GIRA MÁGICA Y MISTERIOSA
La historia de La Flor y su inolvidable estreno mundial en Trenque Lauquen, que el 30 de octubre convocó una caravana de cinéfilos y público variopinto en esta ciudad del oeste bonaerense, comenzó hace siete años del cruce de dos tradiciones: la del cine y la del teatro independientes. En 2005, Mariano Llinás vio en el Abasto la obra del grupo Piel de Lava, en la que un conjunto de cantantes pop ocultaba a unas peligrosas espías internacionales. Ahora, las cuatro chicas que actuaban en Neblina –Pilar Gamboa, Elisa Carricajo, Laura Paredes y Valeria Correa– protagonizan una trilogía de aproximadamente tres horas cada una en la que las aventuras internacionales, lo bizarro y el registro del paso del tiempo se cruzan en un relato multifacético. La que empezó su recorrido de exhibición en Trenque Lauquen y seguirá próximamente por Córdoba, ciudad de San Juan, Santa Fe y Rosario es la primera de las tres partes. Radar estuvo ahí y volvió para reconstruir una de las apuestas más originales del Cine Argentino de la última decada. Una propuesta que recupera el gran aliento narrativo y el entusiasmo como motor del arte.

Son las dos de la tarde del último domingo de octubre y la ciudad de Trenque Lauquen está muy tranquila. Los negocios cerrados, pocos autos que transiten por el florido boulevard Villegas y menos aun transeúntes a pie; lo que sí hay, tras días de lluvia sostenida, es un despampanante cielo brillante como un monitor, atravesado por ráfagas de aire que trae el prometedor aroma de asados vecinos. Todo parece sereno y destinado a sucumbir a la más justa de las siestas, cuando aparece en la estampa bonaerense una caravana compuesta por un micro de larga distancia “El Aguila”, una combi, una hilera de más de veinticinco autos y hasta una moto que se dirigen al Club Deportivo Barrio Alegre. No son deportistas en pretemporada, tampoco adolescentes aventurándose a un vivac, no son fans que sigan a una banda de rock: son espectadores de cine que viajaron 450 kilómetros para presenciar el estreno mundial –aquí en Trenque Lauquen– de la primera parte de La Flor. La nueva titánica, maratónica, epopéyica saga realizada por Mariano Llinás y El Pampero Cine, y protagonizada por las actrices del grupo teatral Piel de Lava, que comenzó a rodarse hace nada menos que siete años y que comienza su recorrido de exhibición en esta ciudad del Oeste de la provincia de Buenos Aires, casi en el límite con La Pampa. Un paisaje, por otra parte, verde, plano y al borde de la Ruta 5, que podría asociarse inmediatamente con las películas de Mariano Llinás.
La hazaña de los que llegan es solo comprensible como parte y colofón de la hazaña total del proyecto de esta película. La flor comenzó a filmarse el 5 de septiembre de 2009 en la por entonces casa de Agustín Mendilaharzu –miembro de Pampero Cine y responsable de las imágenes de esta película–y recién el 30 de octubre de 2016 comienza su itinerario de exhibición. En el medio pasaron una cantidad de cosas bastante difícil de enumerar, pero que podría resumirse de la siguiente manera: tiempo. Así como Boyhood de Richard Linklater fue filmada en doce años (hizo de eso su estrategia no solo estética sino también publicitaria)La flor filmó a cuatro actrices clave del teatro independiente de Buenos Aires a lo largo de siete años y mil aventuras: Pilar Gamboa, Elisa Carricajo, Laura Paredes y Valeria Correa, las deslumbrantes Piel de lava, que pasaron de tener venitipico a tener treintipico, dos de ellas –Valeria y Laura– se convirtieron en madres, protagonizaron otras películas, programas de TV y obras de teatro que viajaron por el mundo.
Eso explica un poco, solo un poco, la presencia de la gente joven con mochilas que viene a armar alegremente su carpa en Trenque Lauquen alla Woodstock, pero también gente madura con anteojos, algunos tan cinéfilos que no pensaron en la necesidad de traer Off a un campamento. La juntada es en el camping y de aquí parte nuevamente la caravana hacia el Cine Club Barrio Alegre (ex Cine Monumental) a donde se harán llegar más viajeros que  están repartidos en hoteles de la zona –algunos más coquetos, todo hay que decirlo– y por supuesto el público local curioso por semejante arribo. A eso de las seis de la tarde, cuando el sol caiga en estos paisajes horizontales, como quien descorre el velo a una escultura, como quien saca un anillo de un cofre de terciopelo, como un pimpollo, se abrirá y verá para todos, por primera vez, La flor.

