Muñecotes
En 1984, Christopher Guest fue uno de los protagonistas de uno de los mockumentaries –o falsos documentales– más famosos del cine: This Is Spinal Tap, de Rob Reiner. Con el tiempo, él también se hizo director y especialista en el género. En 2000 deslumbró con Best In Show, sobre un concurso de perros. Y ahora en Mascots se ocupa de mascotas de otro tipo: las personas disfrazadas de muñecos que acompañan los eventos deportivos en EE.UU. Y el resultado es a la vez ácido y entrañable, como suele ser la mejor comedia.

Lo de Christopher Guest es casi un vicio. Una manía, al menos. El sitio imdb.com afirma en sus datos sobre el realizador que “en 2005 anunció su intención de dejar de hacer mockumentaries porque ya no los encontraba graciosos”. Sin embargo, el hombre volvió una vez más al universo que lo hizo (casi) famoso. Y en la mejor de las formas. Las conclusiones pueden ser varias. 1) Hay que tomar la trivia de IMDb con pinzas. 2) Los directores de cine pueden y suelen cambiar de idea como cualquier ser humano. 3) ¡Qué buena noticia! Escrita y dirigida por Guest y distribuida por Netflix como producción propia, Mascots regresa a un territorio familiar, el del falso documental que imagina y modela un microcosmos al mismo tiempo excéntrico y reconocible. Y lo hace con la participación de los mismos rostros que vienen acompañándolo en la aventura desde hace seis o siete películas, tal vez más viejos y mañosos, pero con la misma acidez y ternura (no hay contradicción en los términos) de siempre. Guest ya se había encaramado en el podio de los concursos de mascotas en su divertidísima Best in Show (Very Important Perros en su “traducción” argentina), estrenada en el lejano año 2000, pero estas nuevas Mascots pertenecen a otra raza. Una clase de “mascota” que no disfruta de una definición de la Real Academia Española pero que el diccionario Merriam-Webster de la lengua inglesa describe como una “persona usada como símbolo para definir a un grupo, como un equipo deportivo, para traer buena suerte”. En otras palabras, el mejor amigo de la porrista, como el Mr. Met de los (por supuesto) New York Mets o el Phillie Phanatic de los Philadelphia Phillies, dos de los animadores de gomaespuma más famosos en las canchas de béisbol, verdaderos héroes de una institución no excluyente pero sí eminentemente estadounidense. La crema de la crema, la realeza del peluche tamaño humano, el primo aristocrático de la empanada gigante que entrega folletos publicitarios en la vía pública.
“Cuando salís, querés dar lo mejor que tenés, pero podés extralimitarte y entonces...”, afirma con la mayor seriedad uno de los personajes de Mascots, un hombre joven que, junto a su esposa, realiza un acto de animación durante los partidos disputados por los Herons, inexistente equipo deportivo creado para la ocasión. Esa severidad, esa cara de piedra ante el ridículo a la hora de hablar de su afición, forman parte sustancial de la comicidad de la película. Como también ocurría en la mencionada Best in Show, que registraba una competencia canina de alto nivel, en Waiting for Guffman (1996) –donde cierto grupo de teatro amateur esperaba la llegada de un hombre importante de Broadway– o en A Mighty Wind (2003, Músicos grandiosos en su edición local), en la cual un grupo de música folk de los años 60 volvía a reunirse luego de años de separación. Lo ridículo aflora a partir de lo que puede parecer insensato, pero que para los personajes es pasión, pulsión amorosa, algo de vida o muerte. “Creo que lo que más me intrigaba era la idea de que esta gente hace su performance disfrazada –con una cabeza de león o una ardilla o lo que sea– pero son invisibles”, declaró Guest en una reciente entrevista con la revista Rolling Stone, consultado por el origen de la historia. “Hacen todo ese trabajo, dan sus volteretas o lo que sea, en frente de una enorme audiencia; pero podría ser cualquiera ahí adentro. Esta gente tiene obviamente vidas normales cuando no están usando los trajes. Sos un hipopótamo en el campo, pero después volvés a tu casa y a partir de ese momento sos quien sos”. Como en el resto de la obra mock del realizador, Mascots no se ríe de los personajes sino con ellos, a pesar de sus múltiples zonas erróneas, tontas o inequívocamente esperpénticas. Toda una definición formal que se transforma, por la fuerza y constancia de la evidencia, en ética cinematográfica. Y ridiculeces sobran, bajo las más particulares máscaras: el muchacho de los Herons y su mujer –un pulpo y una tortuga, respectivamente–, un plomero y su nuevo amigo... el sorete, un lápiz y su correspondiente sacapuntas, –inmersos en un baile con algo de erotismo naïf–, un armadillo femenino con pretensiones de bailarina de danza moderna, una violenta mano gigante llegada de las blancas pistas canadienses del hockey sobre hielo, entre otros participantes del octavo Campeonato de la Asociación Mundial de Mascotas, la entidad que entrega con orgullo indisimulable el Fluffy de Oro, auspiciado por el Canal Libre de Gluten. Pero antes de eso...


