentarias de escritura de “Joaquín, el necio” y “Siete vidas”. En el primero de esos cuentos aparece una primera persona totalmente cercana a la figura del autor, que convive pacíficamente con la mano que mece a Santa Teresa o  con los tonos de otros narradores. En su registro menor, sin embargo, “Joaquín, el necio” es una pieza extraordinaria donde Specchia muestra su capacidad para utilizar al mismo tiempo todos los colores de los registros más diferentes. 

La cena de Electra Nelson Specchia Edhasa 141 páginas

Es lógico en este repaso dejar para el final el cuento final, el que hace explícito el énfasis culinario, da título al volumen y que recibiera el Premio Internacional Max Aub de Cuento (¿cuál si no?). En “La cena de Electra” parecen confluir deliberadamente tonos, matices, detalles que serpenteaban por el resto del volumen, simbolizando quizás sin quererlo ese trabajo abierto y heterogéneo con la forma cuento que sitúa a Specchia no en la vereda opuesta pero sí en otro lado diferente a los cultores de cuentos más “técnicos” o rígidos, más apegados a leyes ya transitadas. La ductilidad para pasar de la mesa familiar a la ferocidad escatológica no sólo es un rasgo de la seductora y atractiva Electra Yrazusta sino del narrador del libro, inclusive, a pesar de tratarse de un cuento de final con efecto sorpresa; este se relativiza por todo lo contado hasta ese momento, que tiene mucho peso propio y no es sólo una excusa para potenciar el desenlace, algo que quizás sí sea criticable en “Meigas fora” donde el desbalance queda al descubierto. A propósito, “La cena de Electra” está dedicado a la gran escritora cordobesa Cristina Bajo, algo que más allá del dato personal no debería llamar la atención, ya que se trata de una narradora que maneja a la perfección el arte de volver sutil la narración de las crueldades personales y las de la Historia.
La cena de Electra es un conjunto de textos muy disfrutable que también parece destinado a sumarse a una cadena de libros del género que resisten sanamente al canon del futuro aunque merecen relecturas y actualizaciones como El ganso parlante de Fernando López o El placer inglés de Javier Torre, destellos elegantes y solitarios de un género que aunque pueda tentarse con los efectos especiales está muy lejos de la extinción o el agotamiento conceptual que se le pronostica hace mucho tiempo.

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