Travolta en la galería

En algún momento de 1978 se lo pudo ver a Travolta en la galería Rocha de La Plata. Era un morochito más bien bajo, peinado como su ídolo, que se ponía a bailar cuando en la disquería Paleo sonaba “Stayin’ Alive”.
Ahí nomás le armaban ronda y el negro bailaba. Era muy bueno, había sacado el paso al detalle.
Pero había algo que no andaba bien ahí. Cuando al pibe le preguntaban el nombre, respondía “Tony Manero”. 
La escena se repitió durante unos cuantos días, y los comerciantes de esa galería empezaron a tomarle el pelo a este lunático. Lo tenían de mandadero, le hacían encargues absurdos, como llevar dos tarros de pintura de un lado al otro. El loco iba y venía con la pintura, desorientado, de una galería a otra, ya que estos comerciantes tan geniales se habían pasado el dato de que había alguien digno de su burla.
En eso volvía a sonar en la disquería la canción salvadora, y ahí sí, Manero en su mejor forma lustraba las baldosas a puro fandango.
Pasó la moda de la película y el chiflado no apareció más. La tierra se lo tragó. 
Los comerciantes de la galería volvieron a su tedio habitual. 
Los mufados que caminábamos sin rumbo por esa ciudad vacía volvimos a nuestras cavilaciones. Escuchábamos Ondas, un programa de rock y textos raros que salía los domingos por Radio Universidad. 
Era 1978, y en los parlantes de las galerías sonaban Donna Summer, Gloria Gaynor, Bee Gees, KC & The Sunshine Band. 
No había lugar para nosotros. Tampoco para el pobre Travolta, pero él no lo sabía. Dios lo tenga en su santa gloria.


Este texto pertenece a Cerrá cuando te vayas (Club Hem), libro de evocaciones breves y contundentes, en los que el poeta platense Horacio Fiebelkorn recuerda su adolescencia y juventud rocker y callejera en la ciudad de las diagonales.

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