… todo comenzó con una banda de heavy metal

Del fracaso comercial al producto de culto hay un solo paso, aunque pocas películas cumplan a rajatabla esa hipótesis: el mundo está lleno de bombazos con destino de olvido. This is Spinal Tap pertenece a ese selecto primer grupo, un film que sólo con el correr de los años adquirió su actual estatus de tótem adorado por minorías entendidas, su estampa de centro de irradiación de influencias (el comediante Ricky Gervais, por caso, se define como su fan más absoluto). La falsa historia de la falsa banda de rock británico que late en el corazón del falso documental más famoso de la historia (más famoso, incluso, que Zelig, de Woody Allen, y la reina madre F for Fake, de Orson Welles) ha generado varias leyendas a su alrededor, incluida aquella que detalla la supuesta pregunta de más de un espectador en el año de su estreno, 1984: “¿Por qué no habrán buscado una banda más famosa?”. Con dirección del actor, productor y realizador Rob Reiner –quien luego buscaría y encontraría caminos más prestigiosos con títulos como Cuando Harry conoció a Sally o Misery–, Spinal Tap contó con un puñado de talentosos e ingeniosos guionistas puestos al servicio de la construcción cariñosa y empática –pero no por ella menos incisiva– de las desventuras de un grupo de rockeros, desesperados por regresar con todo a los escenarios y bandejas giradiscos del circuito norteamericano. Entre ellos, un actor y escritor treintañero llamado Christopher Guest, que delante de la cámara interpreta a uno de los dos líderes de la banda, el más sensible y (en apariencia) sensato de ellos: Nigel Tufnel, el McCartney que ve como una Yoko Ono rubia y sin ninguna clase de talento se lleva a Lennon por el mal camino. A partir de ese momento, Guest se reservaría algún papel más o menos central o más o menos secundario (casi todas sus creaciones tienen un componente fuertemente coral) en sus películas como director, uno más en una troupe actoral que repetiría cartel, conformando algo así como una amistosa cofradía. En una reciente exhibición multitudinaria de ese film-leyenda, Guest afirmó frente a una audiencia extática que todavía recordaba “lo divertido que fue hacerla. Aunque nadie tenía idea de lo que iba a pasar. Simplemente pensamos ‘bueno, acá está este pequeño film’.”
Cuatro años después de This is Spinal Tap, llegaría el debut detrás de las cámaras con la más convencional The Big Picture, una comedia con Kevin Bacon perdido en los pasillos de Hollywood. Le seguiría una remake paródica de El ataque de la mujer de 50 pies realizada para la televisión, en la cual Daryl Hannah adquiere dimensiones extraordinarias (algo así como una prima lejana de la Anita Ekberg de Fellini en Boccaccio 70) mientras su marido, Daniel Baldwin, observa absorto la transformación. Finalmente, en 1996, Waiting for Guffman y el inicio de un estilo personal y reconocible que retoma elementos de la película de Reiner pero los reelabora en una perfecta simbiosis de falso documental y ficción tradicional, alternando uno y otro formato sin solución de continuidad. Allí está el propio Guest como Corky St. Clair, un pretensioso y amaneradísimo ángel de Broadway caído en desgracia, alejado de los grandes proscenios neoyorquinos e instalado en un pueblecito de Missouri que anda con ganas de festejar su 150 aniversario. Algunos de los habitantes del lugar se arriesgan a participar de la puesta teatral conmemorativa: Eugene Levy (a su vez, coguionista del film), un dentista que ambiciona convertirse en la cabeza del reparto; Fred Willard y Catherine O’Hara, la pareja de vendedores de paquetes turísticos más histriónica que pueda imaginarse; Parker Posey como la joven empleada de un local de comida rápida con deseos de hacerse un nombre en el mundo; Bob Balaban, el frustrado pero insistente músico de la banda escolar. Todos ellos volverían a reunirse con el realizador en proyectos futuros, a quienes se les sumarían otros grandes comediantes, como la inefable (en el sentido más cariñoso de la palabra) Jane Lynch o Michael McKean, otro de los guionistas de Spinal Tap y el encargado de interpretar allí al rubio David St. Hubbins, la otra pata central de la famosa banda. Un combinado de lujo que construye, en cada una de las criaturas que les tocó en suerte encarnar, una réplica de seres de carne y hueso, nunca caricaturas, más allá de los rasgos estrafalarios o fuera de serie que puedan adornarlos.

