Un mundo de guaridas fiscales

El 10 de diciembre de 1983 la patria financiera ya había hecho estragos en Argentina y los paraísos fiscales comenzaban a hacerlos en todo el planeta. Pero para el descalabro del mundo offshore actual faltaban todavía el Big Bang Thatcherista de 1986, punto de partida de la desregulación financiera que completaría Bill Clinton en 1999, y la revolución digital que añadió una capa tecnológica de infinita velocidad y opacidad al universo de la evasión y elusión fiscal planetaria. Con 35 años a cuestas, la pregunta que se hacen muchos es sobre los márgenes de maniobra de una democracia que vive a la sombra de este omnipresente sistema financiero global.

Un actor clave de esta batalla son las guaridas fiscales, hijas dilectas de la desregulación financiera. Un cálculo conservador estima que hay 21 billones de dólares en las guaridas fiscales, aproximadamente una tercera parte de la riqueza global. Según el autor de “Las islas del Tesoro”, Nicholas Shaxson, más de la mitad del comercio mundial circula en papel por estas guaridas: la mitad de los activos bancarios y una tercera parte de la inversión extranjera directa circulan por estos centros del secreto financiero. 

Estos poderes están erosionando a la democracia que solo puede ser sustentable si va acompañada del módico nivel de democracia social que suministra el estado de bienestar. Los mercados no solo condicionan las políticas a seguir de los gobiernos electos, no solo pueden producir corridas cambiarias con estampidas de capitales, sino que además, a través de los paraísos fiscales, desfinancian al estado, empobrecen la provisión de salud, educación, seguridad, justicia, infraestructura y deslegitiman a los gobiernos electos por el voto popular. 

En noviembre la organización humanitaria Oxfam publicó “Democracias capturadas: el gobierno de unos pocos”. En el documento Oxfam identifica 11 mecanismos en 13 casos de América Latina con los que las élites capturan el gobierno. El gobierno de Mauricio Macri es uno de los ejemplos más acabados de esta tendencia. 

Macri fue una de las estrellas de los Panama Papers que despertaron a América Latina sobre el lugar central que ocupan los paraísos fiscales en el desarrollo económico-social. En los más de dos años y medio que transcurrieron desde entonces, una nutrida comitiva de ministros y funcionarios macristas se sumaron al elenco offshore que encabeza el presidente. Según el informe de Oxfam, el 40% de los funcionarios de alto rango del ministerio de Hacienda y finanzas públicas fueron CEOs.

¿Sorprende con estos datos los problemas que enfrenta hoy la democracia? Una ONG, Latinbarómetro, viene midiendo desde 1995 el grado de satisfacción con la democracia en América Latina. En 1995 un 80% de la población en América latina apoyaba la democracia. En el informe de 2018, el porcentaje fue de un magro 24%. 

La consultora preguntaba si con la democracia se gobernaba para toda la población o para sectores minoritarios. Un 79% promedio de latinoamericanos pensaban que era para minorías. En Argentina era el 82%. El caso paradigmático es este Brasil que acaba de elegir a Jair Bolsonaro: solo el 7% pensaba que se gobernaba para el conjunto de la población. Según un 90% era para favorecer los intereses del establishment. 

Los chalecos amarillos de Francia son la última muestra de esta arena movediza en que se mueve la democracia. La protesta se disparó con el aumento impositivo de la gasolina, pero las consignas terminaron abarcando a las élites y el fraude fiscal que sobrecargan en las espaldas de las clases medias y bajas el peso de este desfinanciamiento estatal que se va por la canaleta de los paraísos fiscales. 

En este sentido la batalla es clara: de un lado los paraísos fiscales y las élites, del otro la democracia. La lucha comenzó con la caída del muro de Berlín cuando el capitalismo dejó de precisar ese dique de contención que era el Estado de Bienestar en el marco de la guerra fría y el temor a un viraje de las masas hacia el comunismo. La pelea no está saldada, pero hoy se plantea con un dilema mucho más elemental: o un mundo convertido en paraíso fiscal distópico dominado por élites o una democracia social sostenida por un rejuvenecido Estado de Bienestar.

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