Necesito una flor una flor una flor

Hay, claro está, gran expectativa. Entre la comitiva hay otros directores de cine, críticos, actores y actrices, muchísimos estudiantes de cine. Es que Mariano Llinás viene de hacer Historias extraordinarias, una de las películas más importantes en el cine argentino de la última década. Además de una apasionante y pictórica fábula con la pampa como paisaje privilegiado, era anómala por donde se la mire: una duración total de cuatro horas dividida en tres episodios de una hora veinte, protagonizados por –sus íntimos amigos & compinches– Walter Jakob, Agustín Mendilaharzu y por él mismo. Aunque parezca imposible, para La Flor todo se multiplicó. En vez de tres protagonistas ahora hay cuatro y en lugar de una película de cuatro hora divididas en tres episodios, tenemos tres películas de algo más de tres horas cada una, es decir tres partes que se verán de forma independiente pero que forman un solo film, que rondará las doce horas de duración. Sí. Doce horas. Porque la hipérbole ha sido regada por los años y Llinás es hiperbólico desde chiquito. Desde que los intertítulos de su cortometraje mudo La más bella niña (2004) eran en vez de frases simples, prácticamente relatos completos, exaltadas descripciones y declaraciones de amor que ocupaban toda la pantalla. A esta primera parte que está a punto de verse en Trenque Lauquen –y que sigue su recorrido por el interior del país– se agregarán el año que viene otras dos que incluyen escenas filmadas en el tren Transiberiano, otras en Berlín, otras en París, otras en Mongolia, otras en el medio de la selva colombiana. Hay un episodio mudo que recrea Une partie de campagne de Jean Renoir. Otro en el que las cuatro doncellas son cautivas del siglo XIX en el retorno a la “civilización” luego de su convivencia forzada con los indios. 
Pero el temita de la duración por ahora es sólo una hipótesis, ya que lo que está finalizado es únicamente la primera parte. La dos y la tres no han sido montadas, pero sí filmadas y es posible narrar de que van todas ellas. Complicado pero a la vez muy simple, tanto que puede explicarse con un pequeño dibujito. Así lo hace Mariano cuando tiene que explicarla, un gráfico con flechas que son como pétalos y que funcionan como una sinopsis: “Son seis historias. Cuatro que comienzan y no terminan, una que comienza y termina como cuentito y otra que empieza in media res y termina toda la película. Seis episodios divididos en tres partes. Lo que vamos a ver es la primera parte que tiene los episodios uno y dos.” Lo demás es, hasta el año que viene, un misterio. 
El inicio de esta historia – la real, la que desencadenó la de ficción, como sucede siempre– fue, allá lejos y hace tiempo, cuando un director de cine que ya había revuelto bastante el avispero con su documental Balnearios (2002) comenzó a ir al teatro independiente, a caminar la zona del Abasto y descubrir actores mucho más singulares que lo que las pantallas locales solían mostrar. En esa inmersión por obras de Rafael Spregelburd, Javier Daulte y tantos otros, Llinás se topó con las Piel de Lava: cuatro actrices hermosas y eléctricas que venían trabajando en grupo en la escena alternativa. Juntas habían hecho Colores verdaderos (2003), Neblina (2005), Tren (2007) y más recientemente Museo (2014). Fue al ver Neblina –donde las chicas eran una banda pop adolescente que ocultaba su verdadero rol como peligrosas espías internacionales– que Llinás quedó totalmente capturado. A instancias de Héctor Díaz, director de aquella obra, empezaron a juntarse para hacer una versión cinematográfica. Todos los jueves se reunían en las instalaciones del Pampero Cine a conversar las factibilidades de la adaptación y comer empanadas. Laura, Valeria, Pilar, Elisa –las Piel de Lava– junto a Mariano, Agustín Mendilaharzu y Laura Citarella: de ese cruce de dos grupos, de dos sistemas de producción, de dos lenguajes, de la imantación de dos modos de ver la ficción, surgió la película.
Llinás recuerda el período de una forma vívida y un poco pintoresca: “Hasta ese momento yo había establecido relaciones muy infantiles con las mujeres. Era una especie de samurái. Conocer a las chicas fue darme cuenta de que esas señoras, esas niñas, podían hacer lo mismo que yo, con la misma intensidad, destreza y quizás hasta mejor. Y a la vez era muy divertido estar con ellas. En otras palabras eso se podría definir como enamoramiento. Una especie de flechazo, en el sentido habitual de lo que significa: admiración, deseo y ganas de pasar todo el tiempo con esas personas. Me di cuenta que lo que quería era hacer una película con ellas y que ellas iban a ser lo importante y no la historia”.
Hay que saber que las Piel de Lava, formadas con Alejandro Catalán, Ricardo Bartís, Spregelburd, Daulte y otros, eran y son elevados exponentes de lo que suele llamarse Dramaturgia del actor. Es decir que todas sus obras surgieron a partir de improvisaciones, de sus cuerpos e imaginarios en libre asociación entregados a la prueba y al error. A lo largo de una década de obras, fueron: angustiadas empleadas administrativas con ganas de salir a divertirse, las mencionadas espías pop, fanáticas religiosas, ideólogas de un museo de arte contemporáneo. Hoy parte de sus piezas fueron editadas por Editorial Entropía en formato libro, pero esos textos nacieron de otro modo, consustanciado con la actuación, de ellas mismas interactuando como metales que producen preciosas aleaciones en una escena.
Todo esto sin duda atrajo poderosamente la atención de Llinás que desde Historias extraordinarias había tomado partido a favor de la ficción y el Gran Relato. Justo cuando muchos cineastas parecían dispuestos a firmar su acta de defunción definitiva, El Pampero se pronunció alargándole la vida. Volvieron a traer sobre el tapete las grandes novelas del siglo XIX, Stevenson, Poe y tantos otros genios de la ficción. Hay mucho para contar todavía y en esto las cuatro damiselas de las tablas se convirtieron en sus grandes aliadas. “Me di cuenta enseguida que ellas iban a funcionar para mi proyecto de ficción, que ellas eran máquinas, armas letales de ficción que iban a ejecutar mucho mejor que cualquier otra herramientas con que yo pudiera trabajar. Y a eso le sumamos la belleza. Ficción y belleza. Eso significó embarcar a mi grupo El Pampero, en una aventura con ese grupo Piel de Lava. Fue una mezcla. Un rayo fulminante que nos atravesó”.

