Matar para vivir
CINE II | El asesinato de la familia Borden cuenta la historia de Lizzie Borden (una mujer sospechosa de matar a su madre y a su padre a hachazos a fines del siglo XIX). Lizzie fue absuelta y vivió con su hermana casi toda su vida; las especulaciones sobre su inocencia y su sexualidad son infinitas y aquí se aborda, una vez más, el destino posible de esa vida signada por al abuso patriarcal y la relación cuerpo a cuerpo con una empleada de la familia.

“Lizzie Borden agarró un hacha/ le dio cuarenta golpes a su mamá/ cuando vio lo que había hecho/ le dio cuarenta y uno a su papá”. En una época, alguien que recorriera Fall River, Massachusetts podía llegar a cruzarse con un grupito de nenas saltando la soga al compás de este cantito macabro. La rima encierra en cuatro versos un caso no resuelto que es leyenda hace más de un siglo: en el verano particularmente caluroso de 1892, Andrew y Abby Borden aparecieron asesinados de varios hachazos cada unx, él recostado en un sofá del living de la casa en una posición extraña, ella sobre el piso de su cuarto. El matrimonio convivía con dos hijas de Andrew de un matrimonio anterior, Emma y Lizzie. Las dos eran solteras, por no decir, para los parámetros de la época, “solteronas”. Lizzie, que era la menor de ambas, tenía 32 cuando ocurrieron los asesinatos y fue llevada a juicio como la principal sospechosa. Las razones son múltiples: Emma no estaba en la casa, Lizzie sí, y a pesar de que también estaba la sirvienta con cama adentro, Bridget Sullivan, parece que la chica se había encerrado en su cuarto, descompuesta, y no vio ni oyó nada. Lizzie fue la que encontró los cuerpos y le dijo a Bridget que llamara a la policía, pero sobre todo fue la que dio a la policía un repertorio de incoherencias, testimonios en los que cambiaba una y otra vez su versión de dónde estaba cuando el padre llegó a la casa esa mañana y qué había hecho antes y después de encontrar los cadáveres. 

De todas formas nunca se pudo demostrar la culpabilidad de Lizzie, en el juicio se la declaró inocente y poco tiempo después se mudó a otra casa con su hermana. Vivieron juntas durante muchos años, hasta que una pelea las separó para siempre, y murieron con pocos días de diferencia, ancianas las dos. El caso fue célebre por varios motivos: porque la imputada era una mujer, porque se trataba de una familia acomodada y respetable en contraste con la brutalidad de los dos cráneos destruidos por los golpes reiterados del hacha, y porque hay fotos de la escena del crimen que la prensa difundió y que hoy pueden encontrarse fácilmente en Internet. La casa donde ocurrieron los asesinatos, por su parte, está abierta al turismo, y no faltan lxs vivxs que se sacan una foto tendidos sobre el sofá en la misma posición en que se encontró el cuerpo de Andrew Borden. La ficción no tardó en hacerse cargo de semejante historia: había mucha tela para cortar, muchos cabos sueltos, y sobre un todo un enigma que nunca se pudo dilucidar del todo, ¿quién era Lizzie Borden? Hubo un ballet, una ópera, una película para televisión de 1975 con Elizabeth Montgomery y, en 2014, una película llamada Lizzie Borden took an ax y protagonizada por Christina Ricci, que sobreactuaba cara de asesina en cada plano (hay una serie muy mala que es un spin-off de esta película, The Lizzie Borden Chronicles, y puede verse en Netflix).

Como permaneció toda la vida soltera, en un momento se corrió el rumor de que Lizzie Borden era lesbiana, cosa que nunca pudo ni podrá saberse a ciencia cierta, como tampoco el resto de las teorías que crecieron alrededor de su figura y que hacen del nombre de Lizzie Borden un cajón medio vacío que llenar con interpretaciones, visiones de la sociedad de su época, sus limitaciones y sus violencias. Porque también se habló de abuso por parte del padre, de opresión bajo su autoridad, y por más que todo haya quedado en incógnitas, el caso tuvo una repercusión masiva en periódicos y revistas y le asestó un hachazo a la imagen de respetabilidad y de moralidad de las familias bien, las mismas que iban puntualmente a la iglesia y formaban una parte valiosa de la comunidad. Es ahí donde hace foco la versión más reciente de la historia, El asesinato de la familia Borden (Lizzie en idioma original), protagonizada por Chloë Sevigny y Kristen Stewart y dirigida por Craig William Macneill, que se vale de todas las teorías y rumores juntos para construir al grupo familiar como un infierno puertas adentro. 

En la película, Chloë Sevigny interpreta a Lizzie Borden como la hija mujer oprimida por un padre brutal, y la única en la familia que le hace frente. Kristen Stewart es Bridget “Maggie” Sullivan, la sirvienta con cama adentro con la que Lizzie establece una relación de solidaridad y protección mutua frente a la violencia del patriarca, antes que romántica, aunque en esa complicidad se enciende la chispa del deseo. Es cierto que, en el esfuerzo por desnudar la historia de todo el componente sensacionalista en el que se envolvió a lo largo de 130 años (desde el rostro impasible de la verdadera Lizzie Borden en las fotos de la época, que necesita solo un toque de imaginación para parecer psicópata, o la expresión maliciosa de Christina Ricci con un hacha en la mano en los afiches de la película del 2014), El asesinato de la familia Borden se pone algo solemne: la vida cotidiana de la familia es una coreografía tensa, sofocante más en la acumulación que en la intensidad, en la que cuatro mujeres no pueden hacer otra cosa que girar alrededor de los deseos y determinaciones de un hombre (Jamey Sheridan) que las explota. Todo el tiempo se tiene la sensación de que la vida cotidiana de estas mujeres podría ser relativamente plácida y llena de pequeños placeres si no fuera por la vigilancia constante, y la amenaza material concreta, que suponen la presencia del padre (algo que también se vio este año en Lady Macbeth, de William Oldroyd).

Porque no es solo Lizzie la que soporta abusos de Andrew Borden, aunque sea la sumisión de la hija bajo la amenaza de quitarle su herencia, sino todas y especialmente Bridget, que recibe las “visitas” nocturnas de un patrón que la viola, y Abby (Fiona Shaw), que sabe y calla. Chloë Sevigny interpreta a Lizzie no como una víctima sino como una mujer fuerte, capaz de plantarse frente al varón, con un carácter y una inteligencia que jamás podrían someterse a la inferioridad del padre. En ese sentido la película podrá tomarse libertades con la historia de los Borden, pero funciona porque construye una imagen verosímil de privilegios masculinos y explotación patriarcal sostenida por el silencio de las mujeres que dura hasta el presente. Y la idea de que Lizzie haya tenido relaciones con otras mujeres también es creíble porque expresa una verdad: que incluso en una época en que ni se nombraba porque no existía, la sexualidad de las mujeres por fuera del matrimonio heterosexual existió, y bien podría haber formado parte de ese iceberg oculto para siempre bajo el nombre de Lizzie Borden.

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