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No se puede vivir del amor
Bienintencionada y celebrada en redes sociales, la campaña lanzada pocos días antes del Día Internacional contra la Violencia hacia las Mujeres –25 de noviembre– por la empresa Avon, que sostiene una alianza pública con el Instituto Nacional de las Mujeres, pone a varones a dialogar entre ellos sobre sus propias actitudes violentas con el fin de “cambiar el trato”. Sin embargo, la incomodidad acude enseguida después de la sorpresa de que ellos sean los protagonistas: por los estereotipos masculinos puestos en juego, porque deja la violencia contra las mujeres casi como una torpeza de distraídos, porque nada de la masculinidad es revisado si no más bien amparado en el secreto entre ellos, en la apelación al amor a las victimizadas; esas pobres mujeres que no son todas si no las puras víctimas. El debate, sin embargo, sigue abierto y los varones por fin tienen material para empezar a cambiar por alguna parte.

Todas las campañas nacidas de la potencia imparable del feminismo del siglo XXI tienen algo bueno aunque sean malas. Instalan un tema que insiste en ese espacio de la carta robada casa por casa. Pero la bajada de línea en formato de spot, con mismo ADN que las campañas publicitarias, no deja de ser una venta de producto, el producto del Bien definido por una ética de ong, donde en el fondo todos (y no todes) son buenos, se tiende al borramiento de los conflictos y el voluntarismo es un ejercicio de la buena onda. Algo queda y eso se celebra. Las campañas en general vienen subvencionadas por intereses superpuestos que incluyen marcas, gobiernos y cuantiosos fondos internacionales para cumplir con el compromiso de mejorar el mundo, o en este caso, la situación de las mujeres en este mismo mundo. Ensayo y errores varios. Pero más allá de su efectividad (cómo saberlo), la lectura de cómo van variando las estrategias que empezaron por alentar las denuncias de las mujeres y se fueron direccionando hacia los hombres y su responsabilidad, reflejan el tono y los circuitos por los que transita y se empantana la discusión.

¡ASI NO!

Empecemos por una campaña contra la violencia machista que no funcionó muy bien que digamos. O mejor dicho, no se sabe si funcionó, pero sin dudas no mereció la celebración generalizada que despierta  la recientemente viralizada campaña de AVON¨ porque  “muestra por fin a los hombres diciéndose entre ellos lo que hasta el momento le estuvieron preguntando a las mujeres, porque es posible que si lo escuchan de sus propias bocas, entiendan el mensaje”.

Ciudad de México. Hora pico, subte completo, un asiento vacío que por algo nadie ocupa. Al final, un tipo se sienta. Es uno de esos que abren las piernas en el transporte público como diciendo “tengo algo groso, abran cancha” y se acomoda cegado por su suerte. Pero ¡ay! al ratito sus nalgas advierten un cuerpo extraño. No vio que el asiento con cartel “exclusivo para hombres” tenía esculpido un torso masculino con sus genitales al aire y que por eso nadie se sentaba allí…    En el video viralizado por la campaña de ONU MUJERES MEXICO (2017) se ven las reacciones del público asqueado ante el asiento y también al distraído que al levantarse se encuentra con este mensaje escrito a sus pies: “Es molesto viajar aquí, pero no se compara con la violencia sexual que sufren las mujeres en sus traslados cotidianos.” ¿No es simpático? No dio risa. En otro video de la misma campaña se ve a muchos hombres esperando el subte en el andén mientras en las pantallas, en lugar de los horarios de los trenes, aparecen sus culos enfocados en primer plano. Se los nota avergonzados al reconocerse. Luego la pantalla va a negro y dice: “Esto lo sufren miles de mujeres todos los días”. 