Producción y elenco en el estreno en Trenque Lauquen.

Comienza la función

El Cine Club Barrio Alegre tiene esculpidas en el frente las letras de su antiguo nombre: Monumental. Sin duda que así debe haber sido y todavía lo es, con su gran fachada Art Deco y sus bellos interiores impecables y lustrosos mantenidos desde 1937. Un cine como los de antes, que recibe amablemente a las nuevas tribus. La entrada la corta un boletero de edad junto con la blonda Ingrid Pokropek, y Agustín Gagliardi de la producción de El Pampero, entrega los programas de mano ¡pintados a mano! Escorpiones y flores dibujadas con acuarelas dialogan con la ficha técnica. Luego se puede pasar por un carrito donde comprar conitos de pochoclo, para luego ubicarse porque la función va a comenzar. Butacas de cuero, telón de pana rosada que se descorre y deja ver una enorme pantalla blanca. 
Es ahí cuando Llinás se sube al escenario portando a su hijito a upa, el dulce Pedro Clorindo de apenas tres meses. Hay vitoreos y aplausos que se acrecientan cuando las actrices escoltadas por la productora Laura Citarella suben atrás. No son muchas las palabras porque la película es larga y la emoción los embarga. Citarella, de familia trenquelauquenche (así le dicen los lugareños), es la encargada de agradecer a la Municipalidad, al Club Barrio Alegre y a toda la cariñosa comunidad que facilitó el arribo de la producción de la película. Paredes, en nombre de las Piel de Lava cierra emocionada casi con un pie abajo del escenario: “Gracias por hacer realidad nuestro sueño de este estreno”. 
Y entonces empieza La flor. El primer episodio nos traslada a San Juan, una zona seca y rocosa donde en una suerte de laboratorio franciscano, unas científicas –Laura Paredes y Elisa Carricajo– se ocupan de analizar y catalogar restos fósiles de la zona. Las cosas no parecen del todo fáciles ni prósperas cuando, justo el día que comienzan sus vacaciones, reciben una entrega que no estaba en sus planes. Una momia precolombina de mujer, que lentamente comienza a inquietarlas. La música compuesta por Gabriel Chwojnik, de una elegancia y sugestión dignas de Bernard Herrmann, acompaña los hechos que de sutilmente delirantes, se van poniendo cada vez más perturbadores y oscuros. El segundo episodio también tiene una preponderancia musical pero en un sentido completamente distinto. Se trata de una historia entre tres cantantes melódicos: un dúo muy similar a Pimpinela – Héctor Díaz y Pilar Gamboa– que se rompe con la llegada de una cantante de corte pop –Valeria Correa–pero que debe volver a reunirse para grabar, porque mucho depende de eso. Esta trama de pasiones y desdichas cantada a voz en cuello es intervenida por una historia que parece lateral, la de una peligrosa mafia de adictos a los escorpiones, que termina involucrándolos de forma inesperada.  
Hay evidentemente una gozosa cercanía con los géneros cinematográficos. Estamos lejos, muy lejos, de cualquier hipótesis de realismo costumbrista. Y este exceso es tanto en la trama, como en las actuaciones. Dice Llinás: “En la primera parte se ven dos episodios: el primero está casi escrito a mano alzada, un argumento que bordea el ridículo, una historia de Clase B con momias. El segundo es un poco más sofisticado narrativamente, pero  su universo es el del melodrama más desaforado: las canciones románticas y su insistencia en la versión más literal del concepto del ‘amor’. Es decir: argumentalmente los espectadores deberían estar preparados para la perplejidad y aún para la vulgaridad. En ese sentido lo primero que probamos con las chicas es el juego; el juego llevado al extremo. Ellas hacen diferentes personajes, trabajamos con la idea de la Gran Actuación, del virtuosismo, pero casi como un punto de partida del cual deshacerse: salir de un personaje y entrar al otro, los largos monólogos, horizontes de expresión que a menudo el cine rechaza. Hay una zona casi diría gimnástica, una especie de sáquense las ganas de actuar y yo me encargo de que esto se integre a una experiencia intensa. Luego en los episodios que siguen empezaremos a bajar, a despojarnos”.