Extraordinariamente  ridículo

El mismo Guest es un ejemplo perfecto de lo antedicho: con una vuelta más de la manivela, su Corky (que reaparece triunfalmente en Mascots bajo otros ropajes) podría ser el perfecto estereotipo del gay reprimido, imagen políticamente incorrecta y cómicamente poco efectiva. En las dosis ideales, que dependen tanto de la performance en pantalla como en las ideas y líneas de diálogo del guión (y la posibilidad de la improvisación, ingrediente crucial de sus películas), el resultado es lo más cercano a un personaje hilarante y entrañable en igual medida. Guest conoce el ridículo que habita en lo extraordinario, pero también en lo cotidiano, y su talento para la composición resulta evidente desde un primer momento: la precisa imitación del inglés más british imaginable que pronuncia Nigel Tufnel, la sutil exageración de los mohínes y tics de una estrella de rock. Nota al pie: si bien Christopher Haden-Guest (ese es su nombre de nacimiento) es tanto o más neoyorquino que Woody Allen, su ascendencia inglesa por parte paterna lo transformó eventualmente en el quinto Barón de Haden-Guest del condado de Essex, título nobiliario que parece copiado del de algún posible personaje de sus películas. La realidad, a veces, supera ampliamente a la más febril de las ficciones.
Las malas lenguas dicen que Mascots es Best in Show otra vez, sin novedades ni sorpresas. Algo e incluso bastante de eso es cierto: la estructura general, la preparación de la competencia, su desarrollo y corolarios, la pareja que no puede disimular los conflictos y peleas constantes, el grupo de comentadores ahora reemplazado por jueces, vuelven a repetirse con ligeras variaciones. Si Mascots estuviera dibujada en papel manteca y se posara encima de Best in Show, las figuras coincidirían casi con exactitud. Podría incluso considerarse a este nuevo film como un clon que pierde parte de su gracia por la falta de innovaciones. La otra opción es abandonar la idea de la originalidad en sí misma como una virtud y dejarse llevar por la frescura de las variaciones que se ofrecen a la vista y el oído. Al fin y al cabo, entre El Dorado y Rio Bravo no hay tantas diferencias y algunos de los más grandes comediantes en la historia del cine han repetido varios de sus gags y situaciones más famosas y efectivas. A fin de cuentas, ser uno de los creadores de un noble subgénero de la comedia contemporánea es condición suficiente para dejar que siga investigando entre sus pliegues, hasta que el tanque quede completamente vacío. Después de todo, Mascots ofrece varios grandes momentos, como ese increíble diálogo en la cocina, entre el entrenador de mascotas interpretado por Fred Willard y un enano que anda compitiendo bajo la apariencia de un gusano verde. A propósito: ¿cuántos chistes de enanos pueden hacerse sin perder la gracia ni caer en la grosería? Muchos, infinitos. Todo es cuestión de timing y de la acción-reacción correcta.

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