La música de las siestas
Imagen: Andres Macera

Uno

Puedo decir que el juguete más tardío que tuve -al que llegué más tarde y con el cual todavía insistía en jugar incluso a esa edad incómoda y fronteriza en la que uno es exiliado de la infancia pero inmigrante ilegal de la adolescencia- fue la máquina de escribir. Soy de esa generación transicional que creció acostumbrada a ver cómo los mayores usaban las máquinas de escribir pero que asistió a su ocaso ante el auge que experimentaron, en muy poco tiempo, las computadoras personales. Sin embargo llegamos a convivir un tiempo. Un período -breve, en verdad- en el que todavía las máquinas de escribir eran instrumentos cotidianos en lugar de piezas de museo o elementos de decoración vintage para darle un toque cool a los ambientes. Llegué, incluso, a tener la materia Mecanografía durante tercer año y cuando empecé a trabajar, apenas salido del secundario, todavía solían verse máquinas de escribir en algunas oficinas. Se usaban, sobre todo, para cuestiones específicas como la redacción de cartas-documento en formularios preimpresos que dificultaban su uso en las impresoras matriciales o de inyección con las que trabajábamos por entonces.

Pero antes de escaparme de las clases de mecanografía -porque para qué, en qué futuro posible me iba a servir algo que ya se vislumbraba obsoleto- o de escuchar el traqueteo firme de los índices de Mario, mi primer jefe, cuando sacudía la Olympia de la oficina, llegué a la máquina de escribir como a un juguete a destiempo. Y como un chico que imagina el arco que da al Palomar en esas dos macetas que se disponen simétricas y equidistantes, la primera vez que me senté ante una máquina de escribir jugué a que escribía.

Todavía, a veces, puede que lo haga así.

Dos

La primera máquina que recuerdo haber usado estaba en la casa de mi viejo. Tenía trece o catorce años y la descubrí una tarde, en aquel departamento de calle Viamonte y Colón donde descubriría, también -sin orden de mérito o preferencia-, las maratones nocturnas de películas en HBO; a Cortázar, boca arriba en un sillón, leyendo "La noche boca arriba"; y a los vecinos de planta baja teniendo sexo en una habitación de ventanas abiertas que apenas se veía, o acaso se intuía o se adivinaba, desde la habitación con una cama cucheta que ocupaba los fines de semana en que me quedaba a dormir.

No sé qué tipo de máquina era. Una Olivetti Lettera 32, tal vez. No sé, tampoco, qué hacía en casa de mi padre: creo que era de algún amigo. Por ese entonces también empezaba a intentar mis primeros textos en cuadernos Gloria de tapa blanda o en cuadernos Rivadavia forrados en papel araña rojo. La máquina me deslumbró y me intimidó al mismo tiempo. Acaricié sus teclas y su perfil como a una mujer desnuda -mejor dicho: como sólo mucho más tarde aprendería a acariciar a una mujer desnuda-, puse una hoja en el rodillo y presioné una o dos teclas para escucharlas golpear contra el papel.

No consigo evocar nada que haya escrito en aquella Olivetti transitoria que castigué, con torpeza y entusiasmo, durante muchas tardes de aquel verano. Pero me largué con tanto coraje como ingenuidad, creyendo o queriendo creer que ese sonido mítico pero vacilante con el que creía estar inaugurando mi propia mitología de escritor, me acercaba un poco más a la todavía remota posibilidad de contar algo que valiera la pena.

Tres

Mecanografía, cuando cursé el secundario, se impartía sólo durante tercer año en un plan de estudios que ya había empezado a incorporar Computación en todos sus niveles. En mi colegio la daba Adelina, una señora chiquita y encorvada que seguramente había visto nacer las primeras Remington y quizás hasta le había enseñado a Mark Twain cómo usarla. Subíamos a un salón diminuto del primer piso, donde algo así como una docena de viejas Olivetti Lexikon 80 u Olympia Internacional se distribuía en forma de herradura. Nos separaban en grupos de a tres por máquina porque no alcanzaban para todos: mientras uno hacía los ejercicios mecánicos y repetitivos -asdf; ñlkj, con los dedos desde el meñique al índice de la mano izquierda dispuestos sobre las teclas del primer grupo y los mismos dedos de la mano derecha dispuestos sobre las teclas del segundo grupo-, los otros dos lo observaban de pie, entre bostezos, para luego intercambiar lugares. El repiqueteo de teclas en todo el salón era discontinuo, vacilante, mientras Adelina se paseaba por detrás de las filas como un oficial que pasa revista a sus tropas. La correcta disposición de los dedos sobre el teclado, explicaba, ponía todas las letras a nuestro alcance. Así uno podía escribir sin tener que saltar la vista todo el tiempo entre el teclado y la hoja y no agobiaba el cuerpo con posturas incómodas. Aunque a todos nos resultaba más fácil escribir con los índices saltando por el teclado -los meñiques siempre eran débiles y los tipos quedaban a medio camino, sin llegar a impactar bien en la hoja; o pifiábamos el golpe y el dedo se perdía entre dos teclas- Adelina tenía el oído entrenado y se daba cuenta enseguida si tratábamos de engañarla. Hay una vieja anécdota -cuyos protagonistas se me escapan-, de un técnico que ponía a patear a uno de sus jugadores contra la pared con la pierna menos hábil para que aprendiera a pegarle con "la de palo". Cuando el jugador, harto, aprovechó que el técnico estaba de espaldas y le pegó con su pierna hábil, el tipo se dio cuenta por el sonido que había hecho la pelota contra la pared. Adelina era así. Uno quería sacar partido cuando estaba allá, en la otra punta, y le daba al teclado como quería. Pero entonces se escuchaba su voz, segura: "Con todos los dedos, Núñez, con todos los dedos."

Igual, aunque Adelina trataba de convencernos sobre la importancia que podía tener la mecanografía en nuestro horizonte laboral, a nadie le importaba un carajo. La hora de Mecanografía, los miércoles a media mañana, era una de esas asignaturas de las que todos intentábamos escapar con más descaro que artimañas. No era difícil saltarse una clase siempre caótica, con mudanza de salón y dos tercios de los alumnos de pie. Pero Adelina al final demostró que se tomaba su trabajo bastante en serio y me mandó a rendir la materia en diciembre.

No me quedó más remedio que aprender lo de asdf, ñlkj y un par de ejercicios más.

Cuatro

Vendrían después otras máquinas, siempre transitorias. Recuerdo especialmente una Olivetti eléctrica que le habían dado a mi madre en el banco, de teclado más dócil y práctico. Con ella escribí, durante unas vacaciones en Córdoba, las quince o veinte páginas de mi primer cuento largo, un policial negro con todos los clichés posibles del género: el detective fracasado, la femme fatal, el millonario soberbio y el matón que le daba una paliza al detective. Después llegó la primera computadora a casa y me entregué a la practicidad de los procesadores de texto y sus múltiples posibilidades de edición sobre la marcha.

Pero una de las primeras cosas que hice fue acordarme de Adelina y disponer correctamente los dedos sobre en el teclado. Asdf; ñlkj. Y empecé a escribir sin quitar la vista de la pantalla.

Lo único que añoraba, quizás -lo único que todavía añoro-, era la música de los tipos golpeando contra el papel, el timbre de fin de página, el carrete que corría. La banda de sonido, en fin, de aquellos días fronterizos cuando en el repiqueteo de unas teclas fatigadas en el silencio de la siesta, soñaba la música de las historias que habrían de venir.

 

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