El informe de la Cámara Argentina del Libro muestra que las ventas cayeron entre un 25 y 35 por ciento desde el 2015
Epílogo
La crisis pegó de lleno en la industria cultural. La Cámara Argentina del Libro reveló que las tiradas cayeron a la mitad y las ventas, hasta un 35 por ciento. Además, se perdieron un 20 por ciento del empleo en editoriales y cinco mil puestos en la industria de impresión
Imagen: Pati-Jorh

La preocupación, como la tristeza, no tiene fin. Aunque la frase no fue formulada literalmente como se generalizó por el mundo, “es la economía, estúpido” –célebre mantra de la campaña electoral de Bill Clinton en 1992–, se transformó en epítome de la importancia crucial de la economía en la arena política. La Cámara Argentina del Libro (CAL), una de las entidades del sector que aglutina a más de 500 representantes de medianas y pequeñas editoriales, presentó un informe sobre la situación del libro argentino. Todo se desploma más, una caída que tampoco parece tener fin. Por primera vez en estos últimos tres años disminuyó la cantidad de títulos publicados; la baja de ejemplares de la primera tirada se redujo un 50 por ciento; el descenso en las ventas oscila entre un 25 a un 35 por ciento; 35 pequeñas librerías cerraron en todo el país, otras 30 librerías independientes cerraron sucursales, fueron absorbidas por cadenas o debieron reducir sus espacios; hay unas 80 librerías que están en crisis y con problemas en la cadena de pago. Para lanzar más leña a este panorama, la pérdida del empleo en la cadena de valor del libro arroja un 20 por ciento menos de empleo directo en el sector editorial, un 15 por ciento menos de empleo indirecto; en el sector librero la disminución del empleo indirecto alcanzó el 15 por ciento y en la industria gráfica el número de trabajos perdidos es demoledor: 5000 empleos menos.

Diana Segovia, gerenta de la CAL, se encargó de presentar el informe, acompañada por Graciela Rosenberg, de Lugar Editorial, presidenta de la CAL; Martín Gremmelspacher, del sello Bonum, vicepresidente 1°; Luis Quevedo, de Eudeba, vicepresidente 2°; Isaac Rubinzal, de Rubinzal Culzoni, secretario; y Ezequiel Bajder, de Vestales, protesorero; Ecequiel Leder Kremer, de la Librería Hernández, vocal; María Teresa Carbano, de Imaginador Ediciones, primera presidenta mujer de la Fundación El Libro (FEL), y Gabriel Waldhuter, distribuidor, librero y editor, tesorero de la FEL. Hasta octubre de 2018 se publicaron 23.000 nuevos títulos, para fin de año probablemente la cifra alcance 27.500 ejemplares, una “pequeña” caída en la producción si se compara con 2017, 28.440, y con 2016, 27.912. Lo que se desplomó significativamente es la cantidad de ejemplares de la primera tirada. Hasta ahora hay registrado alrededor de 36 millones de ejemplares y la proyección para diciembre es de 42 millones. La cifra implica un 20 por ciento menos que el 2017, 51 millones, y un 45 por ciento menos que el 2016, 62 millones. “Estamos con la mitad del mercado de la producción  de la primera tirada en relación al 2015”, resume Segovia. En cuanto a quiénes realizan las publicaciones, el SEC (Sector Editorial Comercial) producía entre el 35 y el 40 por ciento de las publicaciones, pero ahora está más chico, con un 32 por ciento y 7205 títulos. Lo que crece es la autoedición, que antes era del 11 por ciento y ahora está en un 15 por ciento. Dentro del SEC la cantidad de títulos publicados hasta octubre de 7.205 llegaría a 8.200 o 8.400 títulos en diciembre, cuando en 2017 se publicaron 9841 y en 2016, hace dos años, 9806. 

“Las grandes empresas han bajado la producción de nuevos títulos”, confirma Segovia y agrega que en los ejemplares impresos el asunto se agudiza más: en 2016 se publicaron alrededor de 21 millones de ejemplares, en 2017 unos 19 millones y para 2018 el proyectado alcanzaría los 14 millones, con lo cual la caída es un 30 por ciento menos. Waldhuter aclara una cuestión: “Como pequeño editor que soy, tengo el plan adelantado dos años, yo ya sé qué voy a publicar de acá a dos años. Este año no compré derechos, o sea que me imagino que el año que viene también se va a empezar a notar esta baja en los títulos publicados”. En cuanto a las ventas, en un contexto cada vez más recesivo y de reducción abrupta del consumo interno, el descenso acumulado desde 2015 hasta hoy oscila entre un 25 a 35 por ciento menos de unidades vendidas. La caída promedio en 2015 fue del 5 por ciento, en 2016 del 10 por ciento, en 2017 un 8 por ciento y en lo que va del 2018 la caída promedio es del 12 por ciento. El empleo en la cadena de valor del libro en los dos últimos años tiene números negativos. En el sector editorial hay 20 por ciento menos de empleo directo y un 15 por ciento menos de empleo indirecto; en el ámbito librero, el empleo indirecto disminuyó un 15 por ciento y en la industria gráfica se perdieron más de 5.000 puestos de trabajo, según la cifra que difundió la Federación Argentina de la Industria Gráfica y Afines (Faiga).