Ellas por su parte vivieron el proceso de modo similar pero lógicamente desde otra perspectiva. Dice Laura: “Al comienzo, el rodaje en San Juan fue tremendo, desesperante. Fue el pasaje forzoso a volvernos actrices de cine en muy pocos tiempo. Para todas fue nuestra primera experiencia. Aprender las marcas, cosas como que si nos movíamos un milímetro, nos íbamos de cuadro”, Valeria agrega: “Yo lo recuerdo como algo salvaje. A Mariano diciéndonos por ejemplo ‘No, ahora no: cuando digo acción’ algo que no teníamos para nada incorporado. Teníamos muy poca conciencia de cámara. Nos divertíamos, él también se divertía y usaba ese desconcierto a su favor”. Elisa completa: “Fue una época en la que estábamos buscando entender el rol del actor en el cine. Creo que todos nos queríamos plantear otro tipo de lugar, más colaborativo, porque se trataba de un encuentro de dos grupos y el proyecto de la película era de todos. San Juan fue un total experimento en relación a esto. Hacíamos un chiste en esa época que era la del actor–claquetista. Estábamos actuando y a la vez hacíamos otras cosas. Fue muy agotador. Dormir cuatro horas, enfermarnos todos. Después hicimos un ajuste. Y creo que eso de hacer tanto, ese cansancio físico, aparece en pantalla, se ve”.
Es que esencialmente La flor es una película colectiva, llevada a cabo de modo no convencional – sin financiamiento del INCAA como se ha dicho ya– a lo largo de siete años. La producción, la dirección y la actuación son protagonistas por igual, no están una al servicio de la otra sino que mutuamente se influencian, estimulan, molestan, colaboran, trabajan a la par. Como dice Pilar: “Si hay algo que nos emparentaba con El Pampero es que ellos son una especie de grupo de teatro independiente en el cine. Nosotras trabajamos desde hace diez años y siempre hablamos de grupalidad. En este sentido La flor fue una confirmación de que la grupalidad puede funcionar siempre. Había una base que no teníamos ni que decir. Las reglas de lo independiente, los tiempos, nuestra forma de crear, eran muy similares”. ¿Cuál era esa política? El entusiasmo. Así lo entiende también Llinás: “Esto es casi la unión o el casamiento entre dos tradiciones. La del cine independiente que yo defiendo desde siempre y la del teatro independiente. Toda la tradición del cine independiente y toda la tradición del teatro independiente de la década pasada. Como si fuera la unión de dos formas de entusiasmo: de Balnearios fabricándose a contramano de todas las convenciones del cine nacional y estrenándose afuera de cualquier circuito, y de Bizarra, una telenovela teatral en el Rojas, que fue otra explosión de lo imposible. Por eso me cuesta pensar La flor como una película. Es un proyecto cinematográfico infinitamente más grande que implica otras cosas que suceden en Buenos Aires. Cine y teatro funcionaron como un espacio de resistencia de un arte oficial y también al margen del mercado, a un lugar un poco adocenado en los diez o quince años posteriores a la crisis del 2001. El cine independiente de esta época, en gran medida, ha renunciado a la idea de entusiasmo, generar elementos pletóricos y transformadores para la vida. Nosotros intentamos no renunciar al entusiasmo como forma poética. Es una herencia del cine moderno. El trabajo que hacemos nosotros no renuncia”.