Aquí también, como en la campaña de Avon se les daba a los hombres un protagonismo y un lugar, claro que era el lugar incómodo que suelen ocupar las mujeres. Bueno, no fue bien visto ni por hombres ni por mujeres. En la campaña de Avon las mujeres tampoco están presentes, o mejor dicho, están fuera de cuadro. Los hombres son los encargados de hablar de ellas y por ellas. Presentados de a pares, no dialogan porque la propuesta no es la reflexión ni el debate. La lógica es la del bien y el mal, el todo o nada. Con la particularidad de que el bien coincide con el buen trato hacia las mujeres. En la escena en la que el padre recibe el sermón del hijo, el padre, en su necedad retrógrada,  hace preguntas muy interesantes –¿cómo ahora todo es feminismo? ¿ahora todo está mal?–  que no obtienen respuesta. Son dos discursos que se enfrentan, el del energúmeno y el del buen muchacho. Hay uno claramente malo, que falta el respeto, maltrata y abusa y hay uno bueno que le explica como quien pega un sticker, que “eso es violencia”. El primero actúa un estereotipo muy reconocible en la vida cotidiana de espectadores y espectadoras mientras que el segundo habla una versión de un feminismo que se mira por TV. Ambos, esta suerte de policía bueno y malo, van construyendo en su ausencia y con expresas buenas intenciones, un identikit de LA MUJER definida por un rasgo único: es una víctima. Porque “se trauma” si un chico rubio y buen mozo la acosa por la calle, porque sufre en silencio aunque nunca se separaría si está casada, porque subieron sus fotos desnudas sin su permiso. La responsabilidad del cuidado ha quedado del lado de los hombres, el lugar perdido de velar por la dama ha sido recuperado. 

En un momento uno de los buenos le dice a uno de los malos: “¿Qué pasa? ¿Sos un animal que no te podés controlar? Es significativa la insistencia en la cuestión natural. De hecho hay una campaña española que lleva por título “No seas animal” donde se ve a varios hombres con caretas de animalitos del bosque persiguiendo chicas por la calle, en una clara actitud de acosadores. Pero la imagen, si le sacamos el audio, bien podría parecer de un cuento infantil. Las caretas son hermosas, no dan miedo. Esta pregunta por la animalidad se inscribe en la atmósfera de una fábula. Hay un cuidado superlativo ante este hombre bestial, natural, súper hormonado para que no se ofenda, para que no se rompa. ¿No banaliza la violencia, una campaña donde actores y actrices reconocidas le sacan la tarjeta roja al maltrato? Hasta qué punto el hombre reducido a una bestia futbolera necesita de estas estratagemas para entrar en razones? Pero sobre todo… ¿Cuántas tarjetas rojas se puede sacar en un partido?

Volvamos a la mexicana: el formato era completamente atípico si se tiene en cuenta que las primeras campañas que empezaron a surgir luego de la reciente ola verde se orientaron a hacer reaccionar a las mujeres, alentarlas a denunciar, a no aguantarse más. En esta línea se inscribe por ejemplo la campaña en Ferrocarriles Argentinos (2015) “Pará la mano” que con la palma de una mano en alto, configuraba una polisémica apelación a que los hombres pararan la mano –el otro sentido de “pararla” se colaba en el mensaje pero bueno– y finalmente fijaba el sentido con un mensaje a las pasajeras: “No es privado, hacelo público. Llamá al 144.” La responsabilidad, puesta del lado de ellas una vez más. 

¿En qué falló la propuesta de re direccionar el espejo del machismo en la campaña mexicana? Los “no me gusta” ganaron la partida basados en comentarios como éste: “Mientras sigan satirizando a los hombres como pervertidos sexuales, jamás vamos a llegar al fin del conflicto que ya existe entre géneros. La campaña es sexista, misándrica y victimista”. Luego se reveló que tanto para “Experimento asiento” como para “Experimento pantallas” se había recurrido a extras y que por lo tanto nadie de carne y hueso había sido efectivamente burlado. No importó. Aún como puesta en escena, la campaña fue considerada agraviante. 

Una posible conclusión: si bien existe consenso en que hay una violencia naturalizada que las campañas intentan visibilizar, queda en evidencia cuán bajo es el umbral de la sociedad para procesar la reacción de las mujeres cuya violencia cuando se aparta del tono maternal siempre es juzgada en escala Lorena Bobbit. El sentirse ridiculizados, señalados y heridos en su fueros forma parte de la rueda de desencuentros que se quiere desarticular en las masculinidades. La distancia entre una galantería y una agresión también se pierde en los fast sermones que estas campañas suelen proponer. 

Las mexicanas lanzaron una segunda redoblando la apuesta: “ESO NO ES DE HOMBRES”. Consistía en afiches con tres caripelas entre patéticas y atemorizantes (según quien la mire y en qué circunstancia) de tres inmundos babosos (objetivamente hablando) actuando en el rostro toda su irrefrenable calentura. El texto decía: “Con este mismo morbo están mirando a tu novia”  Si la primera campaña apuntaba al “ponete en mi lugar”, esta proponía que el hombre actuara como un hombre. Las campañas a veces, en su afán pedagógico (al estilo maestro ciruela) no dejan oportunidad para el discurrir del pensamiento y también muestran la hilacha de cuán arraigada está la lógica patriarcal. ¿Qué es de hombres y qué no es? ¿Quién lo dice? La campaña mexicana ponía el veneno, cual el sibilino Yago en la oreja temperamental de Otello alentando a que se mataran entre ellos. Como si esa riña entre dueños no fuera uno de los mandatos que de evaporarse tanto más livianos dejaría a los portadores de masculinidad. Que les de su merecido o que se vengue de si mismo como el potencial violador de su madre de su novia o de su hermana. 