La lenta agonía

“Ninguna librería pone un cartel en la puerta diciendo estoy en crisis. El número de librerías en crisis crece día a día; son pequeños actos que van haciendo que se demoren los pagos en el largo plazo. No es que mañana cierra una librería, es una agonía lenta”, explica Gremmelspacher, editor de Bonum, y Segovia ilustra con un dato más: “Hay librerías que están entregando cheques a marzo del año que viene por ventas que se hicieron en julio de este año”. Leder Kremer, de Librería Hernández, compara la compleja situación del presente con la última crisis coyuntural que atravesó el sector. “Es el peor momento de los últimos 35 años de la era democrática, salvo en la crisis de 2001, que fue algo mucho más acotado. Las librerías no cerramos de un día para el otro, la agonía es lenta, sobre todo por el modelo de comercialización del libro que existe en la Argentina. Pero además porque los libreros tienen un stock antiguo y esto desde el punto de vista cultural tiene un impacto fuerte cuando se cierra una librería. El librero no es solamente un comerciante, sino una persona que atesora, cuida; es el preservador del legado bibliográfico editorial. Eso también se pierde cuando una librería se extingue. La extinción es el grado más importante de la crisis, pero no hace falta cerrar para que una librería esté francamente en crisis”, advierte el librero y completa un cuadro de situación que se torna más dramático. “Los libreros tenemos muchos proveedores porque Argentina es un país que produce libros muy bien, con mucha excelencia. Los 22 mil títulos históricos que produce el sector editorial, buena parte de los cuales van al sector comercial, implica que los libreros tenemos una masa crítica muy importante para trabajar y para ofrecerle a los lectores. Por eso el sector editorial ha sido tan resistente históricamente a crisis económicas. Pero hoy estamos muy preocupados porque vemos que no podemos tener una resistencia blindada porque los editores están haciendo menos títulos. Cuando caen los títulos, significa que la expectativa de venta de los editores también cae”.

Cambiemos el plan económico

“¿Cuál es el origen de esta situación? ¿Es un problema técnico? ¿Estamos ante un cambio de soporte y todo el mundo se compró un Kindle? No”, dice Leder Kremer y comenta que los libreros participan de las nuevas tecnologías de venta, los libros electrónicos, y que también están en las plataformas de comercialización como Mercado Libre. “El problema es que los clientes no están teniendo plata para comprar. Esta es la cruel y dura realidad, pese a que el aumento del libro no ha acompañado los niveles inflacionarios de otros artículos”, cuenta el librero que como le interesa saber en qué estado está la rentabilidad específica de su negocio se le ocurrió medir el promedio del precio de venta de los libros en dólares: en 2015 el PVP (Precio de Venta al Público) de la Librería Hernández era de 21,18 dólares, actualmente el PVP es de 10,28 dólares. “Estamos hablando de una caída del 50 por ciento; soy menos competitivo en el producido de mis ventas, puedo pagar menos sueldos, menos alquileres, menos luz, menos agua –enumera Leder Kremer los costos fijos que tiene una librería–. Uno se pregunta por la causa y después puede ver qué hacer para solucionarlo en forma colectiva, a través de las instituciones, o de forma individual, desde su propia empresa. La causa es la situación general económica: un país que paga el 70 por ciento de interés anual a un inversor no puede proyectar absolutamente nada en materia industrial, ni en materia cultural ni en materia comercial porque el principal negocio es la guita. La solución pasa por un cambio en el plan económico”, subraya el librero.

“No te puedo pagar”

El informe de la CAL incluye la percepción de la situación en 2019 para la empresa y para el sector. En cuanto al sector del libro, el 33 por ciento auguró que estará mucho peor, el 43 por ciento planteó que peor, el 19 por ciento respondió que “ni mejor ni peor” y sólo un 5 por ciento dijo que estará mejor. “El panorama cuando uno va a visitar a los libreros es totalmente desolador, se empieza a notar un círculo vicioso –revela Gremmelspacher–. El librero para no endeudarse te dice: ‘no me des libros porque no te puedo pagar la factura anterior’; entonces el librero deja de tener la novedad creyendo que con el stock que tiene puede sobrevivir, pero es probable que en ese stock le faltan los libros que más se venden y empieza a vender menos para tratar de poder pagar la deuda anterior. Eso cada mes se va complicando más. A los editores nos empieza a pasar que los buenos libros que tenemos no los editamos porque no tenemos la financiación necesaria”. El principal insumo para el sector, el papel, aumentó en once meses un 100 por ciento; pero el precio de los libros en el mismo período se incrementó un 37 por ciento. “Hay una crisis estructural del sector editorial –dice Rubinzal, editor de libros jurídicos–. Todos nos fuimos achicando un poco y los tirajes más chicos implican mayores costos unitarios y el mayor costo unitario implica menor rentabilidad”.

Evitar más pérdidas

Leder Kremer destaca la pelea que están dando de cara al futuro. “Las librerías argentinas siguen siendo lugares maravillosos para ir, donde la gente va a encontrar una producción editorial espectacular. El editor prevé con mucho tiempo de anticipación su contrato con el autor o con el agente de ese autor y eso proyectado no es fácil frenarlo de un día para el otro. Por lo tanto, seguimos gozando de cierta humedad residual de contratos realizados en tiempos de mayores bonanzas. Argentina es un destino turístico entre otras cosas de gente que viene a encontrarse con la producción editorial argentina en las librerías. Las editoriales argentinas siguen siendo la mejor red de producción y distribución de libros de América latina y las librerías argentinas seguimos siendo el canal más completo, más bibliodiverso, más especializado y más extenso de toda América Latina. No hay otro país de habla hispana que tenga una cadena de librerías como tiene la Argentina. Sabemos que lo que se destruye rápido, se recupera muy despacio. Tenemos mucho para perder todavía. Nuestra responsabilidad como instituciones del libro es precisamente que esto no ocurra”.

“El panorama es trágico –interviene Gremmelspacher–. Tuve que echar empleados, lo que nunca hice en mi vida.” El silencio se extiende unos segundos que parecen interminables. El editor de Bonum y ex presidente de la Fundación El Libro concluye: “La propuesta económica es siniestra. No hay sensibilidad social”.

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