Según pasan los años

Después de la película, de las risas, los aplausos y los llantos, después de ver suspendida en la pantalla la palabra continuará –y saber que hay que esperar un año para que siga la historia– la caravana vuelve por la Villegas hasta el Camping Barrio Alegre. Allí la familia Citarella, junto a amigos y allegados volutariosos prepararon un inmenso asado. Caen algunos gotones del cielo, pero el fuego humea y mientras se comen los 150 chorizos y los 25 kilos de exquisito vacío al pan, el ánimo se atempera. Es finalmente el tiempo de festejar la salida al mundo de La flor, un primer cierre de esta gran película en todo sentido, aunque haya algunos grandes ausentes en la noche: Agustín Mendilaharzu responsable de la fotografía, Rodrigo Sánchez Mariño que hizo otro tanto con el sonido y Laura Caligiuri como directora de arte, todos ellos requeridos por fuerzas mayores; o el propio Llinás que luego de la presentación hizo mutis por el foro y no se lo vio más. Los actores y actrices de este episodio y los que vendrán celebran junto a los espectadores y amigos, esto que durante tantos años acompañó su vida y que empieza a terminar. 
Es extraño que esto que parece ser una fiesta popular, un campamento o un viaje de egresados, sea un estreno. Y a la vez no. Es natural. Como dice Valeria Correa: “Quisimos otorgarle al estreno el carácter de aventura que le dimos durante tanto tiempo. Reconocerle al proyecto sus reglas que tuvieron que ver con la importancia del amor, de las relaciones familiares, de la amistad, la pasión e investigación compartida. Asumir que esas fueron nuestras reglas de trabajo. No nos parecía bien enmarcarlo en un estreno más convencional. Por qué, si nosotros no hicimos caso a esa formalidad nunca ¿Qué sentido tendría ir ahora a la puerta de un Hoyts con una minifalda y unos tacos a sacarnos una selfie? Esto sigue siendo parte de lo amoroso y lo grupal”. Pilar agrega: “También es volver a la idea de que el cine puede ser una actividad colectiva. En el teatro no te queda otra, si o si tenés que verlo en vivo. Y el cine también era así. Me acuerdo que cuando era chica mis viejos me dejaban horas en el cine continuado y era una experiencia conjunta, las reacciones, las risas. Y eso se fue perdiendo. Venir a Trenque Lauquen es volver a levantar esa bandera.” Elisa dice: “Y también esto de suspender los laburos, encontrar un momento, un hueco para venir. Así fue todo el rodaje, una suspensión de otras cosas. Como un ritual, que deja de lado lo productivo.”
Mientras la lluvia se disipa y de la tierra levanta ese perfume que solo puede percibirse en el medio del campo, vuelven las imágenes de La flor a la retina. Vuelve la belleza de los rostros de esas actrices en primerísimo primer plano. Una cercanía que nunca podríamos haber alcanzado en el teatro y que la cámara trae al borde de la pantalla. Primeros planos, primeras personas. La flor es también un estudio sobre el retrato. Unos rostros en los que también el tiempo pasa y la ficción se vuelve documental de su propio rodaje. Aunque el tiempo no es lineal. No queda del todo claro qué hace con unas chicas que permanentemente cambian de personaje. El tiempo es impredecible, lo único que reafirma es su condición cambiante. Como las ficciones de esta película. “En mi cabeza yo cambié un proyecto de película por todos los proyectos de películas. Como si yo dijera con estas niñas quiero hacer todas las películas posibles. Como si les dedicara toda mi atención, me comprometiera e imaginara todas las películas para el cuerpo de ellas, por los siglos de los siglos. Casi como un experimento con la ficción.”
Todas las películas que nacen de una –que todavía no vimos completa–, como una flor que busca a través de su belleza atraer a quienes puedan multiplicarla. 
La propagación comienza la semana que viene, con la gira de La flor (primera parte) en Córdoba, San Juan, Mendoza, Santa Fe y Rosario. Y la multiplicación llegará el año que viene cuando se vean la parte dos y la parte tres. Es decir, la película completa. Dure lo que dure. Un estreno anómalo de una película igualmente atípica. Una película de unión de las fuerzas más indisciplinadas del cine y el teatro. u

La gira de La flor continúa el jueves 10 en el Cineclub Hugo del Carril (Córdoba), viernes 11 en el Museo Franklin Rawson (Ciudad de San Juan), sábado 12 en La Nave Cultural (Mendoza), viernes 18 en Cine América (Santa Fe) y sábado 19 en El Cairo (Rosario).

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