TRATALA BIEN CHE

El título general de la campaña de Avon es “Cambiá el trato!” Así, con un signo de exclamación al final, como en idioma inglés o en el apuro la de red social. Se hace eco de una frase que muchas reconocerán haber pronunciado en la intimidad en voz más alta o más baja. Claro que el mal trato no es sólo de persona a persona. Está inscripto en una cadena de tratos desiguales en las remuneraciones, en las oportunidades, en el trabajo doméstico impago y desprestigiado o en el hecho de que el derecho al aborto siga condenado a la clandestinidad. No se cambia con un acto piadoso. Pero por algo se empieza, dirán. Y es probable que así sea. Son 3 spots, en todos hay dos hombres. La iluminación y la escueta escenografía junto con las actuaciones impostadas le dan el tono de ejemplificación, ejercicio didáctico que se ve reforzado por el titulo de cada uno: “Acoso callejero”, “Violencia digital” y “Violencia doméstica”– podrían ser el nombre de tres bases correctoras para la conducta machista pero sobre todo para las condiciones de posibilidad de esa violencia.  En “Acoso callejero” un joven pone en marcha su moto mientras le grita a una chica fuera de cuadro: “Ah bueno… Estas para el secuestro. ¿Sabes todo lo que te haría?” Es el decálogo del mal que no se priva del lugar común de asociar ropa provocativa con derecho a pernada. Aquí es cuando el bueno, parado con el casco en la mano, lo frena: “De verdad te digo. No esta bueno darle miedo a la piba. Se va a  traumar,” Todo bien. Pero, ¿de verdad creen estos chicos blancos, lindos, de clase media que están asustando o traumando a una chica? ¿Cómo reaccionarán cuando la piba en cuestión les diga que son unos tarados y siga su camino? ¿Cómo ser respetuoso cuando la mina reacciona, cuando la esposa se va de la casa, cuándo no se siente víctima? El miedo internalizado  que tiene la piba de la que hablan se ha ido forjando por fuera de esa escena. La cara del violador potencial tiene otras características, el peligro tiene otras gramáticas, muchas de ellas son sociales, todas impuestas a lo largo de años de educación preventiva y de lectura de noticias en los diarios. Estos chicos no tienen ese protagonismo que se endilgan. La historia real tiene muchos más personajes.  

Una de las preguntas que deja pendiente una campaña como está es hasta qué punto, la situación de opresión de las mujeres, travestis, transexuales, no recibe el mismo consenso que otras violencias. ¿Cómo reaccionaría la sociedad ante una campaña que con este mismo esquema encarara la violencia racista o el abuso de poder de los religiosos en las escuelas? Ambos de la misma sepa patriarcal, ambos comprobados y ambos no resueltos aún. ¿Sería posible por fuera de la linea de Capusotto ver a un cura que invita a un niño a la sacristía con intensión aviesa y el otro cura le advierte que no está bueno que un niño de 12 años tenga que pasar por esa experiencia, que los niños tienen su derecho a estudiar sin que nadie esté pretendiendo abusar de ellos y como corolario, ambos curas o ambos xenófobos mirando a cámara recomendaran: “Si tenes un amigo sacerdote/racista que hace cosas cosas, frenalo. Y si no te atrevés, mandale este video?” Los que hacen de buenos en las duplas tiene expresiones como “no está bueno”, y hasta recurren a giros legranescos como el legendario “así no”. El mensaje general, y esto es lo que se celebra pero también lo que alerta, es un mensaje de amor. Ya se ha dicho que no se puede vivir del amor, al menos no siempre. El amor fue un argumento que apareció cuando se argumentaba en el Congreso a favor del matrimonio igualitario (ocultando estratégicamente y para no ofender el derecho a la igualdad más allá de las diferencias) y también se usó para argumentar en contra del aborto, a favor de las dos vidas (ocultando la avanzada antiderechos y el odio a las mujeres sobre todo las pobres). Está muy bueno cambiar el trato. No es poco y hasta tal vez hasta sea un buen comienzo. Pero, también es cierto que así ubicuo es el amor y tantas cosas que se digan en su nombre.

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